(Este relato no está incluido en el libro "Cardito de Puchero")
LLueve y Marta está llorando. O Marta llora y está lloviendo. No tuvo tiempo - ni intención- de coger un impermeable. En el suelo pensó: “Me voy”, y esta vez lo hizo. Se levantó, dio una bofetada a su corazón y un portazo al que habia sido su hogar y se fue. Sola.
Llueve a mares y Marta - sin paraguas tampoco porque se ha ido de su lado y esta es la marcha definitiva - se abraza y camina con rapidez, casi corre, ocupando el centro de la calle y de su vida ; no le importa que el temporal que arrecia mezcle lágrimas y sangre - sus últimas lágrimas , su última y definitiva sangre. Por fin se ha ido y - piensa entre confiada y orgullosa- eso, a veces, basta.
Cae un descomunal rayo solitario y su relámpago formidable ilumina la calle y espolea el pensamiento de Marta: “Debe haber por lo menos una posibilidad entre mil millones de que un rayo fulmine a una persona”.
Y su cara, aún dolorida, reprime una sonrisa mientras mira hacia atrás como buscando la sombra de su verdugo. Unos segundos más tarde, el padre de todos los truenos desaloja de sus oídos los insultos, esta vez sí, los últimos insultos y, de paso, rompe la madrugada desatando una torpe orquesta de alarmas.
El taxi apareció más tarde cuando ya se había apagado el estruendo y se detuvo junto a ella. Marta chorreaba tanta agua como cualquiera de los viejos álamos de la desierta avenida por la que bajaba.
- ¿La llevo a alguna parte?
- No tengo dinero… – dijo y pensó “…ni dónde ir” mientras bajaba la cabeza para acercarla a la ventanilla que se abría cachazuda.
- ¡Suba de todos modos! Menuda suerte la nuestra: usted no tiene dinero y yo no encuentro a mi cliente. Me llamaron por la emisora para que recogiera un servicio en la marquesina de dos calles más atrás pero cuando llegué la acababa de fulminar un rayo, como lo oye. No quiero temer por usted cuando vea caer otro fusilazo como el de antes.
- Gracias pero no sé… - farfulló Marta mientras, a caballo entre la calle y el umbral del coche, se sacudía inútilmente el agua de los cabellos y la ropa.
- Tome – y le alcanzó una toalla que olía confortablemente a lavanda y la acabó de convencer -. Son muchos años de taxi y mi mujer ya me prepara un neceser para estos días.
El número 67 en la puerta del coche llamó su atención. Como si el relámpago aún rebotara dentro de su cabeza iluminando su memoria recordó la única dirección que tenía de su amiga Virtudes.
- Puede llevarme a la calle de la Esperanza, 67, si no le importa.
- ¡Cerca de mi casa, vamos para allá! ¿Vive usted… vives por aquí?
- No, no; ya no, se lo aseguro…
Tomás se había quedado adormilado oyendo la nana del repiqueteo del agua en los cristales del coche. Una vez pasadas las primeras horas de la noche, las madrugadas de lluvia eran ruinosas para el taxi. Había tenido un sueño inquieto. Con su hija. No le había gustado aquel silencio tan inusual en ella durante la comida familiar del domingo. Tenía algo más que hinchazón en los ojos y no sostuvo su mirada ni una sola vez, ni quiso quedarse a solas en la cocina chachareando con él y con su madre como tantos otros fines de semanas. A veces basta una palabra – recordó arrepentido- para hacerla desbordarse y Tomás no se había atrevido a pronunciarla. Mientras tanto, el muy cabrón de su marido estuvo toda la tarde con los cuñados bebiéndose su mejor güisqui y hablando de fútbol.
Se rebulló en el asiento. Sólo la intermitente chicharra de la emisora lo sacaba de vez en cuando de su negro desasosiego:
- ¿Coche para Plaza de América? ¿Algún coche para la Plaza de América?
- 67, emisora, ¿cual es la dirección?- respondió Tomás desperezándose.
- Plaza de América. Marquesina de la línea C-2 junto a la cafetería Loja. Suba por Constancia que la Plaza de la Noria está cortada por inundación.
- Oído, emisora, voy para allá.
- Gracias, 67.
Arrancó calculando la ruta alternativa. Fuera redoblaba la tormenta y el limpiaparabrisas apenas daba abasto para proporcionarle mínimos huecos de visibilidad. Aún faltaban un par de calles para su destino cuando vio desplomarse el descomunal rayo hasta el suelo. Asustado detuvo el coche a la derecha mientras sonaba la gran traca retrasada y, como si de un eco urbano se tratara, le hicieran coro las alarmas de todos los comercios de la cercana plaza. “¿Qué probabilidad habrá de que un rayo fulmine a una persona?” se preguntó. Tras unos segundos en los que pareció aplacarse un poco la furia de los elementos volvió a poner el coche en marcha sonriendo a la perspectiva de una barbacoa “de yerno”.
Cuando llegó junto a la marquesina chamuscada aún humeaban los afiches publicitarios calcinados y presos entre los cristales. Su aspecto ahumado indicaba a las claras cuál habia sido la otra punta, el destino de la brutal flecha eléctrica que había visto caer unos minutos atrás. La lluvia había apagado el fuego antes de que se corriera a la furgoneta cercana. Se acercó a la parada pero le cortó el paso una zanja llena de agua y basuras y decidió volver a esperar al coche. Tocó el claxon un par de veces y llamó de nuevo a la emisora. Nada. “¡Me voy a casa”, se dijo. “Igual Lucía ha llamado a su madre esta noche”. A lo lejos, entre la cascada de agua, vio una figura de mujer joven. Era menudita y tenía el pelo largo, como su hija Lucía.
Abrió el frigorífico sin prisas y sacó una lata de cerveza. Aún le dolía la mano de la última bofetada, la que la tiró al suelo, y estaba seguro que allí seguiría, llorando y pidiendo perdón, cuando él volviera: ¡Había pasado tantas veces! Ella terminaría entendiendo… y obedeciendo.
Por eso, quizás, cuando el portazo hizo temblar la casa tardó en reaccionar y en pensar en salir en su busca. Iría a por ella y la traería de vuelta aunque fuera por los pelos. Pero estaba lloviendo y recordó que tenía el coche en el taller - ¡La muy lerda me lo ha estropeado, si es que no sabe…!” –. La rabia le hizo calcular rápido, sacar el teléfono móvil y marcar:
- ¿Tele Taxi? Envíeme un coche a la marquesina del C-2 en la Plaza de América, junto al “Loja”. Lo más deprisa que pueda.
- Un momento, por favor, no se retire
Mientras el operador de la emisora lanzaba su reclamo por las ondas salió de la casa, bajó las escaleras, atravesó a oscuras el portal del bloque y salvó corriendo la distancia que separaba el portal de la parada de autobús, con el móvil pegado a la oreja y resbalando a cada poco en la acera.
- ¿Oiga,- recibió poco después la respuesta- Plaza de América? Va para allá el 67.
Jadeando y aterido, se dejó caer contra el poste metálico que mostraba los itinerarios. Estaba empapado, enfadado y… con chinelas de cuero. “¡Que me parta un rayo si no le rompo la…” pensaba enfurecido mirándose los pies mojados. En ese mismo instante, arriba, muy arriba, el bisturí de una centella justiciera que buscaba audaz el camino de la tierra rasgó el lienzo negro del cielo. Apenas un segundo después, Luís sintió como la descarga eléctrica le reventaba los ojos y el corazón. Ya era difunto cuando rodó por la zanja aneja y se hundió en el agua cenagosa, bajo un nenufario de bolsas y restos de basura. El trueno más feroz de la noche se superpuso al rumor con el que el cenagal se tragó su cadáver. Sólo las babuchas volvieron, segundos después, a la superficie y quedaron flotando bocabajo como parte del collage de la inmundicia entre mondas de naranja y cartones de leche. En los alrededores no se encendió ninguna luz, ni paró ningún coche. Siguió lloviendo y tronando como si nadie – o todo el mundo - supiera que, en realidad, la posibilidad de que un rayo fulmine a una persona solamente es de una entre tres millones. Pero, a veces, basta.
Llueve a mares y Marta - sin paraguas tampoco porque se ha ido de su lado y esta es la marcha definitiva - se abraza y camina con rapidez, casi corre, ocupando el centro de la calle y de su vida ; no le importa que el temporal que arrecia mezcle lágrimas y sangre - sus últimas lágrimas , su última y definitiva sangre. Por fin se ha ido y - piensa entre confiada y orgullosa- eso, a veces, basta.
Cae un descomunal rayo solitario y su relámpago formidable ilumina la calle y espolea el pensamiento de Marta: “Debe haber por lo menos una posibilidad entre mil millones de que un rayo fulmine a una persona”.
Y su cara, aún dolorida, reprime una sonrisa mientras mira hacia atrás como buscando la sombra de su verdugo. Unos segundos más tarde, el padre de todos los truenos desaloja de sus oídos los insultos, esta vez sí, los últimos insultos y, de paso, rompe la madrugada desatando una torpe orquesta de alarmas.
El taxi apareció más tarde cuando ya se había apagado el estruendo y se detuvo junto a ella. Marta chorreaba tanta agua como cualquiera de los viejos álamos de la desierta avenida por la que bajaba.
- ¿La llevo a alguna parte?
- No tengo dinero… – dijo y pensó “…ni dónde ir” mientras bajaba la cabeza para acercarla a la ventanilla que se abría cachazuda.
- ¡Suba de todos modos! Menuda suerte la nuestra: usted no tiene dinero y yo no encuentro a mi cliente. Me llamaron por la emisora para que recogiera un servicio en la marquesina de dos calles más atrás pero cuando llegué la acababa de fulminar un rayo, como lo oye. No quiero temer por usted cuando vea caer otro fusilazo como el de antes.
- Gracias pero no sé… - farfulló Marta mientras, a caballo entre la calle y el umbral del coche, se sacudía inútilmente el agua de los cabellos y la ropa.
- Tome – y le alcanzó una toalla que olía confortablemente a lavanda y la acabó de convencer -. Son muchos años de taxi y mi mujer ya me prepara un neceser para estos días.
El número 67 en la puerta del coche llamó su atención. Como si el relámpago aún rebotara dentro de su cabeza iluminando su memoria recordó la única dirección que tenía de su amiga Virtudes.
- Puede llevarme a la calle de la Esperanza, 67, si no le importa.
- ¡Cerca de mi casa, vamos para allá! ¿Vive usted… vives por aquí?
- No, no; ya no, se lo aseguro…
Tomás se había quedado adormilado oyendo la nana del repiqueteo del agua en los cristales del coche. Una vez pasadas las primeras horas de la noche, las madrugadas de lluvia eran ruinosas para el taxi. Había tenido un sueño inquieto. Con su hija. No le había gustado aquel silencio tan inusual en ella durante la comida familiar del domingo. Tenía algo más que hinchazón en los ojos y no sostuvo su mirada ni una sola vez, ni quiso quedarse a solas en la cocina chachareando con él y con su madre como tantos otros fines de semanas. A veces basta una palabra – recordó arrepentido- para hacerla desbordarse y Tomás no se había atrevido a pronunciarla. Mientras tanto, el muy cabrón de su marido estuvo toda la tarde con los cuñados bebiéndose su mejor güisqui y hablando de fútbol.
Se rebulló en el asiento. Sólo la intermitente chicharra de la emisora lo sacaba de vez en cuando de su negro desasosiego:
- ¿Coche para Plaza de América? ¿Algún coche para la Plaza de América?
- 67, emisora, ¿cual es la dirección?- respondió Tomás desperezándose.
- Plaza de América. Marquesina de la línea C-2 junto a la cafetería Loja. Suba por Constancia que la Plaza de la Noria está cortada por inundación.
- Oído, emisora, voy para allá.
- Gracias, 67.
Arrancó calculando la ruta alternativa. Fuera redoblaba la tormenta y el limpiaparabrisas apenas daba abasto para proporcionarle mínimos huecos de visibilidad. Aún faltaban un par de calles para su destino cuando vio desplomarse el descomunal rayo hasta el suelo. Asustado detuvo el coche a la derecha mientras sonaba la gran traca retrasada y, como si de un eco urbano se tratara, le hicieran coro las alarmas de todos los comercios de la cercana plaza. “¿Qué probabilidad habrá de que un rayo fulmine a una persona?” se preguntó. Tras unos segundos en los que pareció aplacarse un poco la furia de los elementos volvió a poner el coche en marcha sonriendo a la perspectiva de una barbacoa “de yerno”.
Cuando llegó junto a la marquesina chamuscada aún humeaban los afiches publicitarios calcinados y presos entre los cristales. Su aspecto ahumado indicaba a las claras cuál habia sido la otra punta, el destino de la brutal flecha eléctrica que había visto caer unos minutos atrás. La lluvia había apagado el fuego antes de que se corriera a la furgoneta cercana. Se acercó a la parada pero le cortó el paso una zanja llena de agua y basuras y decidió volver a esperar al coche. Tocó el claxon un par de veces y llamó de nuevo a la emisora. Nada. “¡Me voy a casa”, se dijo. “Igual Lucía ha llamado a su madre esta noche”. A lo lejos, entre la cascada de agua, vio una figura de mujer joven. Era menudita y tenía el pelo largo, como su hija Lucía.
Abrió el frigorífico sin prisas y sacó una lata de cerveza. Aún le dolía la mano de la última bofetada, la que la tiró al suelo, y estaba seguro que allí seguiría, llorando y pidiendo perdón, cuando él volviera: ¡Había pasado tantas veces! Ella terminaría entendiendo… y obedeciendo.
Por eso, quizás, cuando el portazo hizo temblar la casa tardó en reaccionar y en pensar en salir en su busca. Iría a por ella y la traería de vuelta aunque fuera por los pelos. Pero estaba lloviendo y recordó que tenía el coche en el taller - ¡La muy lerda me lo ha estropeado, si es que no sabe…!” –. La rabia le hizo calcular rápido, sacar el teléfono móvil y marcar:
- ¿Tele Taxi? Envíeme un coche a la marquesina del C-2 en la Plaza de América, junto al “Loja”. Lo más deprisa que pueda.
- Un momento, por favor, no se retire
Mientras el operador de la emisora lanzaba su reclamo por las ondas salió de la casa, bajó las escaleras, atravesó a oscuras el portal del bloque y salvó corriendo la distancia que separaba el portal de la parada de autobús, con el móvil pegado a la oreja y resbalando a cada poco en la acera.
- ¿Oiga,- recibió poco después la respuesta- Plaza de América? Va para allá el 67.
Jadeando y aterido, se dejó caer contra el poste metálico que mostraba los itinerarios. Estaba empapado, enfadado y… con chinelas de cuero. “¡Que me parta un rayo si no le rompo la…” pensaba enfurecido mirándose los pies mojados. En ese mismo instante, arriba, muy arriba, el bisturí de una centella justiciera que buscaba audaz el camino de la tierra rasgó el lienzo negro del cielo. Apenas un segundo después, Luís sintió como la descarga eléctrica le reventaba los ojos y el corazón. Ya era difunto cuando rodó por la zanja aneja y se hundió en el agua cenagosa, bajo un nenufario de bolsas y restos de basura. El trueno más feroz de la noche se superpuso al rumor con el que el cenagal se tragó su cadáver. Sólo las babuchas volvieron, segundos después, a la superficie y quedaron flotando bocabajo como parte del collage de la inmundicia entre mondas de naranja y cartones de leche. En los alrededores no se encendió ninguna luz, ni paró ningún coche. Siguió lloviendo y tronando como si nadie – o todo el mundo - supiera que, en realidad, la posibilidad de que un rayo fulmine a una persona solamente es de una entre tres millones. Pero, a veces, basta.