12 de octubre de 2007

Andalucía es tierra de pucheros.



Puchero es la olla y puchero es el guiso. Y el “cardito de pucheros” de los pucheros de mi tierra calienta y alimenta pero sobre todo reconforta. Nadie lo hace igual que nadie. Un pizca más de sal, un hueso de no sé qué, que si gallina vieja, pollo o pavo, etc…, cada cual pone dentro lo que tiene en la despensa , en la cabeza y en el corazón. Y el resultado siempre es diferente y siempre es igual.


Eso quise hacer yo. Un puchero literario donde se cocinaran los recuerdos de veinticinco años de docencia con adultos o mejor debería decir adultas, ya ustedes verán por qué.

Y así salió. A veces salado, a veces soso, a veces tierno y a veces correoso y duro como las mismas palabras primerizas y dolorosas que se escapaban de aquellos lápices y manos novatas y que más que palabras , a veces eran lágrimas o cuando menos gritos necesarios.
Pruébenlo calentito que aquí están conjuradas muchas almas que ya no están aunque desde que se escribió, muchas otras han venido a aprender y a reír con nosotros que también aquí se hace y mucho.
Les dejo con ellas, las letras y sus protagonistas.

Os veo llegar



Os veo llegar cada día. Por el pasillo saboreo vuestra proximidad humana. Luego una trinchera de pupitres se alía con la barrera del lenguaje para impediros formular las quejas íntimas , las preguntas necesarias : son las mismas alambradas que me impiden explicaros las razones de estas líneas .

Tras vuestros rostros inescrutables - Ludmyla, Oksana , Sacha...- se me aparecen los ojos indomables de aquella madre de Gorki , los campos y las fábricas de Ucrania ahora abandonados y perdidos desde que la irracionalidad de Chernobyl y la locura de una humanidad partida en bloques de vencedores y vencidos os obligó a venir aquí donde el frío es casi de bromas y gente con sonrisas os confina en sus chalets ajardinados . ¿Qué gramática enseñaros si os grabaron con el viento los sustantivos “trabajo”, “silencio”, “obediencia”? ¿Cómo deciros que en mi lengua existen nombres tan bellos como “libertad” , “solidaridad”, “rebeldía” si sólo asomarnos a ese comprometido vocabulario os contagia el vértigo del miedo?

Veo tus noches de terror, Mohamed, repetidas por una , dos , tres veces, jugándotelo todo a un sueño, en el mismo mar en el que yo con tu edad, me bañaba confiado, sabiendo seguro - casi nada , casi todo - el plato de lentejas, la manta y el beso. En la playa te esperaba ya un léxico maldito, que te llevaste pegado igual que la arena con los adjetivos “ moro”, “ ilegal”, “sinpapeles”, pero ¿cómo te explicaría yo que en la lengua que con dificultad repites existen también epítetos como” iguales” , “ fraternos”, “ humanos”, etc.?

¿En qué piensas Fátima, cuando tus pensamientos se pierden bajo el shador y sólo vuelven para intentar repetir mis oraciones yuxtapuestas “Me llamo Fátima, soy una mujer marroquí”? ¿Cómo explicarte que en esa jerga que chamullo ante ti se pueden crear frases simples tan bellas como “Los hombres y las mujeres somos iguales” , si cuando sales de la escuela debes caminar detrás de tus propios hijos? Un glosario maldito enreda las shuras de tu Corán y las miradas de la intolerancia para atar tus cortitos pasos tras ellos.

Mi conciencia y mi didáctica se traban también formando un nudo que me distrae de la salmodia diaria de las lecciones. Intento escapar de la angustia pero me descubro cada día un poco más atrapado y cuando me sacudo el paternalismo, sólo encuentro entre mis manos un bolígrafo, un papel y las ganas de contaros que vuestra presencia me ha devuelto con patadas al centro del camino de la vida.

Gracias por hoy



Cuando mi abuela nos traía naranjas , nuestras roídas uñas infantiles arrancaban la áspera cáscara con urgencias de deseo goloso y la gratitud estallaba , brotaba mágica de nuestros labios en un coro espontáneo que inundaba su cara de besos a la vez que el aire se teñía con el olor de la fruta encantada.

Mas tarde nos domesticaron el lenguaje y los afectos con el libro de urbanidad que el hermano Ignacio nos hacía memorizar como si fuera el catecismo. Aprendimos a agradecer incluso lo que no era agradable, lo que no habíamos pedido y que, de ninguna manera , queríamos o necesitábamos.

D. Vicente, apóstol de la pedagogía del palo, rizó el rizo obligándonos a dar las gracias después de cada golpe que nos daba en la palma de la mano con aquella infame regla de madera. La tortura infantil cotidiana terminó de borrar el significado de la palabra gratitud.

Desde el principio de este curso, Shima, mi alumna iraní, se retrasa unos minutos a la hora de salir de nuestra clase de castellano. No sé si será su cojera o lo hace a posta, pero cuando la clase ya está vacía, levanta sus ojos hacia el profesor, hacia mí y dice “Gracias por hoy”. Sus palabras, en el peor castellano imaginable, se convierten ante mis oídos en mariposas que se llevan el recuerdo de D. Vicente y su regla, los libros de urbanidad y que llenan la clase, aun caliente , de fragancias a naranjas y a besos infantiles.

Si tú no tienes felicidad......



Por si con la lectura los relatos y casos que preceden y siguen, alguien llega a la conclusión de que el avance lento de muchas de las mujeres que se acercan la Educación de Personas Adultas es un problema de inteligencia ,me apresuraré con el capítulo que sigue a romper una lanza pedagógica, didáctica, investigativa y literaria contra tal desvarío.

El debate sobre esta cuestión - tontas o listas, inteligentes o torpes, etc.- ocupa muchos de los ratos de diálogos grupales en las clases, las tutorías individuales, los seminarios formativos para el profesorado e incluso, de las ocasionales charlas con los curiosos que quieren saber sobre lo nuestro, la Educación de Personas Adultas.

Dentro de las clases, la mayoría de las mujeres piensa que, efectivamente, ese avance lento que decimos nosotros, ese estancamiento como lo calificaría un observador menos entusiasta y entrenado, ese retroceso puro y duro que describen ellas ,es simplemente un problema de torpeza de mentalidad cerrada y cerril, de incapacidad para memorizar tanta tabla de multiplicar, tantísima filigrana algorítmica, tanta arbitraria regla ortográfica o tanto extraño nombre geográfico.

El bajo autoconcepto y la autoestima vitalmente deteriorada son los responsables de que cada una de ellas se considere, por lo general, como la más torpe, incapaz, lenta y bruta de todo el grupo. Es la suya una autoimagen antigua adquirida quizás en la infancia y cultivada a lo largo de medio siglo de repeticiones diarias que terminan por interiorizar la propia inutilidad, haciendo nacer en su interior un personal credo donde cohabitan de manera injusta la minusvaloración de las tareas que han realizado cotidianamente y la sobrevaloración de aquellas funciones que han quedado fuera de su ámbito.

En ese contexto se produce, afirmo, una incapacidad para ver los propios logros y los límites personales son siempre mejor percibidos que los avances creadores. Devolver objetividad a esa propia e ingrata mirada al interior de cada persona y recalibrar la retina de cada mujer para hacerla capaz de apreciar sus propios méritos es una de la tareas que nos corresponden como educadores de adultos

Si damos por cierto que “No hay peor sordo que el que no quiere oír” aceptaremos también como auténtica la afirmación de que no hay persona con menos posibilidades de aprender que aquella que no cree en su capacidad de hacerlo. Esta negativa creencia es muy difícil de vencer y está fuertemente cimentada en años de desprecio de las propias habilidades.

Antes de seguir para adelante tendría que esforzarme por definir que considero como inteligencia pues de otra manera daría palos de ciego al intentar aprehender cuanto hay de esa capacidad en mis alumnas.

Durante muchos años se consideró como inteligencia el nivel de destreza con la que una persona era capaz de responder a un test de medición del Cociente Intelectual. Desde esta perspectiva, Perogrullo dixit, la definición de persona inteligente sería “aquella capaz de dar un número adecuado de respuestas acertadas a un test de Inteligencia”. El resultado se medía en unas escalas que iban desde el 0 al 200 entendiéndose que los resultados por debajo de 90 eran atribuibles a personas escasamente desarrolladas intelectualmente y que las que se acercaban al doscientos eran poco menos que genios.

Pero esta teoría era y es a mi juicio gravemente defectuosa y a los hechos me remito a continuación.

Hace apenas un curso un colega, maestro aspirante a doctor en Pedagogía, nos pidió colaboración para desarrollar una tesis con la que finalizaría sus estudios universitarios. Esta se llamaba “Problemas del aprendizaje de la lectoescritura en los neolectores adultos”. El objeto de estudio era sumamente atractivo para nosotros y tras pedirle opinión a nuestras alumnas dimos luz verde para que aplicara a nuestros grupos cuantos tests y escalas de medición juzgara oportunos.

El proceso de aplicación de dichas pruebas fue cuando menos divertido y revelador en cuanto a la hipótesis formulada al principio respecto a la inteligencia y respecto a los instrumentos para medirla.

José María, así llamaré al experimentador, procuraba cumplir cuantos protocolos aconsejaba el método científico para dar credibilidad al resultado De esta manera procuraba ser extenso y flexible en las explicaciones, en las instrucciones necesarias para llevar a buen fin cada ejercicio, dedicando a ello cuanto tiempo – y solía ser mucho - necesitara el grupo pero, de la misma manera era muy rígido en cuanto a los períodos y condiciones de aplicación.

Por ejemplo, si el test de Weschler debía de ser aplicado en grupos de cuatro personas y con cinco minutos de tiempo máximo, él aplicaba el modelo a rajatabla pues de otra manera, afirmaba, los resultados no serían objetivos ni homologables. El aspecto afectivo emotivo quedaba aparcado para que los esquemas del método científico pudieran obrar su aséptico resultado. Durante el tiempo de aplicación de la prueba no se podrían dar pistas ni ayudas .Ignoraba, nuestro casi doctor que en estas ayudas nuestras alumnas buscan normalmente más solidaridad afectiva que información cognoscitiva. Sin ese báculo emotivo, sin la sonrisa cómplice del maestro los resultados eran desastrosos.

Veamos lo que ocurrió durante la aplicación de la prueba de “homófonos”. Según nos explicaba José María, se trataba de unir una serie de palabras ortográficamente incorrectas pero que sonaban fonéticamente igual que las correctas con el dibujo representativo del concepto correspondiente. Por ejemplo se trataba de unir KHANDADO con el dibujo de la cerradura metálica o KAMEYHO con la caricatura estilista del mismo animal.

El impreso de la prueba mostraba diez dibujos de diferentes suerte en cuanto los grados de realismo y, a su alrededor, esparcidas por los márgenes del papel, unas 15 palabras entre homófonas y otras sin ninguna ligazón con los anteriores gráficos. Las participantes dispondrían de tres minutos, tres, para la tarea.

La explicación de la prueba, con ejemplos prácticos en la pizarra duró algo así como una hora, teniendo oculto, como mandaban los cánones, el test auténtico. Nuestro investigador dibujaba en la pizarra con poca pericia, todo hay que decirlo, animales esquemáticos y escribía alrededor varias palabras entre ellas alguna homófona. Luego jugaba con mis alumnas a encontrar el resultado correcto. Por un momento, entre risas y comentarios jocosos, desde el discreto aparte en el que me había sumido para que la dirección del experimento fuera correcta, pensé que daría algún resultado positivo.

Cuando sonó la hora de la verdad empezaron los auténticos problemas. José María, preocupado por garantizar la limpieza del proceso, pidió a mis alumnas que se colocaran en mesas separadas, una detrás de otra y les pidió que sólo dejaran encima el lápiz y una goma de borrar. El ambiente tan cálido y divertido que había existido hasta ese momento, se esfumó ante aquellas inesperadas instrucciones; la presión y los nervios, antagonistas de la complicidad cotidiana, se adueñaron de las participantes

- Pero dijo Pilar, abanderada de la kábila contra cualquier tipo de pruebas, tocando a rebato a sus aliadas - ¿es qué vamos a hacer un examen?

- ¿Podemos sacar las tablas de multiplicar? – rogó Ana, reconociendo su eterno y público déficit, al escuchar entre lejanas campanas, la palabra “examen”.

- ¿En hoja de rayas o de cuadros? – terció Regla con la eterna y diaria cuestión con la que saludaba cada propuesta , refiriéndose a la costumbre adquirida muchos cursos atrás de realizar en hoja rayada los ejercicios de lectoescritura y sobre papel cuadriculado los trabajos de cálculo. Daba igual que ya conociera de antemano la respuesta. Ella, sonriendo inasequible al desaliento, prefería preguntar un millón de veces antes de tener que borrar en una ocasión. Su pregunta, antesala de cualquier dictado o cuenta de dividir que realizáramos era otro de los ritos con los que hay que cumplir para iniciar un nuevo día de aprendizaje.

- ¿Qué hay que hacer?- se sobresaltó Lola, la mayor en edad de la clase, despertando de una de las innumerables cabezadas con las que había festejado la larga disertación de José María sobre la importancia de la prueba que iban a realizar respecto al resultado final de la investigación. No es que sus palabras hubieran resultado especialmente indigestibles; Lola, y lo digo por experiencia, era capaz de dormirse, y se dormía, en medio de un dictado sobre los musulmanes, en un coloquio sobre la menopausia e incluso en el tiempo que yo tardaba en llevarme una de dieciocho y sumarla en la siguiente hilera de la cuenta.

La bola de preguntas, juicios y comentarios de todo signo fue creciendo, amenazando con devorar el experimento, ante el gesto atónito de José María que no sabía como hacer amainar aquel diluvio de preguntas nerviosas.

Acudí en su ayuda, cual casco azul de la pedagogía para salvaguardar los intereses del proceso investigador y usando la ancestral técnica docente de elevar mi voz un par de tonos sobre el descontrolado guirigay colectivo a la vez que golpeaba con la palma de la mano la pizarra, aseveré:

- No, no se trata de ningún examen. Simplemente vamos a realizar la prueba que él os ha explicado hace apenas cinco minutos. Necesita que la hagáis según sus normas para poder compararlas con las que ha realizado a otras alumnas. Debe estar seguro de que todo el mundo la hace a la vez y que nadie copia de nadie

- Pues, yo - añadió Pilar, abandonando sus iniciales posiciones insumisas, mientras se recolocaba a una distancia cómoda de su compañera, midiendo su agudeza visual hasta el pupitre cercano nunca me copio, porque copiarse no sirve de nada....

- ¡Mejor que nos ponga un cero a cada una y así acabamos antes!- sentenció Ana, experta en la evaluación negativa de los avances personales, entre risas nerviosas.

- ¿Qué hay que hacer? – continuaba preguntando Lola , totalmente desorientada al haber pasado en brazos de Morfeo todo el período previo de instrucciones , mirando hacia todo el mundo en busca de una ayuda que nadie estaba , a ciencia cierta, en condiciones de prestarle.

El ruido de las mesas y las sillas en el acto de recolocación, apagó por un momento la cacofonía de quejas y lamentos que ponía la sintonía a nuestro laboratorio escolar y la clase recuperó por unos momentos la normalidad que José María añoraba.

Recuperado el control, el infortunado aprendiz de pedagogo volvió a resumir el contenido, los objetivos y los pasos a dar durante el proceso. Todas las miradas le seguían mientras gesticulaba sobre el esquema que había dibujado sobre el encerado para acompañar sus palabras. Pudo acabar sin que nadie abriera la boca y tomando un bloque de impresos que tenía en la esquina derecha de la que, en otros momentos, fue mi mesa, empezó a repartirlas entre las atentas participantes.

- Este papel que estoy colocando boca abajo en vuestras mesas, es la hoja donde vais a hacer el ejercicio atacó de nuevo el aprendiz de científico - . No le deis la vuelta hasta que yo os lo diga porque a partir de ese momento tendréis para realizarlo sólo tres minutos incluyendo el tiempo de poner el nombre.

- ¿Tres minutos? ....– sonó un aullido a coro- ... ¿sólo tres minutos?

- Veremos, je, je, si me da tiempo a poner aunque sea nada más que el nombre - intervino Macarena que tenía a gala ser la más lenta en cualquier operación. Otras presumían de ser buenas en el dictado, de saberse las tablas o el abecedario y ella, sin ningún empacho, se tenía por la más cachazuda del grupo, no por que ella quisiera que bien que se esforzaba por apresurarse, sino por que la lotería genética le otorgó ese bien, el detenimiento, que en otros aspectos de su vida le había sido muy beneficioso pero en su trayectoria escolar le tenía todas las sesiones en un continuo “correcorre”.

- ¡Un cero, lo que yo digo, un cero para todas! –terció Ana “animando” a la clase con ese “espíritu positivo” que siempre le acompañaba al abordar tareas nuevas.

- ¿Qué hay que hacer? - insistió Lola subiendo el tono de voz, por tercera vez, volviendo de una nueva visita a los “Campos Oníricos”, una breve siesta que le dio tiempo a descabezar en los anteriores momentos de calma.

Tras una mirada suplicante de mi colega invitado, me coloqué cerca de Lola procurando evitar que se durmiera de nuevo y haciendo de ocasional intérprete de sus instrucciones. No era muy científico pero era del todo indispensable.

- ¿Estáis preparadas? preguntó José María, mientras yo observaba que el desánimo, un gusano que se alimentaba de las siestas de Lola y de la ira de Pilar entre otros detritus, había empezado a hacer mella, agujeros , fallas infinitas en él.

- Preparadas... ¿para qué? – contestaron al unísono varias por decir algo, haciendo subir y mucho el termómetro de la desesperación del experimentador.

- Pues...... – empezó a decir con la frente perlada por el sudor que produce la exposición prolongada a la incomprensión más pertinaz.

- Si, - intervine yo, para, a continuación, mirando de reojo a las bromistas, añadir- están preparadas.

- Entonces, dad la vuelta al papel, escribid el nombre y empezad: Tenéis tres minutos a partir de.... ¡ahora!- exclamó a la vez que accionaba dramáticamente el pulsador del cronómetro.

Yo ya me lo esperaba. Tras un minuto de silencio y dudas, después de mirar a diestra y siniestra, Macarena preguntó:

- El nombre, ¿lo pongo arriba o abajo?

- Arriba, arriba - instruyó José María provocando involuntariamente que muchas dejaran de buscar las soluciones para dedicarse a borrar el trabajo ya realizado, la colocación del nombre y los apellidos en el margen superior.

- ¡Vaya – intervino Regla, como pidiendo el libro de reclamaciones – pues ya lo había puesto yo abajo, como arriba no hay sitio!

- ¡Déjalo abajo entonces! – concedió el interpelado.

- ¿Abajo? ¿No ha dicho usted, hace un momento, que lo pongamos arriba? – se quejó de nuevo, Macarena iniciando el decimoctavo borrado.

- Está bien, está bien - se rindió José María - que cada una lo ponga donde quiera pero que lo escriba ya....por favor.

- Si, pero.... ¿yo qué hago? – dijo la tortuguita Macarena -. Tengo borrada la fecha, ¿borro también el nombre?

-Ah, pero... ¿la fecha también había que ponerla? – se sorprendió Pilar- ¿Arriba o abajo?

- ¿Qué hay que hacer con el nombre? – preguntó Lola que llevaba tres minutos mirando ensimismada los dibujos sin hacer nada.

Los primeros diez minutos se fueron entre sudores fríos de José María procurando deshacer el entuerto de los nombres y las fechas y el que siguió con los apellidos (“¿uno o dos?”) Haciendo de tripas corazón, decidió conceder otros tres minutos para la prueba en sí.

- ¡Uff, vaya unos dibujos más raros!, – empezó a radiar Pilar, en voz alta- no se sabe ni lo que son. Este de arriba... ¿es un caballo?

- ¿Dónde hay un caballo? Yo no veo ningún caballo. Veo un camello, una cosa que parece una fregona, un candado pero caballo, no veo ninguno. ¿Dónde está el caballo que dice Pilar, Juan? – se apresuró a contestar Remedios.

- Aquí, chiquilla, aquí arriba - se levantó la cuestionada para señalar a la otra el “establo” del equino.

Las demás se contagiaron rápidamente y, en pocos segundos, todas andaban a la caza del caballo, señalándose unas a otras el lugar donde creían verlo. José María tenía la mirada opaca, como perdida en galaxias de aplicaciones científicas inmaculadas.

- Venga, vamos – volví de nuevo a la carga directiva ante la momentánea ausencia mental del auténtico coordinador – vamos a dejar los caballos y a seguir con el ejercicio que queda poco tiempo.

- ¿Dónde hay que poner los nombres de las cosas del papel, arriba o abajo?- intervino, de repente, Macarena curándose en salud.

- No hay que escribir ningún nombre en ninguna parte, - gimió, más que otra cosa José María volviendo del limbo en que se había sumergido para descansar- sólo tenéis que unir el dibujo con la palabra que suene como su nombre.

- ¿Y si no sé lo que es? – insistió Pilar que parecía continuar atrapada entre las patas del caballo de marras.

- ¡Pues te pasas a otro y nos dejas trabajar a las demás!- concluyó Manoli a la que, por cierto, nadie había consultado dando a su reconvención cierto aire de bronca. Ya estaba harta de oír hablar de caballos, camellos y cerraduras que ella no conseguía encontrar en ninguna parte

- Pero aquí pone VURRO con la V baja y yo sé que se escribe con la B alta. por que en el libro que leímos ayer - intervino Chari, la delegada, y sin que nadie le dijera nada sacó de su cartera el libro de lectura colectiva , busco la página correspondiente y se la enseñó a José María - viene con la B alta . ¿Lo veis? ¿Que hago, la tacho?

- Que no, que no, lo vuelvo a repetir, – su voz, al principio autoritaria y firme, era ya un sollozo de cansancio – hay que unir los dibujos y las palabras, no hay que tachar ni escribir nada en el papel.

- ¿Qué no hay que escribir nada? – se enfureció Macarena , apuntando con el lápiz airado hacia nuestro torturado huésped - ¿ No dijo usted que escribiéramos el nombre , los apellidos y la fecha debajo?

- “De-ba-jo”, no, - intervino Pilar enseñándole su prueba y aprovechando para dar una visual a la de la compañera - “el muchacho” , quiero decir, José Mi...., dijo “a-rri-ba”, lo que pasa es que tu no te enteras. Pero como aquí parece que puede preguntar todo el mundo menos yo.

Mientras la clase se enfrascaba en un nuevo rifirafe sobre quién preguntaba mas ó menos y se perdía en un abismo de dimes y diretes que la hacían más parecida a la sala de espera de un ambulatorio que al frío laboratorio pedagógico que José María había deseado crear, Lola, cansada de reclamar instrucciones ,ponía manos a la obra y escribía con su mejor letra el nombre debajo de cada dibujo e incluso había empezado a colorear alguno de ellos antes de que yo pudiera advertirla.

Veinte minutos después, cuando se acordó y volvió a consultar el cronómetro para dar por terminada la prueba, el paisaje era desolador.

José María había gastado casi todo el tiempo en intentar solventar la duda de Chari sobre si el dibujo que supuestamente representaba al KHAMEYO tenía efectivamente una o dos jorobas y si esto era además correcto zoológicamente hablando.

Macarena, en su isla, andaba todavía borrando su segundo apellido para rectificar y colocarlo arriba tal y como había escuchado en las últimas instrucciones.

Pilar se paseaba impunemente por la clase comparando su prueba con las de sus compañeras con el pretexto de ver si habían dibujado las rayas de la misma manera que ella.

Ana se reía continuamente a la vez que murmuraba para si misma mirando hacia el papel: “¡ Que cero, madre mía , que cero!”

Regla y Remedios, totalmente desentendidas del test, hablaban animadamente de las gafas de la primera., “....que me sirven para la pizarra pero no para el cuaderno, pero como me he dejado las del cerca en casa pues tengo que...”.

La cara de José María, al recoger las pruebas entre un aguacero de protestas (“¿Pero, ya han pasado los tres minutos? ¡Espera, espera un momento!”) era un épico poema a la frustración. La realidad, tan tozuda ella, había lanzado una tonelada de estiércol pragmático contra su limpia conciencia del científico experimentador. Recogió sus bártulos y con un gesto de cansancio infinito, abandonó el aula mientras mis alumnas comentaban divertidas entre si la prueba. Los nervios y el mal rollo abandonaron la clase junto a la abultada cartera y al debilitado ánimo del visitante.

Le perdimos de vista una semana y cuando volvió, afortunadamente, ya había recompuesto su ánimo investigador. La distancia, las reflexiones personales y una entrevista con el director de su tesis le habían fortalecido el espíritu pero no habían conseguido modificar su estrategia. En la misma línea, su jefe de tesis le había propuesto ahora pasar a mis alumnas un cuestionario de inteligencia puro y duro para descartar que los problemas que se pudieran detectar en la lectoescritura no se debieran simplemente a un coeficiente intelectual excesivamente bajo, es decir a una inteligencia escasamente desarrollada ,tal como la describíamos al principio.

Quizás no era yo la persona adecuada para cuestionar a un casi licenciado en
Ciencias de la Educación, la definición de inteligencia ni los instrumentos que la puedan medir pero tras analizar el tipo de pruebas que pretendía aplicar no pude evitar expresar mis reparos.

Se trataba de una batería de ejercicios basados en series cuyo criterio de ordenación era fundamentalmente alfabético. Había que predecir, que acertar, cual era la letra que continuaba la serie lógica. Pero, me cuestionaba yo, ¿cómo se podía pretender medir cualquier capacidad de una serie de personas cuya característica es, precisamente que ignoran el abecedario y su orden, con una prueba basada precisamente en el uso de dicha escala? Sería, a mi juicio, como intentar medir la resistencia física de un oso a través de una carrera......en bicicleta o medir la agilidad de un mono haciéndole subir un árbol....virtual a través de un juego de ordenador. ¿Quién de nosotros ser capaz de completar cualquier serie lógica basada en el alfabeto cirílico o chino? José María entendió mis objeciones pero no contaba con instrumentos más adecuados. En fin, si el resultado de la primera prueba descrita resultó un fracaso absoluto, esta segunda hubo de ser ignorada completamente por sus aplicadores.

Al final, la tesis resultó de gran interés en cuanto a los aspectos descriptivos y a las hipótesis de solución formuladas pero un desastre en cuanto a los instrumentos de medida. Habían intentado aprehender algo tan delicado como el concepto de inteligencia con un elemento tan burdo como un test; se habían conjurado pescar la Luna con una red y tras alborotar un poco el fondo del charco, quedó, de nuevo la plateada imagen sola en su superficie y en las manos de los conspiradores, una malla vacía y mojada.

A nivel personal y volviendo a la definición que nos ocupaba al principio del capítulo, cuando yo intento definir lo que es la inteligencia me acerco mucho más al concepto de “inteligencia emocional” y entiendo como tal esa capacidad de interpretar y dar respuestas a los problemas cotidianos incluyendo en este lote habilidades como el autocontrol, el entusiasmo, la perseverancia y la capacidad de automotivarse. Estas cualidades aprendidas permiten sacar el máximo rendimiento al potencial que le haya a cada persona correspondido en el sorteo de los genes.

Desde estas posiciones, yo concluyo que debe calificar de inteligente a la persona capaz de utilizar con éxito sus capacidades para afrontar los retos de la vida. El éxito vendría definido por la capacidad de acercarse al polo feliz y alejarse del extremo infeliz de la polaridad. En este sentido, también serian actitudes inteligentes las que permiten aprender de los fracasos y aprehender instrumentos nuevos cuando estos se hacen necesarios. Mi particular visión de la inteligencia está basada más en la experiencia docente que en la investigación científica. Por ello me atrevo a afirmar que es difícil no tropezar a nuestro alrededor con mujeres de una tremenda inteligencia, personas que han enfrentado la vida con valor sacando de ella los mejores resultados posibles. Solo me atrevería a calificarlas de “tontas” por amilananarse ante la sencilla tarea de memorizar letras y números después de haber sido capaces de generar tanta felicidad a su alrededor.

Si con la misma facilidad con la que hoy se otorgan masters y diplomaturas en mil materias etéreas , se premiaran el arte de la administración doméstica, la ciencia de la cocina económica , la psicosociología del perdón y del amor y los profundos conocimientos sobre reparación del alma humana, las cocinas de nuestras milagros, cármenes, etc... hace tiempo que estarían profusamente decoradas con los certificados de todo su maravilloso e interminable curriculum vital.

¿Qué título otorgaríamos, por ejemplo, al talento matemático de Angela? ¡Juzguen ustedes!

Angela regentó desde que se casó un puesto, una parada en el Mercado de Abastos del Puerto. Mientras su marido cambiaba con la tierra el sudor y las horas por los tomates y las lechugas, ella se encargaba de comerciar con las hortalizas sin tener la más mínima noción de matemáticas escritas. Nunca, hasta que llegó al Centro de Educación de Personas Adultas hizo una cuenta en un papel y su conocimiento de las cifras sólo llegaba hasta saber que un duro era más que una peseta y que quince pesetas eran más que dos duros.

Partiendo de ese cero casi absoluto en cálculo, Angela, cocinando necesidad, perspicacia e intuición, llegó a diseñar para su práctica mercantil un sistema propio, eficaz y rápido, una calculadora infalible y artesanal. Alguna vez me lo explicó pero creo que nunca llegue a entenderlo del todo, cuadriculada mi mente por el sistema de contabilidad que había aprendido desde pequeño. En resumidas cuentas, Angela llevaba siempre un amplio mandil de tendera de un blanco matutino que la jornada iba tiñendo con el arco iris de los productos de la tierra. A ambos lados del delantal llevaba un par de enormes bolsillos comunicados para, en los escasos momentos de ocio, proteger las manos del frío que subía por la cercana escalera desde la planta baja donde se conservaban las carnes y los pescados.

En el túnel textil ocupado por sus manos alojó Angela su primitiva calculadora y ajustaba los pedidos a medida que sus clientas lo iban demandando. En la parte izquierda del bolsillo llevaba diez garbanzos y en la parte derecha, diez judías blancas. A medida que recitaba las cantidades, los garbanzos y las judías iban cambiando de bolsillo. Al final el resultado dependía de la cantidad y la posición en la que se encontraba unos y otros. El total a pagar o a devolver aparecía en su boca tan mágicamente como los dígitos aparecen en la pantalla de las modernas máquinas japonesas de bolsillo.

Claro que a fuerza de utilizar ese mecanismo, la mayoría de la veces, las legumbres ya no se movían, pasaron a hacerse virtuales y a moverse y alojarse sólo en los surcos de su cerebro, entre las neuronas de Angela y, aunque nunca renunció a llevar en su bolsillo las dos decenas de mágicas semillas, rara era la oportunidad en la que necesitaba acudir físicamente a ellas.

La necesidad hizo que Angela inventara, sin conocer la historia de la matemática china, un particular ábaco que perfeccionó, andando el tiempo, hasta el punto de hacerlo convertidor de duros a pesetas y viceversa. Por eso, aunque Antonia no fuera capaz de memorizar la tabla del siete o de recordar cuando hay que “poner cero al cociente y bajar la cifra siguiente” en mi universo particular de genios hace tiempo que le fue otorgada la licenciatura en ciencias exactas y un lugar preferente en la orla de la promoción imaginaria de “Matemáticos de la Vida Ordinaria”.

Y si me he referido a Angela como bandera de la "reinvención cotidiana” de las Matemáticas, cuando analizo el sencillo redescubrimiento de la escritura no puedo olvidar lo que me contaron, entre otras, Lucia y Micaela.

Micaela aprendió a leer con nosotros cuando ya contaba más de 50 años. Por razones que yo no recuerdo pasó mucho tiempo separada de su marido o del que todavía era su novio. La mayor angustia para ella, en esa situación, era recibir cartas de él y tener que recurrir a una vecina o a una amiga para que se la leyera. En esos casos procuraba memorizar cada palabra para evitar molestar más de lo preciso y, en la intimidad, solía recordar cada término, cada frase de su amigo y saborearla apretando el papel callado. Sin embargo era mucho más trabajoso contestarle. Si encontrar a alguien que supiera leer era difícil, hallar a una persona que supiera escribir y estuviera dispuesto a ello era una tarea casi imposible. Además, y eso era lo principal, siempre había deseos que no se atrevía a expresar por miedo a la censura de la amanuense, sobre todo aquellos anhelos que se referían a la “necesidad física” de la persona amada. Por eso, Micaela, con la complicidad tesonera del cariño, desarrolló todo un código de dibujos esquemáticos en los que aprendió a expresar sus más íntimas apetencias. Tras terminar la parte letrada de la carta antes de cerrarla ya en la intimidad se dibujaba a si misma y a su novio. La posición que ocupaban, el estar más o menos cerca, de frente o de espaldas, la disposición de las líneas que representaban el cuerpo o sus partes más significativas, todo era un sensual lenguaje icónico a través del cual se expresaba el amor, mensajes de botella en una clave secreta que solo compartían los amantes.

Los jeroglíficos de Micaela, menos conocidos y estudiados que los de aquellas colosales y milenarias pirámides de piedra, no fueron por ello menos útiles y valiosos.

De Lucia diré que apenas sabía leer y en absoluto escribía cuando atravesó por primera vez los dinteles del aula. Silabeaba con dificultad cuando conseguía ver lo que estaba escrito a través de unas gruesas gafas de concha, de esas que llamamos “de culo de botella”. La miopía galopante que sufría la amenazaba constantemente con provocarle desprendimiento de retina y fue la causa, meses más tarde, de que los médicos le aconsejaran no seguir viniendo a clase. Antes de abandonarnos también me contó algo que me impresionó.

Su marido era fontanero y el teléfono de recoger avisos lo tenían en la casa familiar. A la espera de la invención del contestador, ella debía permanecer casi todo el día en la casa a la espera de los avisos urgentes de los que debía tomar nota. ¡Una secretaria, no se lo pierdan, que no sabía escribir!

Lucía no tenía aspecto de ser especialmente inteligente. Su pequeña estatura, sus enormes anteojos y una escasa capacidad de relación con las demás compañeras, le habían creado entre éstas, una cierta fama de torpe y de acaparadora. En cuanto conseguía escribir una sola palabra con sus enormes letrazas venía corriendo a enseñármela interrumpiendo cualquier explicación que estuviera dando a otra compañera. Una vez que me había mostrado su cuaderno, no volvía a su sitio sino que me seguía a lo largo de la clase en mis viajes entre un pupitre y otro, provocando risas y comentarios crueles de las demás. Tenía enormes carencias afectivas, demasiadas existencias de soledad en el almacén de sus recuerdos y se “enamoraba” con facilidad de quien le ofrecía un minuto de atención, cariño y seguridad.

Quizás por eso, por esa relación tan especial que estableció conmigo, un día me descubrió su secreto, la estrategia con la que cubría su déficit de escritura y, a la vez, cumplía con su función en el negocio familiar.

En sus ratos de guardia perenne ante el teléfono había desarrollado todo un código de señales que indicaban desde el nombre de los clientes, los domicilios y las averías más usuales. La clave , que al principio era significativa, es decir, que unía los nombres con un dibujo más o menos realista que los representaba , terminó por ser totalmente abstracta y arbitraria , sólo tenía significado para ella. Estaba compuesta por más de 30 señales diferentes y, combinándolas podía recrear mensajes complejos.

Creo que su marido nunca apreció esta creación de Lucía. Para él, su libreta sólo era una colección de garabatos ininteligibles. Ella, por su parte, nunca le dio otro valor a su código que el de ser una accidental muleta de una “pobre analfabeta”. Alguna vez pensé en hacer público el conjunto completo de signos pero, como dije antes, las presiones del oculista llegaron antes y pudieron más. Un día, Lucía desapareció del centro sin dar explicaciones y no volví a saber de ella.

Al igual que Angela, Lucia y Micaela, he conocido y doy gracias por ello a decenas de mujeres que según mi definición reventarían por las costuras cualquier tipología de inteligencias:

Paca, que fue de joven emigrante perpetua, conocedora de cuatro idiomas sin haber tenido oportunidad de aprender a leer y a escribir en ninguno de ellos.

Francisca, con una ortografía superdeficiente y sin saber las tablas de multiplicar pero capaz de componer en una sola noche hasta 17 cuartetas, poemas de la madrugada insomne, destinados a felicitar con humor las pascuas a todas sus compañeras.

Remedios, incapaz de memorizar el abecedario pero totalmente eficaz recordando mil letras de chistes, rumbas y carnaval con las que llena su recuperado tiempo de ocio y nuestras frecuentes meriendas de cumpleaños.

Cati, alumna menuda hasta en la voz ,compañera incombustible, con nosotros desde el primer curso, siempre en el mismo nivel inicial, capaz de venir cada día con una sonrisa nueva , con sus 60 años ya colmados dispuesta a ilusionarse aprendiendo a bailar por sevillanas y a cantar como si fuera la niña que por su estatura parece.

Como decía una canción del verano en una perla de sabiduría popular de ésas que repetimos sin pararnos a pensar: “Si tú no tienes felicidad, de sabio no tienes ná”.

Y , sépanlo y escríbanlo ,señores doctores , para que conste en sus gruesos libros de teorías serias y científicas, esa capacidad para superar las limitaciones de la vida diaria , las propias y las impuestas, fluye por las venas de mis alumnas cada día , haciéndome profesar a mí y a los que con ellas convivimos con la mente abierta , la creencia de que no hay mayor inteligencia que la que nos permite vivir con ilusión y alegría.

Ars Orandi o Diálogo, diálogo, diálogo.


Una sola boca y dos orejas tenemos para que escuchemos el doble de lo que hablemos”. Oír, escuchar, hablar, volver a oír y volver a escuchar, de esa manera se producen la mayoría de los aprendizajes y de los descubrimientos. ¿No sentimos acaso más angustia a la hora de comunicar con una persona sordomuda que con una persona ciega? ¿No nos suele ocurrir nos impresionan las palabras más que las imágenes?

Aquello de que “una imagen vale más que mil palabras” no es más que un truco publicitario, una estrategia de creación de deseo a corto plazo que se esfuma con rapidez con la que se borra el reflejo que el neón efímero y nocturno graba en nuestra retina. Los publicistas lo saben y al diseñar sus reclamos cambian con frecuencia de protagonistas, de paisajes pero los “jingles” – esas musiquitas breves machacones y simplonas , sintonías del consumo moderno ,que se nos agarran a la retentiva y a las cuerdas vocales - y los lemas publicitarios permanecen décadas en la memoria colectiva. , dando continuidad al producto. “Yo soy aquel negrito…” o “Vuelve a casa por Navidad” son ejemplos de mensajes donde la palabra ha sobrevivido a la imagen.

¿A que viene todo esto?, se preguntaran sorprendidos los lectores ante tanta digresión hacia el área del marketing. Pues viene a que para acabar me ha dado por recordar lo mucho y bueno que todos y todas hemos aprendido hablando y escuchando en nuestras clases.

Algunas de las mujeres que llegan por primera vez a nuestras clases se sorprenden del guirigay continuo, del incesante jaleo verbal que recorre las aulas. En sus recuerdos, la escuela era más bien un lugar donde sólo el maestro tenía derecho a hablar y a otorgar palabra, donde los alumnos sólo podían romper el obligado mutismo para responder con el debido respeto y recato. Era el modelo de escuela-radio, escuela–púlpito con el micrófono monopolizado por la infinita minoría, direccionado hacia la silenciosa mayoría. El maestro era el ara sagrado, el receptáculo de los conocimientos que se vertía en cada clase y el alumno, era apenas el recibidor, vaso humilde dispuesto a colmarse con la sabiduría del generoso prócer. Preguntar era inoportuno, opinar irrespetuoso. La curiosidad era considerada malsana y objeto de castigo pues sólo se debía aprender aquello que el omnisciente maestro tuviera a bien compartir.

Recordando tal ambiente no era extraño que los recién llegados al Centro de Educación de Personas Adultas juzgaran inadecuado aquel marco escolar que les presentábamos tan ruidosamente vivo, tan horizontalmente habitado, tan profusamente poblado por el diálogo. Porque en el Centro de Educación de Personas Adultas, se habla, se habla y se habla.

Se habla para saludarse antes de comenzar la clase, convirtiendo el obligado saludo del incombustible manual de Urbanidad en mucho más que protocolo, alargando las ¡Buenas Tardes! de rutina hasta convertirlas en una intensa exploración de contexto, del tiempo meteorológico, de la salud personal y colectiva, en una sabrosa y sintética puesta al día de los últimos acontecimientos locales y generales.

Se habla atravesando el umbral de la clase en un anárquico y cortés desembarco escolar , mientras se dejan los abrigos en las perchas, los paraguas en la papelera y se colocan correctamente las mesas y las sillas , con el comentario exploratorio ya centrado en las noticias de interés de la compañera más cercana : sus hijos , familia , etc..

Se sigue hablando mientras ya sentados se hace inventario de las pertenencias personales relacionadas con la escuela (libreta, lápiz, sacapuntas, goma de...), mientras se descubre que ayer dejó olvidada la goma de borra de puro calentura de cabeza “¡Dichosa tabla del siete! Y además “ ¡Anda , me olvidé las gafas del cerca!.

Se habla mientras el maestro explica el plan de actividades del día o resume el punto donde se quedó el trabajo el día anterior. De nuevo se oye: “¡ ...dita tabla del siete!” y se le hace entrega de un generoso ramo de comentarios , ruegos, preferencias o admoniciones : “¡Más cuentas , no, por tu mare!”.

Continúa la charla , obviando el plan propuesto por el maestro, intentando dar una verónica verbal que lo saque del tercio de las divisiones , “¡Hay que ver lo que ha pasado en ese sitio, en Morzambicre!” ,esperando que el maestro, de inequívoco perfil de voluntario de ONG, se pique, deje a un lado las cuentas y se ponga a hablar del clima mundial , del hambre y de esas cosas con la él que se apasiona.

Se habla después, efectivamente, de Mozambique, de que siempre llueve sobre mojado, de que cómo estamos cambiando el mundo y de las cosas que podríamos hacer para mejorarlo y no sólo para distraer al maestro de su obsesiva afición al calculo sino porque ya nos duelen tantas moscas en la misma herida.

Se continua hablando de que aquí mismo, “ya no llueve como antes,”...... “porque hay que ver el invierno que llevamos que no ha caído una gota de agua”........ “y que está todo el mundo con las alergias”...... “que hay que ver la de alergias que hay ahora”........”si vas a la seguridad social por lo de la piel y te dan numero para dentro de seis meses”..... “a mi me han dado numero para el de garganta para la feria”........ “pues yo cada año tengo menos ganas de feria...” en una retahila sin fin donde, aprovechando que el Guadalquivir pasa por Sevilla cada cual arrima el ascua a su sardina e introduce cuando le parece el tema de conversación que le preocupa.

En este momento, el maestro se da cuenta de que lo han vuelto a liar y quiere retomar el control. Se siente desbordado ante tanta palabra. Sus sonidos inundan la clase, toman las aulas anejas. Las palabras voletean - “.....feria, blablablá, mi marido ,blablablá, el autobús, blablablá ,etc... “- se posan en las mesas, en las persianas, en todas partes., contagiando nuestro universo escolar con el polen de las flores del lenguaje más sencillo.

Un par de palmetazos sonoros sobre la mesa en la que está sentado el ingenuo devuelven un poco de paz sonora a la escuela. Las mariposas de la comunicación huyen por la ventanas, las palabras se disuelven, se apagan en el aire del aula mientras el maestro despliega una doble visual sobre la programación diaria y el reloj para evaluar la magnitud de la pérdida en la tarea planificada. ¡Tampoco ha sido para tanto!

De nuevo se recupera la voz y la palabra para recordar la tarea encomendada antes del diluvio chacharero, para preguntar qué cuaderno hay que sacar, donde se pone el nombre o si la fecha que está escrita en la pizarra corresponde al día en curso.

Y hablando se pregunta si dividir era repartir o repetir, si hay que empezar una hoja nueva y si el número de “lo que me sobra” se coloca debajo al lado o detrás, o para reafirmar si de catorce me debo llevar una , cuatro o ninguna.

También habla el maestro para reñir: ¡Pilar, no te copies, que te he dicho “cienes y cienes” de veces que debes hacer las cuentas tú sólita!; para motivar y afirmar: “Muy bien, así, adelante mis pitagorinas ” o para dar un pasito más en la exploración del edificio de las matemáticas introduciendo en la tarea nuevas dificultades, así, como de rondón, sin que la perjudicadas adviertan la progresiva complicación de la operación que tanto temen.

Y se continuará hablando, más tarde, en el dictado matizando, contestando, provocando situaciones cómicas en las que, obligado mil veces a repetir, a dar marcha atrás, a explicar, a vocalizar silbando con las eses, a torcer el gesto intentando hacer gráfica la solitaria “c”, “p” o “b” que aparece burlona al final de lagunas sílabas, a equivocarse y a rectificar, ni el propio “dictador” sabe ya siquiera situarse en el escrito.

Y se habla , como no, al salir, al acabar la clase, opinando, resumiendo , evaluando, criticando, proyectando y posponiendo porque el diálogo, la charla , organizada ,espontánea, directa, en cascada , son la sintonía de nuestro aprendizaje mientras que el silencio y la afonía son las peores de sus cuitas.

Por ello, a pesar de reconocer que hay tareas intelectuales que sólo se pueden abordar en un clima de concentración individual, siempre preferiré el ruido de un aula viva y participativa al silencio de una clase ausente y sumisa.

Como decía al principio del relato, la mayoría, quizás la totalidad, de nuestros aprendizajes se producen a través de la interacción y el diálogo y en esa línea recordaré siempre algunas de las situaciones de las que aprendí lo que sostengo, por lo que tuvieron de divertidas, trágicas o tiernas.

La sexualidad en la escuela fue para mí un tabú en la infancia y en la adolescencia. Pasaron ya los tiempos en los que en el colegio de la Salle, el hermano Gonzalo, nos citó en pequeños grupos para explicarnos con más voluntad que acierto lo “de donde viene los niños”. Textualmente, tras un largo rato de disertación que honradamente pretendía ser clara pero que resultaba indescifrable, en la que nuestra supina ignorancia no nos permitía siquiera articular preguntas, yo lo resumí todo el saber aprendido en que “... el órgano cenital de la mujer se dilata para dar salida a la criatura”. Yo, y me imagino que los demás también, salí de la clase sin tener idea de que era ó donde estaba el “cenital” de marras y por tanto de cómo se producía la incorporación de los nuevos congéneres al humano valle de lagrimas .Al menos, sonreí y supe que si algun día me atrevía a reconocer lo que sabía.- nada- y lo que ignoraba – todo - había cerca de nosotros alguien dispuesto a intentar explicarlo. ¡Vaya desde aquí mi reconocimiento más sincero para el esfuerzo de aquel “hermano” que tenía las orejas tan grandes como el corazón!

En nuestra escuela de adultos, el sexo siempre fue menos tabú que en aquel colegio de curas de negro hábito y bragueta inmensa. Incluso cuando el maestro era el único macho en un grupo de alumnas experimentadas, la mayoría con media docena de churumbeles en este mundo, el tema era tratado con naturalidad. Desde el principio le prestamos gran atención entre otras cosas por que nos venía de muerte para introducir la familia silábica de la X en la palabra SEXO. La otra alternativa, la palabra generadora TAXI se prestaba menos al juego significativo, vivencial y dialogal precisado por el método Freire de lectoescritura popular. Desde el principio también nuestras alumnas nos respondieron con el mismo nivel de franqueza.

Dada la edad de nuestras clientas el centro de interés solía estar siempre más cercano a los trastornos y cuidados que conlleva la menopausia que a los métodos de planificación familiar. Así pues de ello hablamos más de una vez en la clase.

Pero que el tema no fuera tabú para la mayoría no significaba necesariamente que todas participara por igual, como ocurrió aquella vez.

Partiendo de un texto en el que se describían la mayoría de los trastornos relacionados con la menopausia, el retiro como lo llaman ellas, hablábamos y hablábamos. Todas las mujeres del grupo pasaron a contar espontáneamente su experiencia acompañada por un coro de asentimientos y discordancias. Que si los sofocos, los vapores que suben y bajan, la perdida de apetito sexual, los mareos, la depresión etc... Algunos síntomas eran generales pero en otros casos eran tan particulares (“¡Pues a mí, con el retiro me ha entrado ganas de comer marisco! “) que casi resultaban atribuibles a otras causas menos somáticas.

El diálogo avanzaba suavemente espontáneo y profundamente rico y todas participaban en mayor o menor medida. Todos menos, Rosario. Ella era de las más jóvenes del grupo, apenas había cumplido 47 y en su piel pálida y pecosa contrastaba sobre manera el rojo que empezaban a cobrar sus mejillas. De natural sonriente y participativo, durante el desarrollo del coloquio parecía que se iba encerrando en si misma y todo indicaba que una serie de convulsiones emocionales, de terremotos afectivos, la estaba sacudiendo, a medida que sus compañeras desgranaban sus experiencias.

De repente alguien reparó en su agitación y comentó:

- Rosario, estás colorada, ¿te ocurre algo?

Miramos todo hacia ella y pudimos comprobar que empezaba a llorar, al principio silenciosamente y, más tarde, apenas descubierta, a chorros, a corazón abierto. El silencio se hizo en la clase y todos nos mirábamos extrañados, preguntándonos que había provocado aquel torrente de emoción en nuestra, de normal, alegre compañera. Nadie insistió y, cinco minutos después, Rosario empezó a hablar, lenta pero atropelladamente:

- Yo...... a mi,.......hace más de tres meses que no veo la regla... y.... yo...... creía que estaba de nuevo embarazada..... a mi edad...... mi hija mayor tiene ya dos niñas ......... mi José en el paro......y si, claro, los vapores...... pero yo creí....como he tenido unos embarazos tan malos...... no sabía como decírselo a mi marido... y no sabía con quien hablar.

Rosario se estaba asomando a la menopausia, quería y no quería que fuera, ese “ya nunca más” y lo había interpretado, en la confusión, como un inesperado embarazo y ahora descubría la posible verdad en aquel coloquio. Nunca supe si sus lágrimas reflejaban angustia ante la incertidumbre, alegría ente la seguridad o simplemente tristeza ante el reconocimiento de esa soledad tan espesa que le rodeaba y que le había impedido interpretar algo tan cercano como el presente de su propia vida, de su propio cuerpo.

Rosario podría haber leído mil veces el texto generador e incluso escuchar un millón de charlas mías o de profesionales de la materia, sin asociar ni por un momento, su contenido con ella misma. Sólo lo hizo al calor de aquella conversación espontánea, descubriéndonos un nuevo milagro terapéutico de diálogo.

En otro tipo de charlas más regladas con el primer equipo de planificación familiar municipal descubrimos estrategias anticonceptivas de lo más curiosas e ineficaces. Una mujer nos contó que ella sólo tomaba la píldora después de hacer el amor con su pareja. Le parecía un exceso para la economía y la salud estar todos los días del mes tomando una medicación que solo era útil durante cuatro jornadas justo lo que tardaba el marido, de profesión marinero, en volver a embarcarse para otras tres semanas de faenar. Aun estaba más desinformada aquella otra mujer que creía, así nos lo contó, que cuando le hablaban de la píldora la gente se refería a la aspirina. y por tanto recurría a las blancas cápsulas de ácido acetilsalicílico, dosificadas de manera similar a la del anterior caso, para prevenir nuevas preñeces. Ni que decir tiene que ellas, sus maridos y sus numerosas proles estaban muy desengañados de la efectividad de los métodos de contracepción.

Hablando, charlando también, a falta de mayores destrezas lectoescritoras, procurábamos transmitir las nociones más generales de la Historia local y para ello hacíamos muchas visitas al Castillo, al Museo municipal, a las principales iglesias, etc.

Paca, una de las mujeres que perteneció al selecto círculo de las siete primeras, aquel primigenio grupo de alumnas que no tuvo más remedio que soportar nuestros primeros pasos cuando éramos auténticos ignorantes del método alfabetizador, era un personaje muy peculiar.

Paca era, es, bajita, muy bajita. Vivía sola y en su soledad era una persona alegre aunque progresivamente, a lo largo de los años que estuvo con nosotros fue adentrándose en el misticismo, perdiendo esa alegría vital y manifestándose particularmente reservada. Aunque participaba en todas las actividades sentía particular afición por la lectura. Se había comprado una Biblia gigante y su ilusión era poder leer directamente en ella. En la intimidad nos hablaba de los mensajes que le dejaban los santos y que a ella le urgía descifrar. Durante mucho tiempo nos preguntamos, muertos de curiosidad, en qué consistirían serían aquellos mensajes e incluso llegamos a sospechar que Paca fuera una de esa “iluminadas” que reciben visiones sagradas de 4 a 6 en su salón-comedor. Más adelante descubrimos que todo era más normal de lo que nos hacía parecer nuestra mente excitada. Aquellas cartas que Paca recibía de los santos no eran sino estampas que recogía de cuanta iglesia visitaba o que le regalaba la gente que conocía su afición y devoción. Los textos que acompañaban a los retratos sagrados, las oraciones y jaculatorias, eran, efectivamente, aquellos mensajes que Pepa tenía tanto interés en compartir como si fuera un legado personal de Santa Rita o San Antonio a su humilde persona.

Pero Paca en este proceso, además de hacerse amiga de la Historia sagrada, se aficionó también a la crónica profana y era una de las que más participaba y disfrutaba cuando alguien venía a darnos una charla sobre el patrimonio local o cuando lo visitábamos in situ.

Un día de aquellos, visitábamos la iglesia mayor prioral y, antes de entrar, Mercedes, nuestra instructora histórica favorita, nos explicaba distintos detalles de la fachada y de la disposición de las naves. Paca y alguna compañera se mantenían apartadas del grupo observando con detalle una lápida de mármol colocada a la derecha de la portada en la que se establece la antigüedad de la iglesia. Cuando Mercedes acabó de interpretar el significado de las figuras del frontal, reparó en la atención con que Pepa analizaba la losa de mármol y acercándose a ella le comentó:

- El texto de las lápidas… lo que pone en ella, no lo vas poder leer.

- ¿Por qué?- contestó Paca con una sonrisa picarona.

- Porque está en latín, una lengua muy antigua – explicó Mercedes a la que habíamos aleccionado previamente para que no entrara en honduras detallistas.

- Ni aunque estuviera en español , no ves que yo todavía no sé leer ...– añadió Paca que en aquellos días andaba aún peleando con la preescritura de la vocales- .. en lo que yo me estaba fijando era .....¡en el tiempo que hace que no limpian la lápida!

Pueden imaginarse el cachondeo general que se montó con una Paca imperturbable y la pobre Mercedes con los colores subidos mirándose la una a la otra sin saber si reírse o no.

Pero a Mercedes la admiraban mucho todas las alumnas de aquel inicial período. En otra charla, nuestra amiga explicaba al grupo que Cristóbal Colón pasó un tiempo largo por el Puerto y Sanlúcar de Barrameda , gestionando los detalles de su viaje y que algunos historiadores apócrifos aventuraban que además de la fama, D. Cristóbal pudo dejar aquí descendencia no reconocida por los anales de la historia. Nuestra Paca, originaria de Sanlúcar no tardó en reaccionar y dijo:

- Señorita, pues a mí en Sanlúcar me conocían, como a toda mi familia, por “ la colona” , ¿cree usted que seremos descendientes de ese hombre tan ilustre?

No crea nadie que Paca buscaba poner en evidencia, ridiculizar a Mercedes. Por el contrario ella era la capitana de su club de admiradoras reverentes, sobre todo por la sabiduría acumulada por nuestra amiga. Muestra de ello es que una vez que vino a darnos una charla sobre Alfonso X y la carta puebla que otorgó dicho monarca a nuestra ciudad, al salir de la clase oí como una amiga comentaba con Paca:

- ¡Hay que ver esa chica con lo joven que es y lo poquita cosa que parece, la de cosas que sabe!- decía la compañera.

- ¿Verdad que sí? - contestó Pepa muy segura de si misma y de lo que afirmaba- , pues seguro que no nos ha contado ni la mitad.

Diálogo, diálogo, diálogo.

Diálogo tierno inundando la escuela de confesiones íntimas, tiñendo el aire académico de complicidad, de sueños y anhelos, de fiestas de triunfos y abrazos curafracasos.

Diálogo rápido ,chispeante, ágil ,festonado de doble sentido, de palabras con dobladillo que dicen mucho más de lo que el estrecho diccionario les atribuye, que hacen estallar carcajadas o levantar olas de ira que se estrellas y se disipan contra la escollera del encerado.

Diálogo denso, lleno de palabras gordas que se descubren por primera vez, nombres, adjetivos y verbos que el maestro se empeña en que las pupilas fotografíen y las neuronas recuerden, pero que se esfuman de la memoria antes de que se apague el eco de su rumor en la clase donde se escucharon.

Diálogo bruto, vociferante, de caracteres que chocan, personalidades que se enfrentan marcando el territorio de la amistad y de los roles adquiridos, agitando la frágil línea entre la convivencia y la agresión.

Diálogo cuchicheante, cómplice, culpable, “por bajinis”, solidario, “...son cuarenta y cinco , borra ese siete y pon un cinco, cuidado que se da la vuelta Juan, ...” que hace inseparables a las compañeras , que falsifica la evaluación pero hace eternos los lazos de la amistad.

Diálogo ingenuo, despistado, que nos hace recordar la liviandad de las propias palabras que parecen elegir ellas mismas donde morar y donde rebotar para colocar fuera de juego a la más pintada.

Diálogo musical, cantado, dramático y cómico que busca deliberadamente la risa y la emoción en los momentos de ocio o en los lapsus más sorprendentes.

El diálogo imprescindible, inagotable, insustituible, insoportable, terrible, amable, imposible, memorable, sensible, saludable, apacible, intolerable, es la sintonía que hace horizontal la película de nuestro aprendizaje diario, y la banda sonora de este fragante Cardito de Puchero.

El regalo del maestro



Pepi se ha levantado la primera y con una seña de ojos y manos que ella cree imperceptible para mí, comunica al resto de la clase que no se levanten todavía , que tiene algo que debe comunicarles. Es toda una orden, una sugerencia dicha sin palabras que las nuevas no llegan a captar. No importa pues las compañeras más cercanas, ya veteranas de la conspiración, compinchadas por muchos años de escuela, frenaran disimuladamente su impulso por irse o su necesidad de preguntar. Calculan que saldré de clase un rato antes de empezar el segundo turno, para tomar un poco de aire o para traer del armario de la clase contigua los materiales necesarios. Esperaran esa breve pausa para conspirar en voz baja o para citarse en la puerta de la calle si el tiempo apremia. Colaboro fingiéndome ignorante y abandono el aula siguiendo los pasos del ritual.

En el grupo más tardío, Loli, la más decidida y experimentada, recorre cada uno de los pupitres dejando breves cuchicheos y secretas consignas que interrumpe cuando entro en clase o la diviso desde mi atalaya. Risas y miradas cómplices introducen la tarde en esta segunda función del teatro del disimulo convenido.

Tanto en uno como en otro grupo circulan listas con cruces y hay dineros que pasan clandestinamente de mano en mano, en silencio o con un lacónico “¡Luego hablamos!”.

Un evento “inesperado y sorpresivo”, a pesar que se repite año atrás año, se avecina según esos indicios inequívocos: mis alumnos andan preparando el regalo del maestro por Navidad o fin de curso.

Desde el principio de trabajar en Educación de Personas Adultas, este asunto de los regalos me mosqueaba un poco. Me recordaba a la antigua costumbre de “alimentar al maestro”, aquel uso rural de mantener al famélico enseñante a base de pagarle con viandas, a falta de unos dineros que el Ministerio mandaba tarde, poco y mal. Me olía un poco también a soborno, a compra de voluntades sobre todo en aquellos regalos individuales que llegaban cuando no estabas con todo el grupo, pretendiendo quizás dosis especiales de atención pedagógica.

Quizás exagere y no exista nada más incierto. Los regalos de nuestras alumnas puede que sólo sean un voluntarioso intento por equilibrar la balanza del afecto y la paciencia que , según ellas, los educadores volcamos en nuestra tarea diaria..

Una vez más ha sido inútil la repetida explicación de que la mejor forma de agradecer nuestro esfuerzo profesional es el interés y la ilusión que la infinita mayoría de las mujeres que asisten a nuestras clases vuelcan sobre nuestras propuestas de trabajo. Además del interés tiene que haber, según la mayoría, regalos materiales.

Sin embargo, pienso que esta costumbre de los regalos se ha institucionalizado demasiado y , muchas veces, es imposible distinguir cuando obedecen a un uso establecido y cuando a la necesidad sincera de expresar algún sentimiento positivo. De hecho, en la mayoría de la ocasiones, el regalo persiste incluso en los grupos en los que el profesor o la profesora es considerado, desde el punto de vista estudiantil, como un petardo. A veces incluso se establece una absurda y competitiva carrera entre algunos grupos para ver quien homenajea más y mejor a su tutor.

En contadas ocasiones ocurre que el regalo es oportuno y te demuestra ese cariño del grupo. A través de él, ves como, durante un tiempo, han tenido que moverse colectivamente e investigar lo que te gusta o aquello que necesitas.

A ese nivel recuerdo que durante muchos de los años iniciales, mis alumnas de la Casa de la Cultura , de Crevillet, el barrio donde yo vivía y trabajaba, me regalaban camisas y pantalones, dado mi carácter de “adán” desastrado en el tema de la vestimenta. No dudaban en preguntar en gestiones clandestinas con mis vecinas o mi madre , cuales eran mis tallas para acertar en la elección. Su gusto, como el de todas las madres, era dudoso pero su intención me parecía tierna . En otra oportunidad durante mi época viajera me regalaron una enorme bolsa amarilla que me acompañó, con sus cartas y sus recuerdos, a lo largo de mis aventuras por toda la geografía de la Tierra de Campos castellano- leonesa.

La primera vez que recibí una placa de mis alumnas me emocioné. Hubiera preferido que sus nombres estuvieran escritos con su propia caligrafía torpe y recién estrenada pero valiente y fresca. Sin embargo, ellas eligieron la reglamentaria letra del grabador y, para colmo, en el texto no aparecían todos los nombres de quienes componían el grupo sino solamente los de la gente que había pagado comanditariamente . Y es qué está claro que uno de los problemas de los regalos es ése, el económico. La gente que suele tener la iniciativa y la idea del regalo suele ser la que tiene medios económicos y la que establece la cantidad de dinero a poner en el escote. Normalmente tienden a pasarse en los precios. En la otra parte, la gente parada o con problemas económicos se siente cortada por no poder o no querer participar en la cuestación.

El año de aquella placa con ocho nombre en un grupo de quince, pasé la enorme vergüenza de recibir en el salón de mi casa, con mi madre de testigo obligado, a una de las alumnas excluidas que venía a darme un rosario de amargas quejas contra el resto del grupo y a regalarme, para demostrar su buena voluntad,...un par de zapatillas de paño.

Pero, a pesar de los pesares, ya he dicho que aquella primera placa fue además de accidentada muy especial, en lo positivo y en lo negativo, para mí. A partir de aquí se me hizo muy cuesta arriba seguir recibiendo más homenajes de orfebrería.

Como lo bautizó un amigo, entre el Carnaval y mis tareas pedagógicas, el protocolo dorado amenazaba con convertir mi salón en una “Tacita de Placas”, así que un día me negué a colgar ninguna más. Me daba cierto repeluzno que las paredes de mi casa parecieran un lateral del patio del camposanto municipal, repleto de nichos con epitafios repetidos:

“De tus alumnas del curso 94-95”

“Tus alumnos del curso 91-92, que no te olvidaran”

“La AA. VV. de Los Frailes por su colaboración en el Carnaval de 1993”

“Fuiste el mejor maestro para nosotras. Tus alumnas de la Casa de la Cultura”.

Solo faltarían entre tanta efusión literaria una corona de flores mustias, un jarrón con claveles de plástico y, sobre la puerta de mi casa, la leyenda que tantos años me inquietó y que figura en el arco de entrada del cementerio municipal: “Hodie me, cras tibi” (Hoy por mi , mañana por ti).

Más acierto tuvieron mis grupos del IES TEJADA el año que me regalaron un magnifico jamón de muchas jotas, justo en una época en la que Ester y yo íbamos de vegetarianos rabiosos por la nutrición y por la vida. En aquella ocasión, pese a su despiste, alabé su gesto: no me cabía duda de que en casa de mis padres y en Navidades sabrían dar una correcta utilidad a aquella generosa porción de “tocino de guarro de la pata de atrás y de la parte del culo”. Así que, durante unos años, la costumbre del jamón y de la botella de whisky, oportunamente alentada por mí, se instauró desterrando placas y solo se perdió hace poco cuando el alumno ,experto en “ tocino de guarro...” se dio , para mi infortunio, de baja en el Centro.

Pero, en general, he de decir sin que nadie se moleste, que cuando se salen del ramo de flores, los grupos grandes suelen ser escasamente acertados a la hora de elegir regalos para sus maestros. Me da la impresión de que manejan cantidades de dinero demasiado grandes y que luego pasan verdaderos apuros para ponerse de acuerdo en algún regalo de ese precio que además sea significativo o gustoso.

Una compañera veterana, harta de intentar sistemas para solucionar el problema y de recibir estatuillas de cristal más adecuadas a la decoración de las primeras películas de Almodóvar que de la vivienda de una familia normal o cuadros que se llevan a bocados con la decoración de todas las habitaciones, decidió un año hacer un propuesta original y atrevida a las alumnas:

- Quiero un abanico, no quiero otra cosa. Yo lo elijo, lo aparto – anunció decidida ante el atónito grupo en cuanto advirtió los primeros indicios de “regalitis”– y vosotras lo recogéis, lo envolvéis y me lo entregáis el día que queráis .Yo prometo poner cara de sorpresa. Así aseguramos que a mi me gusta y que vosotras quedáis satisfechas.

Dicho y hecho, el grupo, con pocas reticencias, aceptó la sorprendente pero pragmática propuesta.

Yo, aparte de motivar la continuidad de la idea del jamón, sobre todo al año siguiente en que abandonamos el sistema de nutrición naturista, nunca supe qué hacer con ese tema. Algunos cursos incluso llegué incluso a prohibir el regalo a mi clase dados los quebraderos de cabeza que me generaba pero, cuando llegaban las Navidades, mi prohibición era sistemáticamente ignorada en cuanto mis alumnas observaban los movimientos de recolectas de fondos de los alumnos de otros compañeros.

- ¿Por qué van ellas a hacer regalos y nosotras, no? – reclamaban todas creyendo la justicia de su lado.

Uno de los años que yo había reprimido el tema de los regalos se formó un follón mayúsculo cuando un grupo siguió mi norma y el otro la ignoró, apareciendo ante mí en la fiesta de fin de curso con un enorme ramo de flores que hizo enrojecer de vergüenza e ira al grupo de las sumisas. El grito lanzado por aquel coro de orgullos heridos se oyó hasta en la CEJA y poco faltó para que fueran a plantear en tema al inspector de Educación de Adultos. ¡A ellas, en materia de agradecimientos, felicitaciones y homenajes, no les ganaba nadie!

Con el paso del tiempo y el doloroso aprendizaje de la experiencia fui “conociendo” algunas cosas sobre el asunto y mi filosofía fue cristalizando en una serie de normas que a principios de curso leía a mis grupos como si se tratase del Estatuto de Autonomía o de la Constitución. Las alumnas recién incorporadas, al oírme hablar de homenajes, óbolos y tributos, me miraban con caras de haber visto un OVNI. “Pero, ¿ qué habla éste de regalos, quién piensa regalarle nada si llevamos dos días de clase?”. La veteranas asentían comentando el tema pero ellas y yo sabíamos que, llegado el momento, les costaría mucho a todas recordar y respetar los términos del acuerdo que acabamos de expresar.

La primera norma especificaba que no habría, en ningún caso, regalos individuales. El recuerdo del caso de “las zapatillas de paño” y de algún otro obsequio particular recibido me hacia erizar la piel al imaginar la perspectiva de veinte o más mujeres airadas compitiendo por hacerte regalos de madre a cual mejor, según un criterio estético con el que yo no solía coincidir en absoluto.

Puede parecer excesiva tanta precaución ante las muestras de cariño pero aseguro que hay que tener un cuidado especial con ellas cuando no son colectivas sino muy individuales.

Una vez en la clase hablábamos del “menudo”, una forma especial y nutritiva que tenemos de preparar los callos con garbanzos en algunas zonas de Andalucía. Cada una de las tertulianas comentaba lo que le ponía, donde compraba los ingredientes, el tiempo de cocción e incluso la aceptación que tenía entre sus familiares. Yo me limitaba a asentir y a declararme cofrade de la hermandad de los “rebañaores de la olla” pues hasta ahí llegaba mi relación culinaria con dicho plato. Milagros, una alumna de toda la vida, tras jactarse con ese tono humilde y seguro que a veces adoptaba, de lo bien que hacía tal guiso y, como quién no quiere la cosa, se comprometió a traerme un poco la próxima vez que lo preparara. Una semana más tarde, cuando ya no recordaba su promesa, apareció con una fiambrera y en su interior una generosa ración de “menudo” que yo alabé, parece ser que, demasiado.

Durante la semana siguiente, ya que la caja de Pandora de los guisos se había abierta, desfilaron por la clase todo tipo de tuperwares con platos a cual más exquisito en un improvisado certamen de cocina escolar en el que todas se sentían con derecho y deber de participar y que tenía por juez el estómago agradecido de su profesor.

Intenté reconvertir aquel interminable desfile culinario en una muestra gastronómica colectiva donde cada cual, incluido yo, aportara una receta virtual o real que los demás elaboraríamos, degustaríamos o imaginaríamos pero aquel proyecto naufragó entre pucheros. Cuando la última aportación culinaria pasó por mis manos – más bien por mi cuchara y mis tripas - , Milagros amenazó con iniciar otra ronda, una segunda edición de la olimpiada del colesterol, con su exquisito “Rabo de Toro”. Yo vi llegado el momento de intervenir y cortar por lo sano muy a pesar del glotón goloso que soy, poniendo serio, negándome a que una sola "delicatessen" más apareciera por la clase en un respetable plazo.

Un fenómeno similar a éste, ocurre en las comidas de las excursiones y de los días de campo. Creo que nos ocurre con más frecuencia a los maestros que a nuestras colegas femeninas pero no me atrevería a decir que es un fenómeno sexual. Creo que nuestras alumnas, al igual que nuestras madres, nos consideran eternamente desnutridos y de ahí su interés por atraerte hacia su mesa. Si el ingenuo maestro se atreve a atravesar el límite superior de una fiambrera para aceptar la invitación a un filetito empanado o un trozo de tortilla, se verá obligado a repetir ese gesto una docena o más de veces en cada uno de los recipientes que el resto de sus alumnas plantaran inmisericordes ante sus narices, cortando cualquier intento de retirada. De lo contrario, si el anoréxico imaginario es capaz de rehusar cualquiera de los enésimos ofrecimientos que seguirán al malhadado picoteo inicial, deberá afrontar un rosario de invectivas, indirectas y malas caras.

- ¿Por qué no comes de mi fiambrera? ¿acaso te caigo mal?, ¿tengo yo menos derecho que las demás? - parecerá que dicen más de una decena de rostros airados.

Así continuará el día entre invitaciones y reclamaciones hasta que el profesor , aun a riesgo de desequilibrar definitivamente su balanza nutricional, baje las orejas y acepte comer una docena de tacos de tortilla, , un número indeterminado pero elevado de rodajas de choped y chorizo, equis porciones de queso y carne mechada y regarlo con quince vasos de vino de distinta y generosa graduación , con vasos y vasos de cervezas y refrescos de distintas temperaturas , rematados con un amplio surtido de bizcochos “milsabores”.

Quizás estas penitencias alimenticias tan exageradamente descritas vayan con el sueldo y tengan por objeto escarmentar a los ingenuos que no se doten de un reglamento como el que yo les continúo planteando.

En su segundo punto, la normativa de regalos, planteaba a mis pequeñas comunidades docentes la limitación del número de regalos a uno por curso. Según la dinámica adquirida había grupos que acostumbraban a regalar por Navidad, por el día del Maestro, por el cumpleaños o el santo, y, en último lugar, por el fin de curso. No es fantasioso sugerir que algunas, compulsivas afectas de la orden de Santa Obsequia, patrona del papel de envolver, se quedaban con las ganas de regalar también el día de los Enamorados o el día de la Madre.

Así pues, en los casos más extremos, era imperativo poner límites en el número de regalos y yo comentaba muy serio al grupo que se limitaran a hacer, como máximo, uno en el curso. Casi todos los grupos escogían las Navidades por ser esa época más propicia para manifestar la afectividad a través del cruce de obsequios, pero la mayoría sentía la tentación de reincidir cuando llegaba el fin de curso y había que ponerse muy serio para que esto no ocurriera.

Que no fuera un regalo caro, que fuera un simple detalle, era la tercera de las normas propuestas, aún más ignorada que las demás. A mis discípulas les parecía indigno recoger menos de quinientas pesetas por cabeza. En algunas ocasiones, dado el alto número de alumnos participantes, el total recaudado ascendía a quince o veinte mil pesetas con las que luego no sabían que hacer. Por culpa del exceso de liquidez financiera, el regalo del maestro se convertía en una cesta de Navidad de éstas que rifan en las peñas y tenía un contenido parecido al de aquéllas, de lo más variopinto:

1 Caja de selección de variedades de mazapan.

1 Chorizo Cular de la Sierra de Béjar

2 CD de “Villancicos Flamencos”.

1 Gitanilla de Bronce.

1 Centro de Mesa de flores secas.

4 Ceniceros a juego con la caja de mazapanes.

2 Botellas de Cava Semidulce.

Y es que quince mil pesetas, administradas por treinta master en economía doméstica, artistas del fin de mes apurado y del presupuesto crónicamente deficitario, dan de sí una barbaridad.

La última de las normas era más bien una invitación a que, por favor, se pusieran de acuerdo los dos grupos que yo tutorizaba , a la hora de elegir , comprar los regalos y, sobre todo, en el momento de entregarlos. Quería yo evitar tener celebrar dos meriendas en la misma tarde y duplicar, por tanto, el número de ceremonias.

Quizás fuera esta última recomendación la que, en la práctica, les resultara más difícil de organizar y por tanto de asumir en su totalidad. Desde hace años mis grupos se distinguen además de por el horario, por tener niveles instrumentales, edades y gustos, en general, muy diferentes.

Durante un par de años la cooperación funcionó bien quizás por que la relación entre las delegadas a tal efecto era buena. Una vez incluso salieron ambos grupos juntos , en masa, con la lista de la compra y creo que ese año acertaron al regalarme un pequeño reloj con cadenita porque habían observado la alergia que me provoca llevar relojes de pulsera. También fue buena la colaboración en la época añorada del jamón y el whisky.

El curso pasado cambiaron las encargadas de ponerse de acuerdo y hubo más dificultades de las previstas para determinar el importe del escote y el regalo a elegir. Por pequeños detalles observados ya venía yo intuyendo que, ese curso se separaban las intenciones. Los regalos se suelen entregar en una merienda que hacemos el último día lectivo del año, aproximadamente allá por el 22 ó 23 de diciembre. Cada profesor une a sus grupos alrededor de una mesa que se puebla de bizcochos, pestiños y otras delicias navideñas. Cuando acaba el rito por clases nos unimos todos los grupos del Centro para cantar y bailar.

Así pues tras la obligatoria degustación de seis o más tipos de pestiños y la primera copa de anís colectiva, tomó la palabra Pepi, la delegada del primer grupo:

- Juan, nosotras sabemos que te gusta que nos pongamos de acuerdo con el otro grupo para hacerte el regalo de Navidad. Otros años - añadió, nerviosa como un conductor novel pero superando su característico azoramiento- lo hicimos de esa manera pero en esta ocasión, no hemos conseguido ponernos de acuerdo.

Hubo un cruce de miradas de reproche entre unas y otras pero todas sabían que no era momento de contar, ni justificar el porqué de la desavenencia. Probablemente, pensaba yo, no conseguirían ponerse de acuerdo ni siquiera en por qué no se habían puesto de acuerdo.

- Así que… - continuó Pepi, atajando para salir del atolladero en el que voluntariamente se metía cada año – éste es el regalo del primer grupo.

De no sé donde aparecieron tres paquetes delante de mí, sobre la mesa, envueltos en el clásico papel azul con rayas rojas.

-Gracias, gracias, yo.....- dije, cortando la frase. En otras ocasiones suelo añadir muchas tonterías para animar el cotarro pero dado lo tenso del ambiente prefería no hacer bromas para no poner más leña en el fuego de la discordia.

Tomé el más grande de los tres y empecé a desgarrar el papel adhesivo que sujetaba su envoltorio. Las dimensiones, el peso y el ruido que hacía al agitarlo suavemente, unido a quince años de experiencia en regalos escolares navideños, ya me adelantaban su contenido muy socorrido en aquellas fechas.

- ¡Una caja de bombones! – exclamé no sin cierta dosis de teatralidad.

Era eso, una “gran” caja de bombones, tamaño familiar de esas que se regalan cuando alguien tiene sextillizos o cuando se prepara una fiesta para mil personas. Pensé, visto lo visto, en mi familia, en la Nochebuena familiar, esperando el jamón de Pascua que yo llevaba unos años aportando y recibiendo de mí, en cambio, esa enorme “bombonada”. Bueno, me dije, habremos perdido los entremeses pero hemos ganado un postre apetitoso.

Volví de mis pensamientos cínicos para abrir el segundo regalo que me ofrecían. Tras desgarrar el papel blaugrana me encontré con una selección de tres marcas de vinos de la tierra, manzanillas para más detalles. “¡Que bien, – pensé – éstas también caerán en la cena familiar del día veinticuatro!”.

El tercer paquete, más pequeño que los demás, contenía un CD de Luz Casal y al lo, volví los ojos un momento hacia los cuarteles del segundo grupo cuyo nivel de enojo parecía haber subido muchos enteros durante la entrega de los regalos del primero.

Cuando Loli, la portavoz de la otra clase se acercó con los dos regalos correspondientes, tuve una primera y negativa intuición. También ella quiso articular unas palabras de disculpa pero se lió mucho y me dijo que abriera ya los regalos:

- Pero antes, ¡ te juro – añadió precipitadamente , interrumpiendo mi labor sin que yo supiera a ciencia cierta de donde venía tanta turbación- que yo no sabía nada de nada!.

Cuando me entregó los paquetes pude adivinar la cualidad y la magnitud de los acontecimientos que se avecinaban. Eran, como ya he dicho, dos paquetes envueltos en un papel que sólo se distinguía del anterior en que en éste las bandas eran azules sobre fondo rojo. Su aspecto, tamaño, tacto y sonido me generaban una impresión conocida.

El primero resultó ser otra enorme caja de bombones del mismo tamaño y marca que la primera y el segundo obsequio, completando la paradoja, se trataba de otro estuche con la misma selección de vinos que había recibido momentos antes. Estuve tentado de hacer una broma y preguntar donde estaba el segundo disco de Luz pero juzgué que el horno de la convivencia no estaba en ese momento para bollos provocativos.

La casualidad, que no entiende de hornos ni de provocaciones, les había devuelto la pelota, enfrentándolas de nuevo con la cuestión de que “lo que no se intenta con ganas nunca se logra” y nos demostraba que habían tenido el acuerdo en su mente todo el tiempo pero no quisieron o no supieron plasmarlo.

Todas intentaban con comentarios directos o sibilinos mensajes, excusarse ante mí pero yo, alucinado con la paradoja, no culpaba a nadie ni aceptaba incriminaciones. Sólo intentaba extraer la lección que el destino me había puesto en las narices. No suceden cosas así de sorprendentes para que se pierdan en la simplonería ni para que las tapemos con excusas personales sino para darnos la posibilidad de aprender, crecer y hacernos mejores.

Unas palmas y unos villancicos bastaron para deshacer la tensión que flotaba en el aire como contaminación de los corazones. Ese año, apenas un par días después, en mi cena familiar de Nochebuena no faltaron ni el vino ni el chocolate aunque el suministro de jamón saliera de nuestro peculio.

Y yo, guardian reciclador de anécdotas escolares, conservé esta historia como se guarda el papel de regalo para usarlo en próximas ocasiones. En el fondo espero, que todos y todas aprendiéramos algo sobre el consenso necesario para la convivencia y la vida, en esa perla, en esa moraleja del azar, el mejor regalo de Navidad que nos dejó la suerte en forma de coincidencia perpleja.

L@s maestro@s somos de Venus y nuestr@s alumn@s de Marte, por lo menos.




Si en un estudio estadístico destinado a mejorar el lesionado autoconcepto de los enseñantes , preguntáramos a cien, a mil, a un millón de alumnas de Educación de Personas adultas sobre el valor que más destacarían en sus maestras o maestros, no me cabe la menor duda que el primer puesto de ese catálogo de dones con el que, según ellas, la providencia nos ha dotado, lo ocuparía la paciencia , la “pacencia” , siempre según la opinión y la particular dicción de nuestras sufrientes escolares.

Dentro del gremio habría quienes serían investidos con el atributo de la simpatía a raudales mientras otros serían calificados como más bien parcos en bromas y chistes; en muchos se destacaría el buen hacer profesional, la claridad en la explicaciones, en ese rumiar los conocimientos más variados hasta hacerlos sumamente digeribles para los estómagos especialmente poco acostumbrados a festines culturales; en otros, el valor más especifico sería el saber, la cantidad de conocimiento acumulado por el paso de los años. La ecuanimidad, la ilusión y otros valores positivos aparecerían sin duda en ese catálogo de virtudes pedagógicas atribuidas del que los defectos estarían desterrados, pero, repito que la paciencia ocuparía el cenit de la escala.

Según el subjetivo parecer de nuestras alumnas, los maestros debimos recibir , junto con el primer nombramiento para trabajar en adultos, un escapulario del Santo Job y en ese acto, el espíritu del sagrado cronista , mártir de la paciencia, nos impregnó hasta el punto de hacernos especialmente capaces para aguantar “ carros y carretas” de disparates docentes. Quiero imaginarme a todos los educadores de adultos, de rodillas en sus salas de profesores en actitud de humilde recogimiento recibiendo una brillante lengua de fuego del mismo Espíritu Santo en un imaginario Pentecostés docente, mientras una voz celestial anuncia: “¡Sea con vosotros el don de la paciencia!”.

Es inútil que nos esforcemos en contestar que la paciencia es algo que va con el perfil profesional requerido para la educación. Un maestro impaciente es algo tan trágico como un ATS, un DUE como se dice ahora, que se desmayara ante la visión de la sangre o un inspector fiscal con aversión a las matemáticas. Pero...¡ no hay manera!. Nuestra “pacencia”, según ellas, es tan mitológica como la que tuvo Penélope esperando al desorientado Ulises en un continuo frenesí textil, no tiene parangón. No admiten que sea un atributo profesional sino , como he dicho, están seguras de que es un ungimiento divino que no está pagado por ningún complemento específico ni sexenio gratificador.

Desde luego que no vendría mal que en la Facultad de Ciencias de la Educación, durante la formación inicial del profesorado o en los CEP se impartieran cursos y seminarios relativos a esta cuestión. Podría haber un seminario llamado “Unicidad y diversidad de los ritmos de aprendizaje” en el que aprender que no todo el mundo necesita el mismo tiempo para aprender, por ejemplo, las tablas del 7 y el 9, el abecedario o que antes de p y b se escribe m.

Otro curso de gran valor sería “Pedagogía Zen” en el que aprenderíamos a cultivar el desapego entre nuestras grandes metas y los resultados conseguidos, así como técnicas de control de la respiración para aliviar el estrés docente. Un master sobre “La didáctica en las enseñanzas de Gauthama Buda” sería quizás más valioso para abordar deteminados aspectos de la práctica diaria de la docencia que las decenas de horas que en su día dedicamos a memorizar los manuales de “Didáctica General”.

Y digo yo, volviendo al tema principal que nos ocupa, la flema de los maestros, que de todo habrá. Al menos en la relación entre nosotros doy fe de que algunos perdemos los nervios con facilidad antes los primeros escollos verbales de la navegación dialéctica. Quizás la presencia clandestina de nuestras admiradoras en algunos claustros y reuniones de equipo docente actuara de eficaz vacuna ante su unívoca percepción. También puede ser, aventuro, que “el halo de pacientud” que se nos atribuye, no sea algo permanente en los educadores sino que se reciba diariamente, apenas cinco minutos antes de empezar las clases, y que ,posteriormente, se disipa una vez se abandona el lugar docente. Durante las cinco horas lectivas de cada día, maestras y maestros entraríamos en “estado de santidad” quizás provocado por el polvillo de la tiza o el fragante cóctel de aguas de colonia que ameniza el comienzo de cada nueva clase. Se trataría de una especie de “éxtasis docente” que multiplicaría por infinito nuestra capacidad para sobrellevar los errores y nuestra habilidad para descubrir mil nuevas formas de explicar los conceptos más intrincados de la lectoescritura y el cálculo. Al menos, perdón por la fabulación, así parece que nos imaginan, en su bondad, la mayoría de nuestras soportadoras.

Dicen los entendidos que la vida no es como es, sino como se percibe y que la percepción, ese instrumento tan vital y tan desconocido, es terriblemente selectiva y subjetiva. Así debe ser y esta claro que nuestras alumnas renuncian a retener la percepción cuando estamos airados, perdemos los nervios, reaccionamos de manera colérica o simplemente somos, en ocasiones, maleducados. Su memoria guarda esos momentos difíciles en cajones polvorientos de los que la imagen negativa del maestro “al borde de un ataque de nervios” raramente saldrá a la hora de evaluar su labor docente.

En el fondo creo que la explicación de esas “gafas rosas” que voluntariamente se ponen a la hora de juzgarnos, además de en su bondad, está, en muchas ocasiones, en su propia experiencia vital. Han encontrado a lo largo de su vida tan poca comprensión en su entorno más cercano, tan poca gente que la escuche que cuando alguien, el maestro, lo hace durante un rato, guardan agradecidas esa imagen en su memoria y no quieren contaminarla con momentos duros.

Quizás no sepan leer nuestras emociones. No es un problema exclusivo de ellas. La mayoría de los seres humanos tenemos un déficit de comprensión emotiva, somos, a ese nivel, analfabetos emocionales. Leemos con dificultad las sensaciones propias confundiendo la ansiedad con el hambre y la desazón con el frío. Comemos cuando nos sentimos inquietos y en vez de buscar la causa de nuestra intranquilidad añadimos gramos a nuestra reserva adiposa. Aun mas errónea puede ser la lectura e interpretación que hacemos de las emociones ajenas.

Además, puede ser que la faceta de cómico, de actor, que hay dentro de cada docente esté hiperdesarrollada en los educadores de adultos y que al obligarnos a trabajar con una máscara tan gruesa impida a nuestras alumnas percibir nuestras emociones personales negativas.

Yo no me considero especialmente en paciente en clase. Al menos, estoy seguro que cuando empecé en esto lo era mucho más que hoy. El optimismo pedagógico me inundaba y estaba, lo reconozco, mucho más enamorado de la Educación de Adultos de lo que pueda estarlo en la actualidad. Con el paso de los años me he vuelto mucho más cascarrabias aunque también he encontrado los instrumentos, la meditación sobre todo, para intentar controlar los ataques de cólera que me producen mis propias frustraciones docentes.

Durante un tiempo, mis accesos de furia fueron tan frecuentes que tuve que imponerme castigos a mi mismo, ¡qué nadie se ría!, para controlar tan negativa conducta. Normalmente era frustración lo que sentía ante los escasos avances que obtenía con los alumnos de los niveles más bajos. Empezaba las clases con templanza pero perdía los estribos cuando se me agotaban los recursos didácticos y no obtenía los resultados esperados. Entonces subía el tono de la voz y reñía, desaforado, a mis pobres y desconcertadas alumnas que, tocadas de los nervios, obtenían aun peores resultados, formando entre todos una agitada pescadilla docente que se mordía la cola para volver a empezar. Yo terminaba las clases agotado y ellas, hechas un flan.

Desde la frialdad de la distancia, cuando estaba programando o meditando en casa, me daba cuenta que esa tremendista estrategia sólo podía llevarme, a mí, a la úlcera de estómago y, a ellas, al abandono del centro. Sin embargo al volver a clase repetía el mismo esquema sin que ninguna buena intención previa lo remediara.

Una teoría terapéutica, que yo llamo del masoquismo conductista, propone convertir en físicos los dolores “psíquicos”. Por ejemplo, se trataría de clavarse una uña cada vez que un pensamiento negativo asalte las posiciones de nuestra autoestima para, de esa dolorosa forma, ahuyentar los auto juicios nefastos. Yo me propuse una solución cercana a esa escuela para atajar el problema de la ira que sentía. Para ello, siempre llevaba en el bolsillo de la camisa o del pantalón, un rotulador rojo grueso de esos con los que los modernos “grafitters” decoran, con gusto y arte diverso, trenes y autobuses. Cada vez que notaba que perdía los nervios, que la irritación iba ganado lugares, me daba un “tajo” de grueso rotulador rojo en el dorso de la mano. Además, cada vez que alguien preguntaba por aquellas “heridas de tinta” tan vistosas, debía humildemente confesar mi antipedagógico superávit de bilis, a modo de penitencia. El sólo hecho de verme continuamente roja la mano, ¡aquella tinta era tan difícil de limpiar! , me hacía permanecer atento a aquel problema.

La estrategia, sumada a otras, dio resultado y me convenció de la necesidad de “firmar una tregua” con mis propias expectativas, dando tranquilidad a mi relación con las aprendizas de escribas.

Sin embargo, a pesar de aquella época de negras nubes de frustración y de rojo cilicio didáctico, las perjudicadas que sobrevivieron siguen alabando mi paciencia como si fuera un regalo del cielo.

Por eso parafraseando, fusilando el título de un famoso libro de autoayuda,”Las mujeres son de Venus, los hombres son de Marte” he llegado a la conclusión de que, en el terreno de las percepciones, nuestras alumnas son como alienígenas venusianos mientras que nosotros, los profesores, resultamos ser de del planeta rojo de los canales. Venimos de mundo diferentes, con desiguales lenguajes y distintos colores en los cristales de ver la vida y las cosas que pasan en clase.

Si no, que se lo pregunten a mi alumna Josefa:

Josefa era la campanilla de la clase. Gitana como una bulería, morena , bajita y graciosa ,se incorporó a la clase hace apenas un par de años pero, tras unas semanas de adaptación , se hizo totalmente al grupo y éste la acogió de tal manera que hoy, en las raras ocasiones en las que falta o viene seria “como un guardia civil” , el ambiente de la clase cambia y todo el mundo , profesor y alumnas, se siente menos cómodo.

Lee bien, escribe mucho y aunque las faltas de ortografía salpican sus textos, pone en la escritura la misma gracia que en sus palabras:

Carmen, amiga mía

te quisiera regalar

pasteles de La Campana

pero como está tan lejos

te quedarás con las ganas

Hace poco que descubrió la poesía. Animada por el ejemplo de otras alumnas, se tiró a la piscina de las musas y nos sorprendió al captar con fulgurante rapidez el escondido mecanismo de los versos y las rimas, intuyendo, de la noche a la mañana, las mágicas fórmulas que convierten en canto las palabras. Se dio cuenta de su poder de alquimia trovadora y saltó por encima de la semántica, la sintaxis y la ortografía con la licencia que da la satisfacción por cada almena, cada cuarteta construida. Desde entonces, recibo periódicamente su agradable bombardeo lírico. “Me aburro mucho y, por las noches, escribo mis pamplinas”. Así me dice cada semana cuando se presenta con un nuevo papelito rebosante de versos sobre el amor, la clase, sobre si misma o sobre sus amigas. Yo guardo estos papeles con la ilusión de publicar un día su poemario novel como homenaje a su trabajo, como aceite facilitador del parto de un millar de alquimistas que esperan su oportunidad desde un pupitre.

Sin embargo, Josefa tiene una cruz en las actividades docentes. Su cara, normalmente sonriente y confiada, cambia cuando nos internamos por el laberinto de la comunicación matemática, cuando hacemos “las cuentas” como las llama ella.

Venga Josefa,

hazme una cuenta de sumar,

Y yo digo para mí

Pero ..¿dónde vas, tío?

¿te crees que voy a ser la secretaria

de Aznar?

Pese a sus miedos, ella, “progresa adecuadamente”, es decir, poco a poco se afirma en el uso práctico de las operaciones. Josefa llegó, como casi todas sus compañeras, sabiendo apenas sumar y restar con los dedos pero con una intuición y unas destrezas escondidas y sorprendentes que le permiten hacer los cálculos cotidianos más complicados.

Intenté mil veces explicarle que lo que yo pretendo, que lo que pretende en general el curriculum de la Educación de Personas Adultas, es transformar todo ese tejemaneje de dedos que se traía por operaciones escritas o mentales claras y rápidas, pero lo cierto es que Josefa se descomponía, literalmente, ante una cuenta en la pizarra o en el cuaderno y perdía hasta la sonrisa entre los clavos de las tablas de multiplicar.

Parte de ese miedo quizás se lo deba a una de “mis escenitas”, ocurrida cuando Pepa llevaba pocos días en el Centro.

Los primeros días de cada alumna son especiales, mágicos y de ellos depende la mayor parte del éxito que pueda tener respecto al cumplimiento de los propios objetivos.

Lo más probable es que le haya costado mucho tomar la decisión de venir y que , todavía, apenas tenga claro el porqué personal de este tardío regreso o de esta primera incorporación a una escuela. Quizás haya sido decisivo el empujón de una amiga que ya acude al centro o el consejo de un médico. A veces su decisión es el fruto madurado de un proceso personal, un reto nuevo a afrontar.

De una manera u otra, las inseguridades, los miedos, las ansias, todo se mezcla en el puchero de las primeras impresiones: “¿Cómo será el maestro? ¿Se reirán de mí? ¿ Habrá gente conocida?” . Los primeros días, las primeras palabras, suelen enganchar pero, en otras ocasiones, la bienvenida, los gestos iniciales, producen rechazos y hábitos negativos.

Por lo general el profesor está alerta ante estas situaciones, sobre todo al principio de curso, cuando se despliega toda una batería de actividades con la intención de crear un ambiente de trabajo agradable. Sin embargo, y así me ocurrió con Josefa, cuando la incorporación se produce a mediados de curso es fácil olvidar la situación emocional de la alumna novata.

Cuando la alumna llega nueva y sola a clase, suelo colocarla en una de las puntas de la democrática “U “que forman las mesas. De esta manera, al estar mas cerca de mi lugar en la clase que suele ser entre los extremos de la vocal citada, me es más fácil diagnosticar su nivel, sus carencias y sus habilidades así como dedicarle más tiempo a hacer cómoda su incorporación. Por otro lado, la colocación en “U” permite vernos continuamente las caras y facilita el proceso de reconocimiento físico.

Josefa vino acompañada por Rosa y Carmen y ocupó desde el principio una mesa junto a ellas. El hecho de tener amigas en la clase unido a su desparpajo natural, a su capacidad para relacionarse de manera agradable con todo el mundo, me hicieron olvidar pronto su condición de recién llegada y tratarla como si llevara allí toda la vida.

En ese contexto ocurrió un día que yo explicaba la resta en la pizarra que le tocó a Pepa responder a mis preguntas. Utilizando la mayéutica socrática, (el método que utilizaba el filósofo griego para extraer la verdad de las preguntas y las respuestas que realizaba y recibía de sus discípulos) pretendía favorecer la construcción del conocimiento necesario para edificar el edificio de la sustracción.

En el minuendo , -¡ejem! , la parte de arriba - , había escrito yo “928” en números gigantes para facilitar su visón desde cualquier punto de la incorrectamente iluminada clase. En la parte de abajo, -¡ ejem!, el sustrayendo - había colocado en el mismo colosal tamaño la cifra “103” , con el objeto de explicar el perverso efecto del cero en esta operación matemática.

928

-103

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Cada vez que tengo que explicar el papelote que juega el cero en cualquier operación matemática – ¡incordiar, incordiar y nada más que incordiar! - me explico porque los romanos, amantes del hedonismo cultural, se negaron a incluir tan esperpéntico valor en su sistema de numeración. Gracias a ello, la humanidad vivió feliz, matemáticamente hablando, durante unos siglos, el tiempo que tardaron los árabes en venir a solucionar tan maravilloso desperfecto incluyendo, para desgracia de Pepa, el numero en cuestión en nuestro “cerundostresario” [ ¡Que si, que ya lo sé! Esta palabra, en puridad, no existe pero me la apunto yo como invención. Si existe abecedario como expresión para designar al rosario de las letras, ¿por que no se me admite “cerundostresario...” como término adecuado para representar el conjunto de cifras conocidas? Hago constar aquí que si algún día la Real Academia de la Lengua lo acepta exigiré derechos de autor]

Empezada la operación, sustraer 3 de 8 no significó para la investigadora, mayores problemas:

- Si tengo ocho y me gasto tres, me quedarán.... – dijo Pepa con seguridad y , tras hacer un pequeño movimiento de dedo contra la mesa, afirmó- ..... ¡ cinco!.

- Efectivamente confirmé yo, señalando a la vez el paso siguiente a una Pepa confiada por el éxito inicial.

- Si de dos me gasto cero me quedan....- y ahora si que dudó antes de concluir -.....¿uno?

- ¿Uno? -repetí yo torciendo socarronamente el gesto

- No, uno no.- se apresuró a corregir la sufridora.- Me quedaran....¿cero?

- ¿¡Ceroooooo!!!!???? - volví a interrogar manifestando un cierto sentimiento de impaciencia e inutilidad

- ¿Tampoco? ¿Tres? ¿Una? ¿Dos? ¿Cero? - respondió Pepa, que atacada ya de nervios había perdido la concentración y recitaba números como si cantara.

[Inciso necesario.- Veamos, amigos y amigas lectoras: la respuesta acertada era “dos” . Pepa, cierto es, la mencionó alguna vez pero dentro de un apresurado rosario aleatorio con el que sólo pretendía salir del apuro en el que su siniestro maestro la había metido. El mefistofélico profesor, es decir yo, sabía que para que diera correctamente la repuesta era necesario que previamente , descubriera que el valor de cero era “nada” y que al sustraer “ nada “ de cualquier cantidad el resultado era la cantidad inicial ¿Entendido?.]

Respiré y volví a hacer de Sócrates, el preguntón:

- ¿Qué hay aquí, Pepa? – dije señalando el lugar que ocupaba el cero en el sustrayendo.

- Un cero, Juan, yo veo un cero- me juraba quitándose las gafas “del cerca “ y poniéndose las “ del lejos” y luego a la viceversa ,en una frenética y mareante danza de antiparras , para asegurarse de que la vista no le estaba jugando una mala pasada.

- De acuerdo, un cero, pero ¿qué cantidad hay aquí? - dije yo reformulando la pregunta y marcando con acento diferente y gesto cómplice en el resto de la cara, la palabra “cantidad.” .

- Yo veo un cero, Juan, un cero mondo, redondo y lirondo - repitió sin advertir el sutil matiz de la nueva pregunta.

- Pero, Pepa, ¿qué cantidad, cuanto dinero es esto que yo te señalo con el dedo? – machacaba yo el oído de mi discípula mientras golpeaba una y otra vez con el dedo índice sobre el centro geométrico del circular grafismo numérico.

- ¡Un cero, Juan, te juro, por lo que tú quieras que nada más que veo un cero!

Pepa estaba sensiblemente alterada y yo comencé, una vez más, a engancharme en la nefasta dinámica de la pescadilla por culpa de la frustración de no saber comunicar algo tan simple, no conseguir que Pepa verbalizara, de “motu propio” la identidad entre el concepto “cero” y el valor “nada”.

- Josefa., escúchame con las orejas, lo que yo te pregunto es : Esto que estas viendo ....¿qué es? – volviendo a machacar con el índice aquel maldito guarismo inútil y vacío.

Mi dedo, blanco de tiza y rojo de haber ejercido de martillo durante demasiado rato se convirtió en el protagonista mientras continuaba su tamborileo rítmico, centrando la mirada de una asustada Josefa , en el ojo del huracán, y del resto de la clase que rezaba para no ser consultada al respecto.

- Un cero, Juan, te juro por mi mare que yo no veo mas que un cero, un cero , un cero y.... - de pronto se le iluminó la cara como si en su cerebro se hubiera encendido la luz de “Eureka” , como si de repente hubiese comprendido el demoníaco misterio, el motivo de mi irritación en crescendo- un cero y.....¡¡ un deo!!! , eso es, un cero y un deo, el deo tuyo, claro, mira que soy bruta.

La carcajada fue general, escandalosa. La tensión se disipó en el ambiente y nos reímos hasta llorar. Todavía hoy, aunque aun nos seguimos equivocando al operar con el cero dichoso, recordar aquella tarde nos provoca muchas risas colectivas.

Donde yo veía “nada” , Josefa sólo llego a percibir , tras un largo de angustia intelectual, “¡un cero y un deo!” y , si el buen humor del grupo no hubiera dinamitado la escena, aun seguiríamos enganchados en el desencuentro de dos percepciones distintas , una en el papel de sabio dominante y la otra en el modesto rol de alumna inculta, sumisa y , quizás, miope.

Como decíamos al principio, ellas ven dones divinos donde nosotros sólo vemos profesionalidad y “deos” donde ponemos ceros. Nuestras maneras de percibir son diferentes. La nuestra es profesional, entrenada por años de quemar pupilas en libros y de repetir lecciones aprendidas en otra escuela; la de ellas es mucho más práctica, pegada al suelo, más capaz de ver lo que hay donde nosotros apreciamos lo que debería haber.

¿Incompatibles? ¡No!. ¿Opuestas? ¡Tampoco!. La Educación de Personas Adultas, sigamos con la metáfora del título que copié, es una renqueante nave espacial donde marcianos y venusinas nos embarcamos para juntos colonizar todo un universo de cultura y experiencias vitales. A fuerza de navegar juntos muchos cursos a la velocidad de la luz escolar (trescientas mil ilusiones por segundo), de naufragar en muchas ocasiones, y de alcanzar no sólo las grandes estrellas sino también los diminutos asteroides, terminamos por querernos y comprendernos a pesar de que ellas tengan un par de sinuosas antenas azules y nosotros una sola y carnosa trompetilla roja.

VERSOS PUPITRICOS. Chocholandia.






El segundo epígrafe que he elegido para este nuevo episodio de la serie de mis recuerdos escolares , sección “ Cuando el maestro era yo” , puede provocar rechazo o escándalo, así, de entrada, en alguna persona que prefiera la castidad en las palabras antes que el fiel relato de aquellos acontecimientos. En realidad me hubiera gustado que fuera ése el único título pero me daba cierto miedo ponerlo en letras grandes. Pero la verdad es , amiga o amigo lector, que fue esa ordinaria, machista y grosera expresión y no otra , lo primero que mi sexto sentido , la ironía, pusó en mis labios cuando terminé de hojear las treinta y cinco fichas correspondientes al grupo que me había sido asignado para ejercer mis labores docentes de ese año. ¿Por qué?. No lo sé. Quizás la lectura de lo que viene a continuación nos ayude a entenderlo.

Era el segundo curso en el que ejercía oficialmente de coordinador del Centro aunque, en la práctica, venía desarrollando dichas funciones casi desde que iniciamos nuestra andadura hacía ya casi una década. Uno de mis principales defectos del que, afortunadamente , el tiempo me va curando , es no saber estar en un colectivo del tipo que sea sin asumir la máxima responsabilidad, sin trepar hacia la cima del poder con la demoledora estrategia de acaparar el triple de trabajo que los demás. Yo era, en los tiempos que nos ocupan, un torbellino de frenética actividad social. Mis relaciones personales funcionaban poco y mal y ello me permitía, me empujaba a tomar las riendas de todos los cotarros en los que participaba. Así me pasó con el Centro de Adultos entre otras mil faenas. Mientras mis compañeros cultivaban a la vez su vida familiar y su profesión, yo me dediqué a esta labor en cuerpo y alma arrastrándolos de vez en cuando en una dinámica de ceguera activista con altos costes para sus vidas personales.

Un curso antes nos habían autorizado desde la Delegación de Educación, tras años de insistencia, para que el coordinador, es decir yo, librara uno de sus grupos y pudiera ejercer las funciones administrativas que antes tenía que asumir en mi tiempo libre. Con un poco de dolor de mi alma pero también con la ilusión que siempre me acompaña al abordar nuevas tareas, dejé mis grupos vespertinos de alfabetización y me hice cargo de un grupo de Graduado en el turno de mañana. Tuve que hacer de tripas corazón por que las matemáticas, tan importantes en este ciclo, han sido para mí siempre un coco dada mi torpeza a la hora de explicarlas. El miedo, la inseguridad, me vienen del reconocimiento de mi escaso nivel en este área. Esa sensación de igualdad de saberes con los alumnos me ponía y me pone, llegado el caso, un poco nervioso.

La experiencia fue muy agradable fundamentalmente porque aquel grupo era un encanto. Todavía conservo de aquella época tres amigos de verdad, Rafael, Manoli y Angela, y un montón de compañeros y compañeras a los que me gusta saludar. Por ello me decidí al año siguiente a continuar en el Tercer Ciclo aunque para ello debía trasladarme al C.P. San Agustín en jornada de tarde.

Personalmente atravesaba una época muy tormentosa. Mis relaciones amorosas se habían complicado de tal manera que tuve que dar un doloroso tajo a todo y quedarme “más solo que la una” para intentar aclarar que pasaba en mi corazón. Fue una etapa de honda depresión en la que abandoné el tabaco y tomé la decisión de hacerme vegetariano para intentar arreglar mis eternos problemas con la piel. Luego descubriría que la dermatitis, la depresión y los problemas de relación eran todos aspectos de una misma cuestión y que no existen enfermedades sino personas con conflictos no resueltos pero ese sería otro tema. En el terreno personal volvería a recaer en los líos amorosos y no empezaría a levantar cabeza hasta pasado el año noventa y dos tras un nuevo proceso de hundimiento personal. En aquel período aprendí, entre otras cosas, que las depresiones y las crisis agudas de salud generalmente sólo son puertas que hay que atravesar, a veces de manera dolorosa, para seguir creciendo. Cuando faltan valor o recursos para afrontarlas entonces se convierten en supuestas enfermedades crónicas de la mente, el cuerpo o el corazón.

Pero, en fin, en esa coyuntura cayó en mis manos aquel ramillete de flores al que bauticé con un nombre tan soez como indeleble en mi memoria. Apenas había, incluido yo, cinco hombres en el grupo. A diferencia de los grupos de Primer Ciclo con los que acostumbraba a tratar, la edad de mis futuras discípulas andaba entre los 25 y los 30 años - yo era treintañero- y quizás por que mi confusión afectiva rebajaba el umbral de mis preferencias físicas lo cierto es que casi todas me resultaban más que agradables de ver.

El morbo, según los diccionarios que he consultado, es simplemente una enfermedad a la que algunos relacionan con la epilepsia. Mi particular capital semántico, nacido de la propia experiencia lo asocia, sin embargo, mucho más con la extraña sensación que surge en mi interior al imaginar como posible lo imposible y como factible lo prohibido. Desde mi particular definición, es morbo lo que te lleva a sorprenderte mirando de manera especial a tus cuñadas o a la mujer del amigo, reprendiéndote desde la conciencia un ejercicio que brota desde lo dormido, desde lo profundo.

Es el morbo también lo que hace intrincadas, a veces condenadamente agradables, a veces tiernamente enojosas, las relaciones entre compañeros y compañeras de trabajo. Puede convertir la ingenua relación diaria en una danza ritual donde los gestos, las miradas, las complicidades, tienen más de una lectura.

Y el morbo, por fin, en la relación entre un profesor y una alumna – misma edad, mismo barrio, misma infancia y juegos- es una semilla que cae en terreno especialmente abonado , epidemia imprevisible de amapolas que de un día a otro cubre de rojo una pradera infinita. Y sí , en vez de una solitaria vaina son dos docenas y media las semillas que aterrizan sobre la húmeda tierra de un corazón solitario, entonces no sólo se tiñe sino que se incendia hasta el yermo más recalcitrante.

En el centro de adultos hemos tenido desde el principio discusiones sobre muchos temas pedagógicos. Lo que el tiempo nos descubriría más tarde como nimiedades se convertían en los primeros momentos de la alfabetización en auténticos caballos de batallas dialécticos. Mis posturas sobre la colocación del mobiliario y la posición del maestro en la clase eran auténticas piedras de cimentación en mi edificio didáctico, dogmático e ideológico.

El círculo alrededor de la clase en el que todos nos veíamos las caras y mi colocación arbitraria, no en la “mesa profesoral” sino en cualquier silla que quedaba libre, eran elementos irrenunciables de mi práctica pedagógica. Animaba a los alumnos a cambiar de pupitre y aunque no llegaba a los bellos extremos de esa escena de la película “El club de los poetas muertos” ( P. Wier. 1.989) en la que Robin Williams haciendo de profesor ,invita a sus alumnos a subirse en las mesas para recitar “Oh capitán, mi capitán” haciendo del “Carpe Diem” su particular padrenuestro, yo , en mi humilde réplica, les incitaba a sentarse junto a otros compañeros , a cambiar de lateral o a ver la clase desde la perspectiva de la mesa del profesor.


Lo cierto es que, al final, la inercia de los primeros días y de las primeras amistades terminaba por imponer usos y distribuciones fijas de los pupitres. Quiero pensar que fue la casualidad, no diré la picardía ni la fatalidad - por que tampoco era desagradable- , la que provocó que en la fila que se colocaba justo enfrente del encerado se sentaran las mujeres más aficionadas a la minifalda. El material escolar era diminuto para nuestras humanidades y su pequeñez aumentaba la gravedad del problema con el que me enfrentaba cada vez que tenía que salir al encerado. La más hermosa batería de piernas cruzadas – morenas, blancas, largas, torneadas, etc...- que había podido contemplar en mi vida me esperaba apenas bajaba los ojos de la aneja colección de miradas incendiarias. Aunque la práctica literaria permita ciertas licencias narrativas en cuanto a aumentar y disminuir el nivel épico de los acontecimientos, quiero hacer constar que en lo referente a piernas y miradas de aquella colosal barrera femenina que he citado no he utilizado apenas tal recurso.

Es comprensible que ante tal asedio sensual, alguna vez trastabillara y propusiera a la sorprendida clase ejercicios de matemáticas como:

- ¡Vamos a calcular el área de estas piernas, perdón, estos prismas!

Y si era a la comunicación escrita a lo que dedicábamos la sesión se me podía oír advertir en medio de un dictado:

-¡Tened mucho cuidado con las faldas de ortogr... , las faltas de ortografía quiero decir!



Como dije antes quiero pensar que no había intencionalidad pero aquello era una pragmática demostración de cuan poco hace falta para desconcentrar a un maestro joven y minusválido afectivo.[¿Cómo? . ¡Ah, sí , lo explicaré¡ . La minusvalía afectiva existe y nos afecta a todos de una manera u otra y aunque no comporte la percepción de subsidio alguno , sus consecuencias no son menos dolorosas y limitantes que las demás discapacidades. Las carencias afectivas y la falta de instrumentos para dar y recibir cariño son más frecuentes que los accidentes laborales sin que apenas nadie se ponga la labor de prevenirlas.] De una u otra manera, lo cierto es que, porcentualmente, las minifaldas del frontal siempre superaban en calidad y en cantidad a las de los laterales. En más de una ocasión , sobre todo al principio de curso, tuve que interrumpir alguna deslavazada disertación sobre la regla de tres, el trabajo en equipo o los objetivos del centro para reconocer cual era la causa de mi turbación sin que ello comportara , en ningún momento, un cambio en los hábitos vestimentales de mis alumnas.

La metodología de trabajo se basaba en la investigación participativa. Esta frase, sacada literalmente de un manual de pedagogía constructivista, significaba en la práctica importantes decepciones para algunos alumnos. Me refiero a aquellos que venían con la ilusión de encontrar una clase grande donde poder sentarse al fondo y “escaquearse” del curro escolar, y buscaban continuamente la oportunidad de aprobar “por el careto”. En cambio se encuentran sentados todo el tiempo al lado o enfrente del profesor, hablando todo el tiempo de mil temas de dudoso interés y trabajando en grupos con gente a la que, probablemente, ni siquiera saludaría fuera de la clase. Para colmo apenas había exámenes y en los que había te dejaban tener los libros encima de la mesa. Eso significaba que la respuesta no estaba en ellos sino que había que darle vueltas al coco para extraerla de algún lugar del propio cerebro del alumno que, de momento, le estaba vetado. Un día, uno de los escasos varones de la clase me dijo medio en serio, medio en broma:

- ¡Reivindico mi derecho a unos exámenes como los de siempre donde pueda intentar hacer trampa si así lo quiero o lo necesito! ¡ Qué yo me la pueda jugar y que si me píllas , me suspendas!. Con los exámenes que ponéis no sé ni de donde copiarme.

Y en cierta forma, no le faltaba razón. Mientras la sociedad sólo le pedía un título – un papel con una firma- para hacer de celador en el SAS o entrar en la Guardia Civil, nosotros, con nuestra pedagogía alternativa, hacíamos de aprendices de brujo removiendo conciencias, queriendo llenar su depósito intelectual con nuevas ideas sobre el mercado laboral, la sociedad y las relaciones personales. Podría dar aquí mil razones para justificar la necesidad de innovar así como el deber de cualquier sociedad a ejercer a través de la educación, la “alquimia didáctica” como vía de mejora de la calidad de vida. Razones pedagógicas aparte, prefiero pensar que con el fluir del curso casi siempre logramos encontrar un camino intermedio que permitía alcanzar los objetivos filosóficos de unos y las metas más pragmáticas de los otros.


Pero, en medio de ese encuentro y desencuentro continuo con el conocimiento y los hábitos de aprendizaje que es el proceso educativo, tan formal y reglado, se producían también momentos extremadamente divertidos.

Luis fue un alumno de fugaz paso por las clases, que insistió hasta la saciedad para que lo incluyéramos en el grupo de Tercer Ciclo. Tenía prisa por obtener, en un solo curso si era posible, el Graduado Escolar. Su prueba inicial, la que utilizamos para determinar el nivel al que se debe adscribir los solicitantes, no aconsejaba esta precipitada incorporación. A pesar de su interés, su preparación matemática era tan precaria que , el día de su estreno hizo llorar de risa a la clase cuando al entrar en el aula vio escrito en la pizarra “3’14” - residuo sin duda de alguna lección anterior - y exclamó , sorprendido en voz alta:

- ¡Juan, te juro que es la primera vez que veo números con acento!- refiriéndose al descubrimiento personal de la coma de los decimales.

La carcajada de la gente que se dio cuenta, como dije, fue universal y quiero pensar que no fue aquello sino el reconocimiento de la imposibilidad de la tarea planteada lo que le llevó a abandonar las clases a los pocos días.

En la misma línea de despistes y barbaridades, avanzado el curso, un día observé como Ana Mari, la delegada del grupo ,estudiaba con cierto aire de duda un sencillo problema que les había planteado en la pizarra para repasar determinadas nociones de estadística recién impartidas. En concreto, el ejercicio del encerado rezaba así: “HALLA LA MEDIA DE LOS SIGUIENTES NUMEROS: 48-57-63-31-15”.

Ana María, que no era especialmente inhábil en estas lides matemáticas se debatía en una duda que yo, en la lejanía, no entendía y ella no se atrevía a preguntarme. Como quiera que el tiempo asignado para la realización avanzaba, ella terminó por levantarse decidida y caminó hacia el encerado portando una regla de plástico. Tras hacer diferentes manipulaciones con el artilugio sobre la pizarra volvió al cuaderno y escribió: “La medía de estos números es de 10 cms. de alto y 5 de ancho, aproximadamente, excepto la cifra 1 que, por supuesto, es bastante menos ancha”.

- Pero, ¿qué haces, Ana? – pregunté yendo hacia ella al verla afanarse, de extraña manera, sobre la libreta. Juzgaba yo desde lejos, con mi perspicacia habitual, que en su respuesta había demasiadas letras y pocas operaciones y números.
.

- Medir los números, Juan, medirlos, ¿no preguntabas la medía? – me respondió la aludida reprimiendo los prolegómenos de un inminente ataque de ira.

- No, Ana María, la “medía” no, - la contravine esbozando una sonrisa.- yo preguntó por la media, la media aritmética, ¿recuerdas?

Ana enrojeció entre la general diversión mientras se arrepentía de ser tan participativa en la clase y tan precipitada en la lectura.

Cuando el curso ya entraba en su recta final, llegaron la primavera y la feria. Empezamos a salir al campo como actividad extraescolar y a frecuentarnos fuera de clase formando un numeroso y divertido grupo que salía a tomar copas o bailar y del que fueron saliendo nuevas amistades y algún que otro romance


Yo también me vi envuelto- ¡cómo no! – en una de aquellas refriegas amorosas de las postrimerías del curso. Unos ojos grandes, negros y profundos como los que Liza Minelli heredó de Judy Garland, me fueron envolviendo mientras unas sevillanas ponían melodía de fondo a esa seducción. Cuando pude o quise darme cuenta estaba inmerso en una historia tan morbosa y bella como inviable. Duró como diría Joaquín Sabina – el maestro de las metáforas cínicas sobre el amor – “ lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks” y nunca pedí perdón por una herida causada que , probablemente, tardaría en cerrarse más de “ 19 días y 500 noches”.

Pero aparte de mí, los otros varones de la clase, tampoco estaban a salvo del asedio de nuestro particular cupido escolar que a veces yo creía ver posarse en la fuente central del patio donde se ocultaba en el ánima de un pétreo angelito meón .

Lucía era, sin duda, una de las damas más mimadas por el niño del arco y las flechas del amor. Su impenetrabilidad, su aire sereno y su mirada la hacían objeto de muchas fantasías y lo digo por experiencia. Esto no hubiera significado ningún problema si un día de Abril - “la primavera, la sangre altera” - la tapa de su pupitre habitual no hubiese aparecido abarrotada de versos de amor de un gusto literario dudoso y , por supuesto, anónimos. Aunque ella era partidaria de callar, como siempre pues el silencio era su mejor arma, sus compañeras vinieron enseguida con el cuento, arrastrándola ante mí mientras se ponía roja hasta las orejas de pura vergüenza:

- ¿Sospechas de alguien? – interrogó el Sherlock Holmes que llevo dentro tras escuchar la denuncia y ver el “corpus delicti” . A la vez, intentaba ganar tiempo para trazar una estrategia digna y profesional con la que abordar aquel peliagudo asunto, sobre el que no decían nada cuantos libros de psicopedagogía había leído hasta ese momento. ¿Cómo abordaría Freire , Freinet o Francisco Gutierrez tamaña papeleta?.

- No, de nadie- dijo Luisa a la que la turbación acentuaba, al par que su belleza, la afición al silencio y, en su defecto, a los monosílabos.


- Pues, la verdad no hay mucho donde escoger – bromeé yo en referencia a la escasa población masculina de la clase.

- A lo mejor has sido tú – se aventuró Lucía, sorprendiéndome con un alarde de atrevimiento coqueto. Yo había mencionado el término “escoger” y temblaba ante la posibilidad de que ella estuviese “escogiéndome” aprovechando la cobertura que le brindaban mis palabras.

- ¡Yo suelo ser más directo, no necesito mesas,....- ...nena! me faltó apostillar a lo Humprey Bogart aunque por dentro me derritiera ante su mirada suspicaz.

Conocía perfectamente la letra de cada alumno o al menos eso creía yo. La evaluación personal se basaba en un dossier individual de trabajos al que iban a parar copias de cuanto examen, redacción o resumen realizaba cada persona. Así pues en ese mismo momento determiné, fiándome de mi memoria fotográfica, que el autor de aquellos “Versos pupítricos” era Jacinto, el chaval menos integrado de la clase, el que con más frecuencia faltaba y que apenas se relacionaba ni conmigo ni con nadie. Como si mi cerebro fuera el ordenador del FBI que con tanta facilidad coteja las huellas digitales de millones de personas, mentalmente comparé la caligrafía de los poemas con la del expediente de Jaime y dicté sentencia de culpabilidad. Me dirigí hacia su mesa donde permanecía como siempre distraído, con la cabeza gacha y , discretamente lo cité para el final de la clase.

Normalmente, yo celebraba este tipo de entrevistas de tutoría – así se llama oficialmente ahora lo que antes se denominaba “vaya usted inmediatamente al despacho del director” - en la sala de profesores pero, en este caso, creí que era mejor permanecer donde las pruebas del delito. Jacinto trabajaba de reponedor en una gran superficie comercial y tenía siempre prisa, así que , cuando los demás hubieron salido, le llevé hasta el pupitre y señalando las anónimas composiciones fui al grano espetándole:

-¿Has sido tú?
- ¿Lo qué? , ¿ escribir eso, yo? , - me respondió leyendo a la vez la anónima composición- ¡que va, yo no hago esas cosas, no es mi estilo!

- Pues la letra parece la tuya.- acusé mientras pensaba que Jacinto era al menos tan chulo como yo en sus respuestas.

- Pues no, esa letra no es la mía y además, - insistió confirmando mi teoría sobre nuestro parecido chulesco - ya te he dicho que yo no necesito escribirles esas cosas a una tía.

- Pues a mi- mentí yo empecinándome en obtener rápidamente una declaración de culpabilidad -me sigue pareciendo que has sido tú. He comprobado la letra de tus redacciones con la de la poesía y es la misma.
- Te he dicho que no he sido - Jacinto estaba enfadado y hacía notables esfuerzos por controlar su genio- y no voy a seguir dándote explicaciones de algo que no he hecho. Además tengo que irme a trabajar así que...

- Me gustaría que lo reconocieses antes de irte y que pudiéramos arreglarlo por las buenas...
- Mira- dijo, por fin, dejándome en claro fuera de juego- yo puedo saber quien ha sido pues sé quien anda detrás de esa Lucía. Pero yo no soy ningún chivato y sólo lo sabrás si él quiere hablar contigo y contártelo en persona. ¡Tú mismo!

Dio media vuelta y se fue cabreadísimo sin darme tiempo a rehacerme de su enigmática respuesta y de su fulminante salida. Con su pasmosa seguridad había sembrado en mí la duda. El portero del centro desde hacía rato me comunicaba por señas de que ya era la hora de cerrar pero yo todavía me detuve en la sala de profesores para recoger cinco expedientes personales y hacer lo que debería haber hecho en primer lugar: comparar las letras de todo el mundo, ir mas allá de mis propios prejuicios.

La letra de Jacinto, tuve que reconocer, ni siquiera se parecía a la del pupitre. El virus de la parcialidad había infectado los archivos de mi ordenador y había confundido su letra con la de Anselmo, el verdadero culpable. Mi precipitación arbitraria había cuajado en un ataque desaforado a la intimidad de Jacinto.

Al día siguiente antes de empezar la clase, Anselmo vino a hablar conmigo y reconoció la autoría de los versos que yo había borrado con alcohol el día anterior intentando eliminar con ello la vergüenza que caía sobre mi conciencia y mi profesionalidad. La única “penitencia” que le puse al poeta fue la de citarlo con Lucía para que se disculpara y de paso aprovechara la ocasión, si quería, para expresarle los sentimientos que había rimado, a mi juicio con tan pobre arte y , sobre todo, con tan poca oportunidad en cuanto al soporte.
Intenté disculparme de mil maneras verbales ante Jacinto pero entiendo que, en realidad, nunca aceptara una sola de mis disculpas. En el DEBE de la cuenta pedagógica de mis fracasos está el que pocos días después dejara de asistir a las clases sin que yo pudiera ni intentara hacer nada por rescatarlo.

Todavía hoy cuando lo veo y no me saludo ni por equivocación, aflora la misma vergüenza ante aquel comportamiento ciego .En esos momentos me hago más consciente de que en Educación , nuestros aciertos son reconocidos y nos acompañan a lo largo de nuestra vida con forma de buenas amigos y buenos recuerdos pero, por el contrario, los errores se esconden entre la selva de nuestros éxitos y cuesta más dar con ellos .Sin embargo, si los olvidamos, no aprenderemos nunca. Nuestros fracasos pedagógicos o familiares son tan nuestros como el lado brillante de nuestra vida y nunca se acompañan con flores ni placas. A veces sólo son miradas de frustración, de indiferencia o de resentimiento antiguo que nos acechan desde la esquina que acabamos de doblar.

Rosa "la pistola".




- Juan, yo viví toda mi infancia en el campo, con mi padre. Vivíamos de lo que producían la huerta y los animales, sembrando y recogiendo, cambiando huevos por harina y tomates por vino. Mi padre,¡ Dios lo tenga en la gloria!, era una persona tan bruta y tan cerrada por aquella vida que, al hacer el reparto con el burro por los ranchos que había entre nuestra casa y el Puerto, era el pollino el que conocía el camino y las puertas donde debía pararse a entregar o recoger mercancías. Al regreso, - narraba todo esto con la alegría de quien quiere espantar a golpe de carcajadas el fantasma de un pasado embrutecedor- en la noche y borracho como una cuba, mi padre se agarraba a la cola del burro y éste le traía de vuelta arrastrando su “tajá” por los campos, porque si montaba al animal terminaba siempre por los suelos descalabrado como el Don Quijote ése.

Rosa me resumió de esta manera tragicómica, gesticulando y dramatizando cada detalle, la historia de su padre y su vida en el campo. Hablábamos en clase de cómo era la sociedad de su infancia. Ella, niña rural de la posguerra, adolescente de trabajo duro y harina de maíz, apostaba por el progreso que desterraba lo más negro de aquella vida anterior. Su narración se me quedó grabada, quizás a la espera de que la escribiera algún día y yo no sabía que pasaría tanto tiempo en mi retentiva y que saldría de ella tan nítida como Rosa la pintó aquel día en el local que compartíamos con la ludoteca juvenil. Y enganchadas con esta historia salen todas las cosas de Rosa y necesito reflejarlas.

Para hacerlo, para escribir sobre ella, abro un nuevo archivo de afecto en mi almacén de recuerdos. Claro está que tratándose de Rosa no puedo hablar de un rinconcito, en absoluto. Su gran humanidad física y afectiva me obligó a dejarle toda una nave en mi memoria.

La caja de cartón donde guardo mis fotografías es como el inventario clasificador de ese almacén afectivo del que hablaba antes. En particular hay una en blanco y negro que debe tener más de quince años y desde entonces guardo con especial cariño. A la izquierda del objetivo está Rosa con el lebrillo y la maja - la mano del mortero- ajados por el uso, bajo el brazo. Sobre la falda oscura, orillada por la bajera que descarada se asoma tras su rodilla, un mandil donde se adivinan flores. Sus pies enormes aparecen apenas calzados con unas sandalias descubiertas pues no había otro zapato que aguantara el desplazamiento continuo de tanta humanidad. Su flequillo, mechado de canas a derecha e izquierda, enmarca una franca sonrisa de ojos achinados por la eterna miopía de quien siempre ha mirado más allá de la punta de su propia nariz. Tras ella, siempre en un discreto segundo plano, su marido, su inseparable “Pistolo”. Rodeándola todos nosotros: Pepe, “ el pepón” , con una sonrisa resplandeciente , todavía con pelo y el flequillo rebelde a un lado, abrazando a un niño de esos tantos que se criaron en los alrededores de nuestras aulas y que, llegado el caso, dormían la siesta al final de la clase mientras la recién madre se peleaba con las tablas de multiplicar o dibujaba la rueda de los alimentos; Jani, “la jani”, muy jovencita , gesticulando de esa manera tan particular y tan suya, con camisa de puntillas, zapatos de charol negro y calcetines blancos; Juan, que empezaba a perder los dientes , con la misma barba malcuidada de hoy , esas horribles gafas cuadradas que le duraron tanto como el chandal y un bigote tan ralo y escaso que apenas llega a engancharse con la barba ; Tere que....¿ pero donde está “la teresona” ? Una selección primorosa de nuestras primeras alumnas completan la foto: Pepa y su hermana, las dos Manuelas - la “mía” y la “de Pepe”- , Milagros, Tere “la alumna” , Reme - la campanilla de la “Cinisícula”- , Mercedes y los familiares , maridos, hijos , novios, etc... de una y de otra que durante mucho tiempo, antes de que nos masificáramos, eran también parte de la gran familia de la “escuela de adultos”.

Habíamos participado en un Certamen de Ajo Caliente que la Asociación Ecologista organizaba en el Parque Calderón, cuando el río Guadalete todavía olía a perros o peces muertos y creo que habíamos ganado, había ganado nuestra Rosa como atestigua el diploma que entre todos custodiamos, en el centro de la imagen. El ajo caliente, para quienes no sepan de que hablamos es una maravilla astronómica de los cientos de combinaciones que los andaluces nos inventamos, haciendo alquimia en la cocina, con el tomate, el pimiento ,el pan , el ajo, el agua y el aceite . Y a este nivel de encantamientos, haciendo el ajo, Rosa era tan maravillosa como Merlín. Y luego con patatas pequeñitas, de las “nuevas”, sal, agua y perejil, llenaba su lebrillo con otro plato hechicero, “las papitas aliñás” y nuestros estómagos agradecidos aplaudían como en el mejor de los festivales de magia.

Rosa no pasaba, no podía pasar inadvertida .Llenaba todos los lugares donde se asentaba ya fueran las clases, la catequesis o su propio hogar. Su familia era tan numerosa como sus kilos y, poco a poco, los fue trayendo a todos, mayores y jóvenes, al Centro, dándole a los grupos de la barriada de la Nieves un ambiente acogedor, agradable y familiar que, hoy todavía, les distingue del resto de la escuela.

Rosa era una enamorada de la vida. En su rostro redondo de luna llena, transparente como el agua, no había nada de inescrutable. Se podía leer en su cara con menos dificultad de la que tendríamos para descifrar las historias que escribía con una letra de médico, retorcida y criptográfica , para contarlas luego en la clase con un grupo que jaleaba sus ocurrencias. Historias como la de arriba de campos, burros y hombres o historias de la niña que trabajaba y jugaba hasta hacerse mujer. Por cada gramo de grasa - y eran un montón- tenía mil de humanidad.

En otra parte conté que la radio, en los primeros momentos de la Educación de Adultos fue una eficaz aliada en nuestras continuas campañas de captación. Solíamos llevar al estudio a un grupo de alumnas y entre ellas, profesores y locutores manteníamos un animado coloquio que, por lo general, resultaba ilustrativo y motivador. Las ondas de la radio invadían cocinas y dormitorios llevando vientos de esperanza a personas que no podían recibir mensajes publicitarios basados en la escritura.

Rosa fue la estrella de esas tertulias radiofónicas llegando a “enamorar” con su voz y sus historias a algún locutor que, todavía hoy, recuerda sus intervenciones. Mientras los demás, de purito nervio, balbuceábamos nuestras escuetas respuestas ante el micrófono, Rosa se transformaba en una cálida narradora que cautivaba el corazón de cuantos la escuchaban. Esa era la diferencia. Mientras mis mensajes y los de otras alumnas iban a la cabeza de quien pudiera oírnos explicándole posibles ventajas de venir al Centro ( “podrás entender el recibo de la luz”, “no tendrás que firmar más con el dedo”, “podrás leer las cartas de tus hijos”, etc...) , Rosa ensartaba con el hilo de sus palabras el alma de la persona que la oía y la hacía vibrar con sus experiencias vitales dentro y fuera del centro. Tenía una expresión serena y un sentido del humor tan poderoso que se metía a cualquiera en el bolsillo sólo con abrir la boca.


Ella encontró al dios de su catequesis en una parroquia obrera, pequeñita que se abría en una de las calles sin urbanizar de aquel barrio, Las Nieves, surgido del trabajo de muchos domingos . Un dios , comentaba ella , muy diferente del que le habían descrito desde pequeña; un dios que , como ella , prefería perdonar a castigar , que hablaba directamente con los pobres de esperanza y no de purgatorios ni infiernos; un dios , en definitiva, al que se le podía hablar de tú y ante el que no había que ponerse de rodillas , actitud que para ella era bastante molesta física y moralmente.

Casi a la vez encontró el Centro de Adultos, cuando ya era bastante mayor y comentaba con frecuencia que habían sido las dos puertas que le habían devuelto la vida y el mundo. Era tanta la admiración que sentía por su iglesia, su cura, su escuela y sus maestros que yo me sentía obligado a relativizar todas mis palabras delante de ella para que no confundiera el amor a la cultura con la fe ciega en un cura o en unos profesores.

De vez en cuando me asaltaba con las preguntas más dispares sobre ciencia, religión, filosofía, historia o arte y masticaba las respuestas que yo improvisaba con la gula de quien ha pasado auténtica hambre y se encuentra ante un banquete infinito. Nada pasaba desapercibido por su lado. El telediario, el periódico, los cotilleos o los textos que le aportábamos para trabajar eran desmenuzados por sus ojos y digeridos a través de una conversación fluida y, si fuera por ella, inacabable.

Hace unos años cuando me llegó la noticia de su muerte, me resultó difícil de creer. Me costó trabajo aceptar que alguien con esa fuerza contagiosa, con tanta vida dentro pudiera morir, hubiera muerto. Me resistí a verla en su féretro por no recordarla así, apagada y silenciosa. En la sala de velatorios de la clínica volví a encontrar a toda su inmensa prole a la que tanto cariño sigo teniendo, tan diversa , tan homogénea, tan bullanguera como cuando Rosa , apenas unos meses atrás, los arrastraba tras de si a cualquier sitio donde ella fuera.

No sé si hay un cielo como ella creía. De lo que sí estoy seguro es de que, en todo caso, no es como me contaron. A pesar de mi descreimiento la idea de la muerte me sigue resultando angustiosa. Desde que murió Rosa, sin embargo, me gusta pensar que si realmente hay un sitio donde nos juntamos al abandonar la necesaria pero defectuosa envoltura carnal, cuando llegue a sus soportales encontraré a Rosa con sus manazas, su delantal de flores y su espléndida sonrisa esperándome en la puerta. Solamente con imaginar en la gloria una portera tan cálida el tránsito misterioso pero inexcusable se me hace menos cuesta arriba, menos penoso.

Campañas sobre campañas







Por su hora de emisión, “Cristal”, una de las teleseries más largas y famosas fue, durante mucho tiempo, un serio competidor de nuestra labor pedagógica. Mucha gente - matriculada o potenciales alumnos – decidía quedarse en casa para ver el ciclo de las vicisitudes interminables de aquella rubia regordeta en vez de en vez de venir a clase a calentarse la cabeza con tablas y dictados. Nosotros, ante la perspectiva de perder la clientela, la ilusión y por supuesto el puesto de trabajo, decidimos pasar a la ofensiva. Grabamos la canción que cada día anunciaba el comienzo y el final de la telenovela y la acoplamos a nuestra megafonía. Nos acercábamos en silencio a la plaza de cualquier barrio sobre las 10 ó las 11 de la mañana y tras aparcar en el centro le dábamos caña al aparato:

- ¡Perdona, es que yo, caminaba por aquí.....! 

Así comenzaba la bobalicona sintonía y, a su reclamo, de inmediato las ventanas de los bloques se poblaban de cabezas curiosas intentando descifrar aquella irrupción extrahoraria y extraordinaria de “Cristal” en sus hogares.

- ¡Cristal, no estaría pasando las fatiguitas que ahora pasa si hubiera acudido al....Centro de Educación de Adultos!- interrumpíamos nosotros, saltando de esta acrobática manera desde la ficción televisiva a la vida de las “Julietas” que se asomaban a la plaza - ¡Ven al Centro de Adultos! ¡Ahora tienes, la oportunidad de aprender a leer y a escribir ¡ ¡Pasa de notas como Luis Alfredo! ¡ Ven al Centro de Adultos!.
A partir de aquí se oían risas por toda la barriada y aquel clima tan festivo nos abría muchas puertas y muchas mentes. Esta fue una de las anécdotas más divertidas de las que nos ocurrieron a lo largo de tanta campaña, pero, ....¡empecemos por el principio!




Una de las diferencias más notables entre la Educación de Adultos y las demás modalidades educativas como la extinta EGB o las actuales Primaria y Secundaria, es la voluntariedad con la que nuestro alumnado asiste a las clases y demás actividades. La escolarización que la ley prescribe como obligatoria, como un deber de la sociedad y de los padres para con los niños, se convierte a partir de la mayoría de edad legal en una decisión del ámbito del libre albedrío individual. Si bien es cierto que esa voluntariedad constituye fundamentalmente una ventaja pues a la persona que se acerca se le supone el interés y la autodisciplina, también es cierto que de esa opcionalidad nace una de las dimensiones más laboriosas de esta modalidad educativa: la captación continúa de alumnado.

Dado el perfil de las personas que asisten a nuestras clases, sobre todo su edad, suele ocurrir que sus propias carencias de instrumentos de lectoescritura y cálculo no son vividas como un grave problema. La mayoría de las personas que “están analfabetas” – el analfabetismo es un estado transitorio cuando no es una actitud vital - consiguen suplir esas deficiencias con una aguda intuición, con una serie de mecanismos astutos para salir airosas de situaciones comprometidas evitando en todo momento ser engañadas.


Sin pretender disertar sobre lo que en pedagogía popular se llaman “necesidades sentidas “y “no sentidas”, lo cierto es que el profesorado de Educación de Adultos debe emplear gran parte de su esfuerzo en diseñar campañas de captación que convenzan a las personas necesitadas de formación de que es posible superar esa carencia y que para ello deben para romper la inercia de la costumbre y dar el paso de acudir a las clases.

Las estrategias, unas diseñadas con esmero y otras apenas pergeñadas, han sido muy diversas. A lo largo de estos quince años hemos tocado todos los palos del cante y de la baraja. Ha habido campañas muy generales como las que se hacían al final de un curso o a comienzos del otro pretendiendo cubrir todas las bajas y vacantes producidas a lo largo de un año. A veces, por el contrario, se trataba de limitar la captación a un barrio o a una determinada franja de edad para llenar un grupo determinado o iniciar una particular experimentación curricular.

En cualquier caso, sea cual fuere el marketing utilizado, nunca hemos dejado de contar con la colaboración decisiva de las personas que ya eran alumnas. Ellas, artistas del boca a boca popular, profesionales de la subversión doméstica de la cultura, han sido y son las auténticas e irremplazables propagandistas de nuestro proyecto educativo.

Quizás la parte más ardua y difícil de estos lanzamientos publicitarios fuera llegar a las personas analfabetas por cuanto son las más refractarias a los reclamos publicitarios con texto. ¿Como llegar con nuestra propaganda basada en la palabra escrita – pancartas, octavillas , carteles,..- justo a la gente para la que un reclamo de ese calibre es tan indiferente, tan incomprensible como pueda ser para un árabe un manual de calculadora en idioma japonés?

Los grandes publicistas, en sus campañas de papel cuché suplen esta carencia con imágenes impactantes en las que juegan con símbolos y colores. Un amigo mío me contaba que en su pueblo todos los analfabetos, cuando llegaban las elecciones, sabían donde ponía “VOTA PSOE” por los colores, la forma y los rostros de tantísimo cartel fijado a la pared. Nuestra pobreza de medios nos dificultaba seguir tal ejemplo.

Una persona que no sabe leer es, según Perogrullo, físicamente igual que otra capaz de descifrar mensajes escritos. Sin embargo, cuando realizamos el acto más repetido curso tras curso en cualquier campaña de captación, el reparto de octavillas en el Mercadillo de los Martes, es casi posible, para la diestra pupila y el entrenado tímpano de un experimentado alfabetizador, distinguir la mirada como fría y el tono de voz disimulado con la que una presunta analfabeta te preguntará al recibir el papel: “¿Esto que es, muchacho?”. Es una mirada especial, que no se dirige al mensaje de papel sino al remitente, un favor que no se pide pero se necesita, una iluminada señal, una escondida clave que te hace cambiar el chip para dar la primera información, tan importante, a una potencial cliente.

Para romper esa incomunicación de toda una vida, esa clandestina enemistad con los papeles escritos, se hacía necesario encontrar una imagen, un logotipo, un reclamo que permitiera a la persona que no sabía leer , asociar ese papel que le dábamos con algo que tenía que ver con ella y que podía significar una mejora en su calidad de vida.

Y lo encontramos , ¡claro que sí, que lo encontramos!. Quizás lo recordéis. Se trataba de la recreación de una gigante huella dactilar de un dedo índice, y sobre ella un par de aspas de estas que se trazan sobre el cigarrillo para representar la prohibición de fumar. Debajo de la huella y las aspas, el eslogan que se haría tan famoso a fuerza de repetirlo cientos, miles de veces : ¡Esta no es tu firma!.

No fuimos nosotros, seguro, ni sé a ciencia cierta quien fue el autor o autora de aquella maravillosa idea pero, poco a poco, la fuimos copiando unos de otros y terminó corriendo como la pólvora entre los centros de adultos convirtiéndose, en poco tiempo, en la imagen más popular de la propaganda de la alfabetización en Andalucía.

Era tan humillante para la mayoría de nuestras alumnas el acto de manchar el dedo en el tampón y estamparlo al final de un documento para cobrar, para recibir o enviar telegramas, etc., que la imagen – negra tinta sobre blanco papel- les recordaba inmediatamente su carencia. De alguna manera el panfleto con aquella huella gigante tenía algo que ver con su vida, con su situación. Además buscábamos la complicidad del hijo o de la hija lectores yendo a su corazón con frases como: “La persona que nos necesita, hoy no podrá leer este anuncio. ¡Ayúdale tú! “. Sin la connivencia explícita de muchas familias y vecinos no habríamos conseguido, siquiera, empezar nuestra labor. En aquellos tiempos, muchas alumnas camuflaban su vergüenza por ir a la escuela diciendo que iban a la academia de corte y dejando asomar del bolso donde escondían libretas y lápices, una enorme regla de madera, fraudulenta y equívoca evidencia de un supuesto aprendizaje en el dibujo de los patrones de la costura.

Otros cómplices necesarios e importantes fueron los funcionarios de ayuntamientos y juzgados pero, sobre todo, los empleados de las cajas de ahorros donde los mayores cobraban su pensión. Dejábamos en aquellos sitios, un montón de hojas de propaganda del Centro. y cuando la funcionaria o la cajera diagnosticaban a la persona que pedía el tampón para firmar alegando “ me he dejado las gafas en casa” , “ me acabo de poner las gotas de los ojos” , le sugería suavemente, dándole nuestra propaganda, que ya había un sitio donde las personas mayores podían aprender a firmar por si la interesada “conocía a alguien” que lo necesitara. Fueron más de una, de dos y de tres las personas que llegaron a nosotros por ese sistema.

Lo fundamental era romper el hielo de la inercia (¡Yo no quiero ir a ningún sitio!), la costumbre ( ¡Yo no necesito aprender nada ¡) y la baja autoestima (¡Yo soy incapaz de aprender ¡). Si conseguíamos llegar a la persona y tener con ella un par de minutos para explicarle como trabajábamos, ya teníamos la mitad del camino hecho. Para ello, cada grupo organizaba sus propias meriendas y se invitaba a vecinas y amigas para poderlas convencer “in situ”

Usábamos con frecuencia la radio insertando cuñas publicitarias cuando nuestra modesta economía nos lo permitía o, en su defecto , como ocurría en la mayoría de los casos, yendo al estudio de las emisoras locales con un grupo de alumnas significativas ( las más jóvenes, las más mayores, las que habían partido de cero, las que habían vuelto tras muchos años, etc..) que narrando su experiencia transmitían el necesario pellizco motivador a las oyentes.

Contagiados sin duda por los medios propagandísticos que usaban los partidos políticos en sus campañas de captación de votos usábamos sus mismos medios.... con excepción de los mítines. Así, un día nos decidimos a hacer megafonía por los barrios y calles céntricas de El Puerto. Pedíamos prestado el equipo técnico a veces al PCE y otras a CCOO o al PSA. Lo montábamos en el coche de Pepe o de Tere y nos lanzábamos, día si y día también, a la calle con nuestro machacón mensaje:
-¡Ven al Centro de Adultos! ¡Ahora tiene la oportunidad de aprender a leer y a escribir!- alborotaban nuestras bocinas, mientras repartíamos en mano propaganda por los alrededores de la Plaza de Abastos.
Mas adelante ampliaríamos nuestro mensaje para dar cabida en él a otro tipo de enseñanzas como el Certificado de Estudios Primarios o el Graduado Escolar, pero en aquellos inicios nos interesaba dar un mensaje corto y certero como aquél de “ Tres tabletas, veinte duros “ o el de “Vota Centro, vota Suarez, vota libertad!.

La verdad es que este sistema nos daba mucho resultado quizás porque sonaba a libertad de expresión recién estrenada. Apenas llevábamos cinco años de constitución y en el eco de los pasillos del congreso todavía rebotaba el recuerdo del vocerío fascista de Tejero y sus secuaces. Al reclamo de nuestro mensaje se acercaban infinidad de personas a la ventanilla del coche, aunque también es cierto que nos solían confundir con " el del turrón” o con “el colchonero-lanero” pues la megafonía de furgoneta era el recurso de marketing preferido por los vendedores ambulantes.

Todavía no habían parecido las televisiones privadas y mucho menos “El gran Hermano”. Aquellos eran los años de la televisión pública - la 2, el UHF como se le llamaba entonces aun no llegaba a todos los hogares- y del boom de las telenovelas latinoamericanas. En este contexto ocurrió la aventura que conté para enganchar con este relato, la utilización fraudulenta de una sintonía televisiva para ganar la atención de las vecinas. Y fue una estrategia exitosa, no cabe duda. Tras el impacto de la provocación musical, se formaban corrillos de conversación en los que era fácil dejar nuestro mensaje y de los que saldrían, sin duda, nuevas incorporaciones posteriores. Por parejitas, como los mormones o los Testigos de Jeovah - y provocando más de una confusión en este sentido- recorríamos los bloques, puerta a puerta, entregando nuestro reclamo publicitario.

En la actualidad, y aunque nuestras alumnas siguen siendo las mejores publicistas han aparecido nuevas figuras colaboradoras .Son los médicos de cabecera y los equipos de salud mental que nos utilizan como recurso para aliviar depresiones , síndromes menopaúsicos y como terapia alternativa para aquejadas del “nido vacío”, esa amarga angustia que devora a muchas mujeres cuando el último pajarito familiar levanta el vuelo o cuando los seres más queridos se embarcan en el viaje más postrero, universal y obligatorio.

Pero, siguiendo con nuestro relato, después de aquellas primitivas campañas de los carteles con la huella, la radio y el “puerta a puerta”, hubo una etapa en la que se desarrollaron las televisiones locales y los centros de Adultos nos agarramos a ellas como a un clavo ardiendo para utilizarlas como reclamo.

En El Puerto la primera emisora local que se montó, el canal 21, es la que con más cariño recuerdo. Era muy novedoso ver la tele y en ella todos los actos de Carnaval, Navidad o Feria que se desarrollaban nuestra localidad tan alejada siempre de los circuitos de la televisión pública. Hasta entonces nuestra ciudad sólo había gozado de cierta notoriedad televisiva cuando se fugó, herido y muerto de hambre, “El Lute”. Gracias al fantasmagórico relato que de su huida hicieron los medios de comunicación nacionales, los niños de El Puerto pasamos una decena de noches sin dormir, esperando verle aparecer “con una capa negra” y un cuchillo enorme, a la vez que el pobre Eleuterio compartía nuestra vigilia y nuestro terror subido a un árbol – como supimos después- , esquivando las parejas de picoletos. También fue temporalmente célebre nuestra localidad cuando “El Arropiero” se comió en sus calabozos, todos los marrones que la ineficaz “brigadilla” le atribuyó para darle un aura de psicópata , de asesino en serie, a quien ,el tiempo demostraría , sólo era un pobre e infeliz demente. Por primera vez veíamos a la gente sencilla y normal del Puerto por la tele en sus calles y sus plazas.

Así pues decidimos explotar la novedad y usar el canal 21 como nuestro principal recurso propagandístico. Para ello libramos de nuestro modesto presupuesto, la cantidad necesaria para grabar nuestro primer spot publicitario.

El primer problema fue que cuando nos decidimos a hacerlo estábamos ya a finales de junio y las clases habían acabado ya. La idea era dejarlo listo antes de las vacaciones y emitir en los primeros días de setiembre. Para grabarlo, sólo podíamos contar con la colaboración de los alumnos más hartibles a los que fácilmente podíamos localizar porque se pasaban todo el día en el centro, no podían vivir sin nosotros.

Canal 21 era tan precario en medios como el propio centro de adultos y, en la práctica, sólo tenía un cámara y un centro emisor así que nosotros teníamos que hacer el guión, la producción , los rótulos y todo lo que hiciese falta.

Localizamos a través del tam-tam oral y del teléfono a cuantos alumnos pudimos a pesar de la premura. La verdad es que todo fue más o menos bien a la hora de grabar la parte correspondiente a los primeros ciclos. Nuestras alumnas con su leer vacilante, suave pero firme a la vez, tenían una fuerza comunicativa importante. Sin embargo, para la segunda parte, llenar una clase de Graduado con 30 personas y grabar unas supuestas imágenes de este ciclo nos costó un poco más de trabajo. Allí nos colamos de extras además del alumnado voluntario, todo el profesorado, el personal de la Casa de la Cultura y algún que otro colega al que metimos en el embolado por el único delito cometido de pasar por allí en el momento oportuno.

El guión de esta trabajada parte era simple. Pepe , que siempre se presta voluntario para asuntos en los que el resto del claustro recula, debía aparecer junto al mapa de Andalucía y ,desde esa atalaya docente, explicar algunos contenidos generales al grupo (las ocho provincias, la capital, etc...). Al terminar la obligatoriamente escueta disertación, un oyente haría una pregunta “simple” y para tal menester se ofreció Manolo, un antiguo alumno. Había que economizar esfuerzos y horas de grabación pero se nos acababa el tiempo y la vacaciones estaban encima.

Cuando el cámara dio la señal, todos pusimos caras de estudiantes y Pepe, junto al mapa colgado del encerado, empezó su teatral monólogo:

- Como veis, Andalucía, tiene ocho provincias – y señalando alternativamente cada una , añadió - Cádiz, Huelva , Málaga, Córdoba , Jaén, Granada , Almería y ,por último, Sevilla que es su capital política. Su población es de aproximadamente ocho millones de personas. Como andaluces y andaluzas debemos conocer nuestra tierra y por ello dedicaremos a su estudio las próximas semanas. Antes de empezar el trabajo, ¿ alguien quiere comentar alguna cosa?

El operador, ya advertido, dirigió su objetivo hacia Manolo que levantaba muy lentamente la mano como exigía el guión.

- Yo tengo una pregunta, Pepe, - haciendo gala del tuteo, de la horizontalidad en el trato profesor y alumno que viene a ser uno de nuestras piedras pedagógicas ,– una pregunta que siempre he querido hacer.


- A ver, dime, Manolo- le animó Pepe, realzando el democrático tuteo

- Yo siempre he querido saber.....- y tras una teatral pausa añadió - ¿ Cuántos kilómetros de costa tiene Andalucía?

Afortunadamente, la cámara enfocaba aun a Manolo porque el rostro de Pepe y, por simpatía, el de los demás profesores se había mutado en un auténtico poema a la sorpresa. ¡No teníamos ni idea de que responder!

Sin embargo, Pepe, mientras la cámara se acercaba, hizo gala de uno de los recursos que más desarrollamos los educadores de adultos en nuestra carrera docente, una inusitada y prodigiosa rapidez de reflejos. Reprimió la sonrisa que ya le afloraba y también el deseo de mandar a callar a Manolo y, levantando el dedo índice hasta la altura de la cara, sugirió dirigiéndose al resto de la clase:

- Pues por ahí podemos empezar, buscando en la enciclopedia la extensión de las costas de Andalucía, la de sus ríos y de su red viaria. En fin, el próximo día empezaremos a trabajar en grupo estas y otras cuestiones. El grupo de Manolo, si no les parece mal, se hará cargo de la Geografía andaluza. ¿De acuerdo?

Estuvimos a punto de aplaudir de pie el quite torero de Pepe pero, por exigencias del guión, nos limitamos a asentir colectivamente, mientras hacíamos imperceptibles señas al cámara para que cortara de una vez la grabación. Cuando nos avisó de que había terminado, pudimos dar rienda suelta a las carcajadas. A Manolo, “ ¡lo hice con mi mejor intención!,” no lo linchamos como fue nuestro primer deseo porque sobre el significado del concepto “una pregunta simple” puede haber más de una interpretación, pero su ocurrencia figura en los anales del centro.


¿Qué cuantos kilómetros de costa tiene Andalucía? ¡Yo que sé! Me imagino que muchos. Mil veces habré leído la cantidad y el mismo número de ocasiones he recordado la pregunta inoportuna de Manolo y el lance “ a porta gayola ” de nuestro colega. Un millar de veces también he olvidado la respuesta pero para algo están las enciclopedias.

Hay quien piensa que los maestros somos ambulantes cofres de conocimientos que afloraran con un simple golpecito de demanda, un cotidiano “¡Abrete , Sésamo!” docente, en la tapa. No dudo que los habrá de tal catadura, prodigios de memoria detallista, perpetuos ganadores del Trivial de la materia curricular, pero, pienso yo, que nuestra profesionalidad no está en “el saber que se sabe” sino “en saber donde buscar el saber” . La virtud pedagógica no está tanto en declamar conocimientos de matemáticas, geografía o literatura como en la capacidad de contagiar esa manera y esas ganas de buscar el saber, el conocer, el experimentar. Conseguir que la persona se enamore de la cultura y que de ese matrimonio escolar sea el docente, a la vez, cura y testigo.

Y en eso, en la eterna tarea de “aprender a aprender”, la escena de Pepe y Manolo, inmortalizada por una cámara de televisión y tres decenas de memorias, nos regaló una maravillosa lección gratuita e inesperada.

Cantarería, 23










- ¡ Que no , que no, que yo ahí no me meto! – dijo ,de pronto ,Francisco.

- ¿Por qué? – interrogué yo sin mucha esperanza de obtener respuesta .

- Pues... ¡por que no! – me volvió a espetar , confirmando mis negativas previsiones.

Los demás se habían terminado de despabilar e incorporándose en la colchoneta, empezaban a asomarse , entre divertidos y asombrados, a la controversia . No conocían el lado terco de Paco y aquel diálogo de besugos les parecía casi una broma de maestro y alumno compinchados.

Estaba en el nº 23 de una calle pequeñita, apenas un callejón de casas viejas ,cuyo nombre, Cantarería, suena a pueblo antiguo, a barrio de oficios perdidos. A su alrededor Meleros, Zarza, Ganado, La Rosa, Santa Clara y Cruces, el barrio alto de El Puerto, castizo y gitano, tan castigado y muerto hoy como vivo y rico entonces. Así fue hasta el boom urbanístico de los 80 que despobló el centro .Desde ese momento el paro con la heroína de consorte se mudaron a sus patios para marchitar sus “genarios” y su alegría. Fueron aquellas ,las calles de mi infancia con su pavimento de “ chinos peluos”, adelantadas ludotecas silvestres donde nos forjamos auténticos ases de los “bolindres” o “bolis” que era como llamábamos a las canicas . Eramos los niños del Hospitalito, el único colegio nacional y gratuito de la zona. Una oportuna gestión de mi padre me alejó de ese destino y me llevó hacia un colegio privado, La Salle, donde nadábamos como podíamos entre las aguas del clasismo y la pedagogía del palo , agarrados a la balsa de la buena voluntad de algunos docentes .


Allí , destilando aroma portuense a vino y flores, bodegas y patios, sobre un taller de automóviles propiedad de nuestro eventual casero , encontramos el primer local . Hoy me cuesta , reconozco mi intolerancia, entender a quienes se obstinan en rechazar determinadas tareas dentro de la escuela porque, según su visión subjetiva ,quedan “fuera de sus funciones”. Nosotros, locos pioneros de la prehistoria alfabetizadora , debíamos hacerlo todo: buscar el local, negociar el precio, convencer al concejal y hasta concertar la cita para que se firmara el contrato. Incluso, cuando el ayuntamiento se retrasaba en el , éramos los encargados de gestionar la aceleración del pago ante el interventor municipal, para evitar ver nuestros pupitres en la calle.

Ésto ocurría allá por el año 1985 , en el segundo o tercer curso que emprendíamos . Habíamos optado por descentralizar nuestra labor y esta dispersión sería uno de los principios pedagógicos que se harían característicos en nuestro proyecto : hacer que la alfabetización estuviera cerca de las personas adultas .

Ya utilizábamos los colegios públicos pero tanto la escasa disposición inicial de nuestros colegas a compartir sus “castillos pedagógicos”, como la estrecha franja horaria en la que las aulas quedaban libres , nos llevaban a soñar con locales propios. Queríamos dar clases por la mañana o ,al menos, empezar a las cuatro de la tarde como nos demandaban las alumnas y no a las seis como teníamos que hacer en algunos casos. “Cantarería, 23 ” fue el primero de estos espacios nuestros y , andando el tiempo ,vendrían otros en la misma línea como el de la calle Rueda, el de La Venta del Molino, el de la Avenida de América, etc. Quizás por ser el “primogénito” de esta serie disponga de más espacio en el almacén de mis recuerdos y su nota en la evaluación de mis afectos sea la más positiva.

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El local era un pequeño y , a su manera, coqueto “partidito”. Así llamamos por aquí a cada una de las particiones que se hicieron en los grandes palacios portuenses, las casas de cargadores a Indias, y que convirtieron las grandes y lujosas mansiones de los armadores de otro tiempo, en laberintos infinitos de viviendas familiares de baja renta.


De todos modos, “ Cantarería, 23” nunca había sido una gran mansión y lo nuestro era un “partidito” de una casa mucho más modesta. Apenas ocupábamos unos 20 metros cuadrados del piso superior al taller. Antes de empezar, tuvimos que derribar todos los tabiques para hacer un aula espaciosa donde nos apilábamos sin hacer demasiado caso a las ratios máximas. Un balcón enrejado que ,de puro enclenque , daba miedo utilizar y un par de ventanucos daban luz al salón reconvertido . Al fondo, quedaban el minúsculo pero imprescindible cuarto de baño – son muchas las urgencias que producen dos horas de frenética actividad pedagógica- y una cocina que hacía las veces de almacén.

Hoy ,cualquiera de nosotros certificaría que aquellas eran unas condiciones deplorables para la práctica educativa , pero en el año 85 , aquel local era nuestro orgullo y nuestro símbolo. Juntos, maestras, maestros, alumnas, alumnos, familiares y amigos lo hicimos todo: tiramos los tabiques sobrantes haciendo todos de peones de un único oficial voluntario, un alumno que aportó su sábado vacante a la causa pedagógica; sacamos a cubos los escombros por la estrecha y empinada escalera y hasta los llevamos al vertedero en algún coche particular; pintamos las paredes, con cal ,como siempre se hizo aquí con el hogar familiar; colgamos las pizarras y acarreamos cada uno de los pupitres y las mesas desde donde la caridad educativa nos lo concedía hasta nuestro primer piso. Incluso, al final, nos inmortalizamos en el momento en que cortábamos la imaginaria cinta de inauguración, pintada en la recién colocada pizarra, – no podía ser de otro modo- con una foto que aún rueda por el centro. Quizás por todo ello y como muestra de una vanidad administrativa no reprimida hicimos aparecer esta dirección, “ Cantarería, 23” , en nuestro primer sello de caucho. Otros centros optaron por la comodidad de acogerse a la paternidad postal del buzón colectivo del ayuntamiento. ¡Nosotros teníamos dirección propia!.

Allí celebrábamos nuestros diminutos claustros , convocábamos a las delegadas e incluso albergábamos las reuniones comarcales de coordinación cuando compartíamos zona pedagógica y administrativa con Sanlúcar , Chipiona, Rota y Trebujena. Entre sus paredes organizamos infinidad de sesiones formativas donde, a falta de maestros veteranos, suplíamos nuestra inexperiencia con el intercambio y la evaluación de los descubrimientos mutuos. Aquellas reuniones fueron las mejores cátedras de didáctica, pedagogía y psicología que pudo tener Andalucía. Tuvimos que desaprender mucho de lo que habíamos memorizado en la Escuela Normal para empezar a pensar con cabeza propia y a hacer de la experimentación y la innovación nuestra manual de conducta.

Por ejemplo, recuerdo el debate sobre si era pertinente alfabetizar “en andaluz”. Todos reconocíamos que nuestras alumnas contaban con un handicap más a la hora de aprender, sobre todo, a escribir. Aquí pronunciamos de otra manera algunas letras y esa confusión genera problemas a la hora de escribir” en castellano”. Entre nosotros experimentábamos y comparábamos resultados en una labor no siempre comprendida y tolerada por nuestros “superiores” defensores de la ortodoxia ancestral. El debate nunca se cerró , como ocurre con las cuestiones realmente importantes. Aún hoy, yo dudo a la hora de optar por potenciar la libre expresión andaluza “ortográficamente incorrecta” o por la imposible y estrecha formulación académica.

Otro capítulo de estudio importante fue el que intentaba establecer el concepto de Desarrollo Comunitario en la Educación de Adultos así como el papel que desde los centros nos debíamos atribuir en dichos procesos. En nuestro centro nunca fuimos tibios en ningún debate, siempre tomábamos partido, pero en éste en concreto fuimos los abanderados defensores de la posiciones que abogaban por favorecer desde los centros todas las dinámicas de desarrollo popular.

Si hubiera posibilidad de escribir cuanto se dijo en los seminarios celebrados en “Cantarería, 23”, en “Cerro Falón” de Sanlúcar de Barrameda , en “La Biblioteca Pública” de Trebujena o en decenas de otros centros de la provincia durante aquellos primeros años, dejaríamos un importante legado de pedagogía popular construida de manera participativa.

En otro orden de cosas, cuando acababa nuestra labor pedagógica cedíamos el local a cuanto colectivo lo necesitase. En nuestra pobreza quisimos ser generosos y , durante mucho tiempo, una cooperativa de jardinería en cierne, “Esterlicia”, tuvo allí su domicilio postal y social Hasta alguna reunión de “Tuper Ware” se nos coló antes de que levantáramos las defensas contra la utilización comercial de nuestros locales.

Y, cómo no podía ser de otra manera, muchos sábados nuestro pequeño local acogía las reuniones de la incipiente coordinadora sindical que empezaba a gestarse al hilo de aquellas precarias condiciones de trabajo.

Nuestros salarios eran notablemente inferiores a los del profesorado de EGB. Dichos estipendios, por otra parte, aún eran muy bajos y todavía se oía decir aquello de “Pasa más hambre que un maestro de escuela”. Nuestros contratos eran heterogéneos en cuanto a la duración, las condiciones, las funciones, etc. y, en general, dependíamos de unos ayuntamientos subvencionados que no tenían claro que hacer con nosotros y con nuestras demandas. Tuvo mucho que ver nuestra juventud , la efervescencia política del momento y la llegada reciente del PSOE al poder en Sevilla y Madrid pero lo cierto fue que , a la vez que se consolidaba la realidad pedagógica de la alfabetización, se forjó un movimiento reivindicativo y una amistad solidaria muy fuerte entre la gente que hacíamos dicha labor.

En una de las asambleas coordinadoras se decidió iniciar una serie de encierros de 24 horas en nuestros locales para demandar todo lo que reclamábamos entonces: Estabilidad, locales, formación, materiales y salarios dignos. En El Puerto acogimos la idea con entusiasmo y decidimos, no podía ser menos, que el encierro sería en “ Cantarería, 23”.

Invitamos a participar en la protesta a nuestras alumnas. Si bien es verdad que el profesorado de este centro siempre fue de lo más decidido a la hora de reivindicar sus derechos no es menos cierto que sin la participación activa de la infinidad de mujeres que pasaron por él como alumnas hoy no sería lo mismo. Ellas asumieron desde el principio que el centro de adultos era suyo y que nadie podría quitarles ese sueño sin que sacaran sus uñas en forma de movilización.

A las nueve de la noche, tras acabar las clases, el local se puso a rebosar. Todo el mundo llegaba con un poquito de caldo, unos filetes empanados o una tortilla de patatas, talmente como si se tratara de una de nuestras excursiones a la playa. Hicimos una pequeña pero muy participativa asamblea para explicar los motivos de la acción y colocamos una pancarta en el balcón .Tras el improvisado mitin hubo cante y baile y hasta los vecinos de la calle subían a ver que sarao tan extraño , sin que hubiera boda ni bautizo , se estaba celebrando encima del taller.

A medida que avanzaba la noche, la mayoría de las alumnas se fue marchando. La transformación de costumbres e ideas que estaba significando para ellas la educación de adultos no llegaba, aún, a permitirles pasar una noche fuera del hogar en una actividad que no fuera velar un muerto o cuidar a un enfermo. Tras escuchar la misma excusa formulada de mil maneras diferentes y besar a todo el alumnado del centro nos fuimos quedando solos maestros, maestras y… Francisco.




Francisco era un alumno joven, de mi edad , que estaba con nosotros desde el comienzo de las clases. Alegre, bullanguero y con un interés enorme en aprender a leer y a escribir, se movía con soltura de gallo en aquel universo femenino que era – y es - el Centro de “Adultos”. En otro orden de cosas, todavía recuerdo impresionado que, a pesar de permanecer muchos años con nosotros y adquirir mucha confianza conmigo, cada vez que me acercaba por sorpresa a su mesa levantaba el brazo derecho a la altura de la cabeza como si yo fuera a pegarle. Aquel tic, aquel reflejo de autodefensa me hacía intuir una infancia de malos tratos continuos que él siempre se obstinaba en negar cuando yo me atrevía a preguntarle.
Al tiempo que nosotros aprendíamos a enseñar a través de él, Paco aprendió a escribir , a leer y a contar con nosotros. Además de este rédito, conoció en las clases a Mercedes la que hoy es su mujer y madre de la niña con la que aún le veo pasear.
Por eso, porque fue tan conejillo de indias nuestro, como nosotros a la viceversa lo fuimos de él, nunca olvidaré su conducta en “la noche de autos”.
Por fin, cuando en “Cantarería, 23” quedamos únicamente los encerrados, ya era tarde pero los nervios nos impedían pensar en dormir, así que estuvimos jugando a las cartas casi una hora. A través de las risas, del tute y de la ronda fuimos deshaciendo el nudo de las emociones provocadas por la solidaridad. Poco a poco fueron llegando el relax y el sueño. Habíamos traído sacos de dormir para todos y, uno a uno, fuimos cayendo en las colchonetas. En apenas diez minutos, los “profes” estábamos ya en los sacos pero Paco permanecía sentado junto a la mesa donde habíamos jugado a las cartas.

- Francisco - dije yo, que era su profesor, ante las miradas inquisitivas y soñolientas de los demás –....¿no te acuestas?

- Ahora.- contestó él sin levantar los ojos del tapete, barajando y volviendo a barajar el mazo.

Pasó un buen rato. Paco no dejaba de darle vueltas y mas vueltas a los naipes dejando escapar, de vez en cuando, una furtiva mirada al saco que lo esperaba sobre la colchoneta vacía.

Todavía tuve que preguntarle un par de veces más y, al final, explicarle que si no apagaba la luz no podría dormir nadie y que al día siguiente había que hacer muchas cosas y que... etc. Finalmente, Francisco se decidió a levantarse, entre suspiros de alivios del resto de los aspirantes a durmientes. Llegó hasta donde teníamos el saco preparado para él. Lo tomó y lo examinó con una mirada atravesada, varias veces, por un lado y por otro. Fue entonces cuando se produjo la escena con la que inicié el relato. Tras un rato de indecisión anunció tajante y definitivo:

- ¡Que no! –

- ......”Que no…” ,¿ qué? - pregunté yo mientras miraba sorprendido todas sus maniobras

- ¡ Que no , que no, que yo ahí no me meto!


Francisco, olvidaba decir, además de alegre y bullanguero era, sobre todo, cabezón. Cuando algo, una idea, una broma, una opinión, se le metía en “la perola” costaba Dios y ayuda hacerle desistir. Era poco dado a la discusión sincera, al cambio de pareceres. En cualquier debate se limitaba a repetir mil veces la misma opinión sin bajarse del burro.

- ¿Por qué? –.

- Pues... ¡por que no! –


Yo procuraba ser delicado, no quería que se agobiara y se nos marchara porque era nuestra única muestra trasnochante de solidaridad. Sin embargo la curiosidad antropológica me pesa, a veces, más que la conciencia.

Con la intervención de los demás y tras un rato de tira y afloja, la conversación se pobló de risas, que es una forma de hacerla más ligera y menos hiriente .Fue Paco, él que , en una de esas, nos sorprendió soltándonos a bocajarro:

- Ahí – señalando al saco que lo esperaba inerte y frío – yo no me meto. ¿ Y si durmiendo, me doy la vuelta y me ahogo dentro?.


Nos quedamos por un largo momento petrificados. Mirábamos ora el saco tipo momia, ora a Paco, esperando encontrar en el uno o en el otro, una pista que nos permitiera adivinar si nos “vacilaba” o nos estaba hablando en serio.

Cuando un rato más tarde, ya con la luz apagada, vi a Paco tumbarse sobre la colchoneta y taparse apenas con el saco, sin introducirse en él a pesar del frío del local, pude deshacerme de la duda y poner una vela a la sinceridad de Paco. No recuerdo si estuvo así todo lo que quedaba de noche o si terminó yéndose a su casa. Vivía muy cerca, en la calle Ganado donde habíamos sido infantiles vecinos de dispar fortuna académica.

Llegó la mañana y, con ella, un nuevo rosario de visitas que nos traían café, galletas y hasta churros. Toda la mañana fue un entrar y salir de gente solidaria e incluso vino la prensa que plasmó nuestra protesta en una foto que guardamos con cariño. A las cuatro de la tarde acabó el encierro cuando los maestros y las maestras tuvimos que acudir cada uno a nuestro barrio a impartir las clases.

Al salir de allí, sin embargo, me hice consciente de que habíamos dado un paso pequeño pero importante en la historia de nuestro Centro de Adultos. Nuestra pequeña colectividad se sentía más unida, mas confiada en sus propias fuerzas. Sentíamos un poder que sumado al de todas las pequeñas comunidades que como la nuestra comenzaban a movilizarse en Andalucía, lograrían con el tiempo hacer de la Educación de Adultos un realidad más allá de los proyectos experimentales. Todavía quedaban muchos encierros, muchas manifestaciones, alguna clase en el salón de plenos o en el patio del Ayuntamiento y una infinidad de visitas combativas a la Plaza de Mina en Cádiz e , incluso a Sevilla , pero al final ganaríamos un importante episodio en esta historia de nunca acabar , lograr la dignidad de la educación de personas adultas.

Sin embargo, aquella noche en “ Cantarería, 23” , Francisco con su miedo al saco y el resto de alumnas y alumnos con sus tortillas, sus palabras , besos, churros, cantes y bailes habían dejado escrita en nuestra memorias de tiernos brotes del árbol de la pedagogía universitaria , de aprendices de maestros , una de las páginas mas dulces y divertidas.

MERCEDES O ¡¡¡LA AAAAA !!!!




- ¡Me voy a hacer vieja aquí con vosotros, de tantos años como llevo viniendo al ”colegio de adultos” y..... los que todavía me quedan!.


La que así hablaba era Mercedes. Escurrida, bajita , de piel morena y delgada hasta ser seca, debía de andar ya cercana a los setenta cuando comenzó a venir a la escuela y permaneció con nosotros muchos, muchos años hasta que un día, de pronto, enfermó y dejó de asistir. Apenas un año después nos enteramos que Mercedes, nuestra Mercedes, había trasladado la matrícula al Primer Ciclo del Centro de Adultos del cielo.

Tenía el pelo blanco y muy rizado como Harpo, el mudo de los hermanos Marx. Quizás esta gratuita asociación que yo hacía en mi pensamiento motive que la recuerde siempre más simpática de lo que en realidad fue. Por que Mercedes era constante, tesonera y fiel pero simpática, lo que se dice simpática, nunca fue. Era difícil que cayera bien de entrada a ningún maestro, a ninguna compañera ,pero una vez superada esa coraza de distancia y frialdad con la que se protegía , podías descubrir a una mujer frágil que se confiaba en todo a ti. Fue una de mis primeras alumnas y, quizás por ello, recuerde sus cosas con un “plus” de emoción y cariño.

Mercedes era de las personas que vienen a clase con la única intención de aprender a leer y escribir , de ese tipo característico de alumnas que reaccionan nerviosamente cuando la actividad escolar se sale de ese marco. Si dedicábamos demasiado tiempo a la charla ( “el tratamiento del diálogo” según nuestro viejo y manoseado Diseño Curricular del 85 ) sobre algún tema trascendental o banal, el lapicero de Mercedes, su eterno Noris del Nº 2 , repiqueteaba sobre la superficie de la mesa , tenue pero insistentemente, recordándonos una obligación - inexistente para nosotros pero sagrada para ella - de iniciar o volver a la lectura y la escritura. Si el persistente campanilleo no era suficiente aviso y el grupo continuaba , indiferente, con su cháchara, arrugaba el ceño, cruzaba los brazos y lanzaba al aire, para quien quisiera oírle su protesta reforzada en el lenguaje corporal:

- ¿Hoy no se escribe?


Muy susceptible a su chantaje, yo empezaba a ponerme nervioso e intentaba agilizar el diálogo, hacerlo más útil y significativo. Al mismo tiempo procuraba implicar a Mercedes en la discusión pero ella, enfadada, apenas respondía a mis interrogaciones con monosílabos a los que añadía , impenitentemente, una coletilla perpetua , algo así como : “... porque yo a lo que vengo aquí es a leer y a escribir”.

En las ocasiones que, a pesar de todo, la polémica oral continuaba en la clase, Mercedes hacía amago de recoger sus cosas y irse, gruñendo:

- ¡Sí lo sé, no vengo!. ¡Como si yo no tuviera otras cosas que hacer que estar aquí de palique!.




Yo, más nervioso aun, intentaba hacer comprender a Mercedes - y a alguna más que compartía su opinión desde un confortable anonimato - que en nuestra forma de aprender como adultos ,el diálogo es tan importante como la lectoescritura . Tras un rato de personal monólogo sobre didáctica y pedagogía aplicadas, mezclados con una cierta dosis de alabanzas - coba, decimos por aquí - a su persistencia personal, Mercedes, quizás aplacada por los momentos de atención individual que había obtenido, decidía concederme una prórroga.

Al menos así fue al principio. Nos llevamos muchos meses bailando esa pieza , con ese tira y afloja ,hasta que comprendí que lo que Mercedes buscaba con esos momentos de insubordinación era precisamente el final, esas palabras particulares de afecto y reconocimiento con las que cerrábamos nuestros pleitos. En las últimas ocasiones yo ya me había acostumbrado a brindarle mis requiebros sin esperar a quemar cada una de las fases de la danza y ese sistema nos era mas cómodo, ágil y eficaz a todos.

Sin embargo Mercedes por su edad, su estado físico y psíquico y por su trayectoria vital era de esas personas que tienen graves dificultades para avanzar en la lectoescritura. Mercedes no avanzaba con los limitados métodos que conocíamos y usábamos con ella. Quizás existan estrategias que hubiesen dado resultados positivos pero yo - y me temo que todos los profesores que pasaron por su vera , que fueron muchos - nunca tuve la sensación de que avanzara en esas destrezas. La “memoria de fijación” de Mercedes parecía no funcionar a la hora de asociar grafías y fonemas, letras y sonidos. Su capacidad de retención sólo abarcaba un par de conceptos y durante unos momentos solamente. Bastaba con atender un momento a la compañera más cercana para que, a la vuelta, el universo lector de Mercedes estuviera, de nuevo, en blanco.


Una tarde, sentado al lado de Mercedes, en la mesa de ping-pong donde impartía las clases a mi primer grupo , empezaba por enésima vez a trabajar las primeras letras. Técnicamente se llaman “ ejercicios de discriminación de vocales” y tras un nombre tan rimbombante sólo se esconde la acción de enseñar a los alumnos uno de los 10 carteles con los caracteres de las mayúsculas y minúsculas, para que ellos las identifiquen en voz alta.
Enseñé a Mercedes él que yo creía mas fácil de todos , el cartel de la letra O.

- ¡La A!- me respondió con la soltura de la persona que ya ha repetido mil veces el ejercicio, veloz como una pantera y..... confusa como un caracol en una cristaleria.
- No, Mercedes – corregí con toda dulzura, influenciado por el “conductismo afectivo”, tesis que mantiene que cualquier aprendizaje es favorecido por un contexto de relaciones positivas - fíjate bien, esta letra tan redonda no es la “A”, sino la “O”. Mira mi boca al pronunciarla: ¡¡¡OOOOOOOOOOOOOO!!! ¿Ves como mis labios forman un redondel igual al de la OOOOOOOOOOOO?.

- Ya, sí yo lo sé, lo que pasa , Juan, ¡es que yo le digo la AAAAAAAAAAA!!!!!!- respondió Mercedes echando abajo , por primera vez en esa tarde, los palos de mi sombrajo pedagógico principiante.

- Entonces – volvía a insistir yo en la suposición , absurda por otra parte, de que el reconocimiento de su anterior error nos traería un éxito en la siguiente tentativa- fíjate bien ahora..... ¿ Que letra es ésta?.

Y volví a mostrarle el cartelito de la O, dando a mis bigotudos morros la circular forma de la cuarta de las vocales , en un gesto cómplice que pretendía facilitar el éxito de la nueva intentona.

- ¡La A!- volvió a aseverar Mercedes tirando por tierra toda la teoría pedagógica de Skinner y Freire, negando la utilidad de cuanto manual de pedagogía había leído hasta ese momento.

- ¡Fíjate en la silueta de la letra y en la forma de mi boca! – suplicaba yo, tras una vehemente encomienda al santo Job, cuestionándome que quizás el problema era que mi bigote no le permitía apreciar la semicircunferencia superior atribuida a la letra objeto de mi pertinaz acción docente.
.
- ¡La A!- repetía mi querida Mercedes, afirmándose tercamente.

- No, Mercedes, es la ¡¡¡¡¡OOOOOOOOO!!!!!. ¿No ves como están colocados mis labios como si fueran la boca de un canuto? – replicaba yo viéndole ya el final al baúl de los trapos de mis argumentos fonéticos , para añadír en un desesperado intento – Por eso decimos “ hacer la O con un canuto” porque al pronunciarla , la “O” y la boca del canuto tienen la misma forma. ¿Lo ves?.¡¡¡¡¡¡¡¡ Es una OOOOOOOOOOO!!!!!.

- Ya, sí yo ya lo sé, - volvía a intervenir Mercedes mirándome con cara de “ éste no se entera” - lo que pasa , Juan, es que yo le digo la A.

- Pero Mercedes , – la contravine en el borde colmado de un ataque de impaciencia- eso no puede ser. A Evarista, por ejemplo, no la puedes llamar Luisa porque a ti te parezca. Si la llamas Luisa, Evarista no te respondería, ¿verdad?.

- Pero es que.... yo nunca he llamado Luisa a Evarista, yo sé como se llama cada una - me respondía cargándose de razón, sin llegar a entender aquellla repentina acusación. ¿Cómo iba ella a confundir a Evarista, su compañera del alma con la que iba y venía al colegio, con Luisa, aquella de las gafas de “culo de botella”, aquella que se llevaba toda la clase detrás del maestro, enseñándole cada letra que escribía? ¿Cómo podía confundir a su vecina de barriada, conocida de toda la vida con aquella recién llegada? ¡Que ocurrencias tenía este maestro!.

- Pues eso es lo que te quiero decir yo, que si a Evarista la llamas por su nombre, a esta letra, que se llama “O”, debes decirle “O” y no “A”. ¿Lo entiendes? Es la OOOOOOOOOO!!!!!.

- Claro, sí yo lo sé, lo que pasa , Juan, es que yo le digo la A.

La “negociación” duró más de media hora .El resto del grupo que se quejaba de la dejación que yo hacía de mis deberes para con ellas. Por mi parte, nunca llegué a convencerme si Mercedes me hablaba en serio o aquella forma de razonar era una forma más de proteger el castillo de su ignorancia instrumental ante mis ataques docentes. ¡Juzguen ustedes!. Lo cierto es que una vez que una compañera tuvo que sustituirme en la clase durante un largo período, al mostrarle de nuevo la letra polémica , la O, Mercedes volvió a señalar:

- ¡La A! – intuyendo un nuevo e interminable período de dimes y diretes.

- No, Mercedes, esta es la “O”.- dictaminó la desprevenida sustituta

- Mira, yo ya lo sé pero yo le digo la A y............¡Juan lo sabe! – contestó mi alumna dando por zanjada , de una vez por todas , la polémica.

Si nunca avanzamos demasiado en lectoescritura no fue porque ella no puso todo de su parte. De haber concedido premios a la asistencia y a la puntualidad más firmes, esa medalla hubiese sido de Mercedes en casi todas las ocasiones.

Hace tiempo, antes que las estrechas normas burocráticas de la Junta de Andalucía provocaran el asma en nuestros pechos pedagógicos, los profesores y profesoras del Centro dedicábamos la mañana completa de los miércoles a las cuestiones comunes de nuestro disperso centro . Al terminar la mañana teníamos la sana costumbre de comer juntos en algún restaurante de menú barato y servicio rápido. De esos ratos de esparcimiento gastronómico, tristemente perdidos, surgieron la mayor parte de los proyectos ilusionantes de nuestro centro.

Uno de estos miércoles , durante las dos horas que duró la comida , la ciudad fue azotada por una de esas trombas de agua que hacen historia. En el rato que iba desde que acabábamos la sesión de la mañana hasta las cuatro de la tarde , hora de comienzo de las clases vespertinas ,no dejó de diluviar un solo minuto, entre enormes truenos, relámpagos y vientos racheados. La Ribera del Río y algún que otro paraje urbano más, en un acto de tipismo local, se inundaron al coincidir los torrenciales aguaceros con la subida de la marea . Por aquel entonces todavía no se decretaban esas “alertas rojas” que hoy el Ayuntamiento anuncia sorpresivamente por la radio y la tele local suspendiendo las clases ante la posibilidad de emergencias meteorológicas para desazón de las madres y alegría del gremio docente.


Los alrededores de nuestro centro estaban tan anegados que nos fue imposible llegar en coche a la puerta, ante el peligro de que el agua de los charcos entrara en el motor o en el interior de los vehículos en los que regresábamos de la comida colectiva. No había forma de llegar puntualmente a la puerta del edificio pero confiábamos en que ninguna alumna hubiese decidido acudir a clase ante aquella inesperada repetición del diluvio universal.
¡Cuánto nos equivocábamos!. Desde una esquina muy alejada, separados de la Casa de la Cultura por una inmensa laguna que amenazaba con subir el tercer y último escalón de la puerta , pudimos ver una silueta conocida - botas de agua amarillas, bolso y paraguas blancos - que esperaba impertérrita en el soportal, como si nada pasara.
Mercedes fue la única persona que acudió “a su hora “ en medio de aquel vendaval. Quiero imaginar que su ángel de la guarda premió su tesón académico obrando un milagro, rodeándola con un aura impermeable que le permitió caminar sobre aguas y vientos. No me explico de otra manera su conducta imperturbable ante la furia de la Naturaleza.
Cuando conseguimos acercarnos a la flemática figura , ella ante un nuevo aguacero , de alabanzas y reprimendas esta vez ,apenas daba importancia a su conducta cuasi heroica e incluso estaba dispuesta a volverse a su casa en medio de la tormenta si, por la escasa asistencia, habíamos decidido no dar clase. ¡Así era Mercedes, nuestra Mercedes!.

Además de un prodigio de tesón , Mercedes era una copiosa fuente de humanidad y lealtad de la que pudimos ser testigos en más de una ocasión.

Como ya dije , al principio , Mercedes era muy reacia a participar en cualquier actividad que no fuera lectoescritora. Muchas de nuestras mujeres se valoran tan poco a si mismas que piensan que no deben defraudar a sus familias dedicando el tiempo que “ les han concedido” para ir a la escuela en ocupaciones de otro tipo, como excursiones, asistencia a cine, exposiciones, etc... Es una actitud muy frecuente entre la gente con más carencias instrumentales que suele ser la que tiene el autoconcepto más bajo. Esta disposición negativa cambia con el transcurso los días y Mercedes acabó por aceptar a regañadientes que , de vez en cuando, debería participar en actividades extraescolares.

Un día decidimos llevar a nuestro todavía precario alumnado a una sesión de teatro. Donde hoy se ubica el Auditorio , mucho antes de la obra de restauración, la Delegación de Cultura había montado una especie de grada anfiteatro para representar “ Esperando a Godot ” de Samuel Beckett.

Cuando llegamos la gente más joven ocupó la parte más alta de la grada dejando a la quinta de Mercedes los asientos pegados al suelo. Nuestra protagonista quedó situada justo donde empezaba el escenario. Yo me temí lo peor cuando observé la disposición de los asientos. Si ya era difícil que nuestras alumnas aceptaran perder un día “ de leer” para ver una comedia –así llaman muchas de ellas a cualquier representación teatral - , era todavía más complicado que disfrutaran en una de esas obras modernas donde autor, actores y actrices hacen lo imposible para implicar al público en la trama , como si éste no tuviera ya bastante con sus propias angustias y contradicciones. Este montaje, barruntaba yo, era de éste último tipo.

Me senté frente a Mercedes intentando interpretar cada uno de sus gestos. Si hubiera tenido un lápiz en sus manos , los campanilleos de su impaciencia hubieran sido la sintonía de la espera, pero, en su defecto, hacía rato que había cruzado fuertemente los brazos y arrugado la cara proclamando al mundo su enfado progresivo por la pérdida de su “ratito diario “ de lectura y por aquella disposición tan extraña de la sala que amenazaba su papel de espectadora pasiva.

La cosa cambió , empeoró, cuando los personajes , una actriz y un actor, saltaron a la arena. Digo arena porque físicamente era eso lo que había en el centro de la sala, silicatos, arena de playa marcando el espacio escénico que llegaba justo hasta los pies del público. A Mercedes el hecho de verlos tan cerca le intranquilizaba aun más y , a medida que avanzaba la obra , casi se veía obligada a responder “por bajinis” a los diálogos de los protagonistas.

En el escenario, los “comediantes” se movían arriba y abajo en una compleja trama de sentimientos, frustraciones y relaciones de poder y dominio.

- “¡Levántate! ¡Cerdo!”- rugía el jóven que hacía de Vladimir dirigiéndose a su pobre esclava Lucky, que se quejaba en el suelo abatida de cansancio

[- No te levantes, chiquilla, que se levante él con los....- aconsejaba Mercedes haciendo de contraparte susurrante.]

Más adelante la intensidad de la obra bajaba y el personaje virulento se hacía autocrítico y reflexivo:

- “Me sentía sólo.” – declamaba el mismo actor contagiando al público con las reflexiones de Beckett sobre el tiempo y el hombre.

[- ¡Pues te “joes”- mascullaba Mercedes- , no vas a estar solo si eres más malo que un dolor!]

Se acercaba el final y Godot, fuera quien fuera,no aparecía para desesperación de los protagonistas y desazón del público que llevaba ya más de una hora compartiendo la infructuosa espera.

-“ Nos ahorcaremos mañana, - anunciaba finalmente el objeto de las iras de Mercedes incluyendo a la sumisa mujer en su propósito suicida - a menos que venga Godot”

[- Ahórcate tu sólo - le aconsejaba en voz baja nuestra indinignada amiga - y deja ya de dar por ...].

En la parte final de la obra, en un dilatado crescendo de violencia , el protagonista masculino aparecía con la mujer que hacía de esclavo atada por el cuello con una cadena de cuero negro. Progresivamente pasaba del maltrato verbal a la agresión física.

- .... ¿Será trapo el tío ese?....- murmuraba Mercedes, de manera cada vez más audible, con los brazos ya descruzados y viviendo como propia la angustia de la esclava torturada- ..... pero....¿quieres dejarla ya?.

En un postrer arrebato de cólera , el tirano abofeteó a la chica que fue a caer estrepitosamente......¡ a los pies de Mercedes!. Ella, sin pensarlo un momento, se levantó como un rayo y la arropó con sus brazos :

- ¡Ay , hija mía, levántate!- exclamó interponiéndose entre los dos actores mientras clavaba una mirada de auténtico odio en los ojos del verdugo.

En la sala hubo un momento de general desconcierto. Los intérpretes, apeados de la concentración dramática por la grandeza del gesto humano ,olvidaron el guión; la propia Mercedes, perdida definitivamente entre la ficción y la realidad se negaba a abandonar el abrazo samaritano ; yo, emocionado y perturbado a la vez, me dejaba mecer por la contemplación de aquella Pietá de carne y hueso, esculpida por una mezcla azarosa de teatro y realidad . Fue el público, anónimo y sorprendido, ante la urgencia de hacer algo para sacar a mi alumna de aquel cómico y magistral atolladero, el que resolvió finalmente la situación con una carcajada colectiva .
Poco después finalizaba la obra y cuando Mercedes , furtiva y apresurada, aprovechaba la semioscuridad para salir de las primeras, ese mismo público premió su solidaridad ,su arrojo y su humanidad con una gran ovación de la que Mercedes, devota de la cofradía de la simplicidad y el anonimato, huyó como debía escapar la liebre del cuento de sus perseguidores - galgos o podencos -, sin volver siquiera la mirada