23 de noviembre de 2010

Las niñas y los niños de la Escuela Infantil El Llano, interpretan "La O y la A", una escena de Cardito de Puchero

Una de las mejores historias que me ha concedido la publicación de mi libro "Cardito de Puchero" ha sido la puesta en escena de la escena de "La O y la A" por parte de las niñas y los niños de la Escuela Infantil El Llano de Paterna. Ocurrió en Mayo de 2011 y nunca agradeceré suficiente a Mari Paz, a Paco Velazquez, al resto del profesorado de la escuela y sobre todo a sus protagonistas, ese luminoso regalo.


26 de septiembre de 2010

Cardito de Puchero en la 2 de RTVE. Dia 1 de Octubre a las 13'30


Quiero invitarios a ver el programa de la RTVE 2 llamado "Con todos la 2" del proximo dia 1 de Octubre a las 13'30 horas. En él me han invitado a participar en una mesa redonda en la que hablaremos de Educación Permanente.

Rosario Gomez Grilo que partcipa en el Taller de .Teatro del CEPEr l La Arboleda Perdida, interpretará el monologo central de la obra basada en mi libro "Cardito de Puchero".



Me gustaria que difundierais esta información entre las personas - alumn@s, profes, allegad@s- para quienes pudiera resultar interesante su seguimiento. GRacias.

22 de mayo de 2009

Estreno de la Obra "Cardito de Puchero"



“CARDITO DE PUCHERO” de Juan Rincón: UN LUJO TEATRAL
Ramón Luque Sánchez

Juan apareció en la puerta del gótico teatro para darnos la bienvenida como por arte de magia. Posteriormente comprobé que era inevitable, estaba en todas partes, revoloteando aquí y allá, como un pajarillo que cae entre los muros de un patio y no puede salir. Los nervios. Era lógico, estaba a punto de estrenarse su “Cardito de puchero”, un libro de relatos que Paco Crespo ha adaptado al teatro y dirigido.
Me sorprendió la sobriedad del escenario: un conjunto de sillas a la izquierda y una especie de atril a la derecha que haría las veces de mesa de la maestra. Cuando el grupo de hombres y mujeres, ya de avanzada edad, entró en escena poco podía imaginar la cantidad de risas y emociones que me estaban reservadas. El autor, según me confesó, tampoco, para él también era una sorpresa. La obra estaba estructura, según explicó Crespo en el escenario, en una serie de sketches extraídos de las historias de Juan Rincón, ese “Cardito de puchero” que tantas satisfacciones le está dando.
El primero, titulado “El cumpleaños” fue delirante. Me vi reflejado a mí mismo dentro de una clase con un grupo de alumnos tratando de sorprenderme con el típico regalo de fin de curso. Al final, como la maestra de la obra, me iba cargado de bombones, o de plumas estilográficas. De todo ha habido. Genial.
El segundo, “La visita”, reflejaba con gracia e inteligencia la visita de un Consejero de nuestra Junta a un centro de adultos. Resultó una parodia de proyectos incumplidos, de verborrea política, y también, cómo no, de la inteligencia natural del pueblo. A él nunca se le engaña.
Con “La O y la A” el público interrumpió la escena para aplaudir repetidamente. Maravillosa la caracterización de la maestra. Comprobé lo que nos ha pasado a tantos docentes demasiadas veces. Cuando se acaban los recursos pedagógicos sólo nos queda gritar. La paciencia tiene un límite y el profesorado puede sentar cátedra cuando se habla del tema.
En “Lectura” se refleja esa íntima satisfacción que produce el aprender a leer, el gozo que origina el descubrimiento del mundo que late mudo detrás de ese montón de palabras que forman los libros. Alegría con mayúsculas como la de los niños pequeños.
Me emocionó “Manuela”. Algo dentro de mí tembló mientras aquella mujer, le daba un aire a María Galiana, desarrolló su largo monólogo. Me retrotrajo a mi infancia, a aquellas historias que oía en casa y que hoy parecen estar extraídas más de la fantasía que de la realidad. Manuela empezó contando su historia, el por qué de ir a esa escuela que la hace tan feliz. De ella saltó a sus compañeras, las experiencias de una generación rota por la guerra y la miseria de una posguerra que a ellas no consiguió arrebatarles la esperanza en un mañana mejor.
Todo acabó con “Historias”. El director del centro les pregunta a hombres y mujeres por qué van a la escuela. Las razones que esgrimen con soltura se transforman en ilusiones que brotan a flor de piel mientras abren un alma siempre cándida y buena. No puedo dejar de mencionar el testimonio de la chica que fue a Madrid no a ver cine y teatro, no, fue a servir. Su llanto sobre el escenario embargó a la concurrencia. Gracias a ella, a todos ellos, pudimos acudir a ese concierto del dúo Dinámico que tanto le ilusionó.
A la salida me despedí de Juan Rincón. Estaba feliz. Yo también. Poco que añadir, sólo mi enhorabuena por cómo ha sabido adentrarse en el espíritu de unos hombres y mujeres joviales y vitales que acuden a la escuela para demostrarnos que la capacidad de soñar no la destruyen las guerras ni las carencias económicas, tampoco la edad. De verdad, Juan Rincón, de verdad, enhorabuena.
PD de Juan Rincón:
La Obra "Cardito de Puchero", interpretada por el grupo de teatro del CEPER La Arboleda Perdida está a disposición de los centros que quieran que vayamos a representarla. Para eso se ha hecho. La obra tiene una hora de duración aproximada y se puede complementar con la presentación del libro.
En breve colgaremos alguna escena de en video.

25 de noviembre de 2008

El Rayo

(Este relato no está incluido en el libro "Cardito de Puchero")





Llueve y Jessica está llorando. O Jessica llora y está lloviendo. No tuvo tiempo - ni intención- de coger un impermeable. En el suelo pensó: “Me voy”, y esta vez lo hizo. Se levantó, dio una bofetada a su corazón y un portazo al que había sido su hogar y se fue. Sola.

Llueve a mares y Jessica, sin paraguas ni impermeable, se abraza y camina con rapidez, casi corre, ocupando el centro de la calle y de su vida ; no le importa que el temporal que arrecia mezcle lágrimas y sangre: sus últimas lágrimas , su última y definitiva sangre. Por fin se ha ido y eso, - piensa entre temerosa, confiada y orgullosa- a veces, basta.
Un par de calles más allá un grupo de chicos y chicas, refugiados de la lluvia en el alero de una cafetería cercana, la ve pasar, la sisea y la invita entre risas mientras se resisten a que unas gotas acaben con su botellón semanal. Jessica recuerda que apenas tres o cuatro años atrás, ella andaba inconsciente en esas movidas sin sospechar ese destino del que hoy se fugaba.
Cae un descomunal rayo solitario y su relámpago formidable ilumina la calle y espolea el pensamiento de Jessica: “Debe haber por lo menos una posibilidad entre mil millones de que un rayo fulmine a una persona”.

Y su cara, aún dolorida, reprime una sonrisa mientras mira hacia atrás como buscando la sombra de su verdugo. Unos segundos más tarde, el padre de todos los truenos desaloja de sus oídos los últimos, esta vez sí, los últimos insultos y, de paso, rompe la madrugada desatando una estúpida orquesta de alarmas.


El taxi apareció más tarde cuando ya se había apagado el estruendo de truenos y alarmas y se detuvo junto a ella. Jessica chorreaba tanta agua como cualquiera de los viejos árboles de la avenida desierta por la que bajaba.

- ¿La llevo a alguna parte?
- No tengo dinero… – dijo y pensó “…ni dónde ir” mientras bajaba la cabeza para acercarla a la ventanilla que se abría cachazuda.
- ¡Suba de todos modos!
- Gracias pero no sé… - farfulló Jessica mientras, a caballo entre la calle y el umbral del coche, se sacudía inútilmente el agua de los cabellos y la ropa.
- Tome – le alcanzó una toalla que olía confortablemente a lavanda y la acabó de convencer -. Son muchos años de taxi y mi mujer ya me prepara un neceser para estos días.
- ...
- Menuda suerte la nuestra: usted no tiene dinero y yo no encuentro a mi cliente. Me llamaron por la emisora para que recogiera un servicio en la marquesina de dos calles más atrás pero cuando llegué la acababa de fulminar un rayo, como lo oye. No quiero temer por usted cuando vea caer otro fusilazo como el de antes.

El número 67 de la licencia llamó su atención. Como si el relámpago aún rebotara dentro de su cabeza iluminando su memoria, recordó la única dirección que tenía de su amiga Milagros.

- Puede llevarme a la calle de la Esperanza, 67, si no le importa.
- ¿La Calle Esperanza?¡Eso pilla cerca de mi casa, vamos para allá! ¿Vives..., vive usted por aquí?
- No, no; ya no, se lo aseguro… A veces basta... - y se detuvo avergonzada.


Manolo se había quedado adormilado oyendo la nana del repiqueteo del agua en los cristales del coche. Una vez pasadas las primeras horas de la noche, las madrugadas de lluvia eran ruinosas para el taxi. Esa misma mañana había vuelto a ver a aquel grupo bajo los paraguas en la Plaza del Polvorista, a las doce, como cada viernes ultimo de mes con sus lacitos y su pancarta y pensó en unirse a ellos, pero no lo hizo. Quizás por ello no conseguía apartar el rostro de su hija de sus pensamientos. No le había gustado nada aquel silencio tan inusual en ella durante la comida familiar del domingo. Tenía algo más que hinchazón en los ojos y no sostuvo su mirada ni una sola vez, ni quiso quedarse a solas en la cocina chachareando con él y con su madre como tantos otros fines de semanas. “A veces basta una palabra...” – recordó arrepentido- “... para hacerla desbordarse”. Una sola palabra, a veces basta. Manolo no se había atrevido a pronunciarla. Mientras tanto, el muy cabrón de su marido estuvo toda la tarde con los cuñados bebiéndose su mejor güisqui y hablando de fútbol.
Se rebulló en el asiento. Sólo la intermitente chicharra de la emisora lo sacaba de vez en cuando de su negro desasosiego:

- ¿Coche para Plaza de la Noria ? ¿Algún coche para la Plaza de la Noria?
- 67 en Virgen del Carmen, emisora, ¿cual es la dirección?- respondió Manolo desperezándose.
- Plaza de la Noria. Marquesina de la línea C-2 junto a La Perla. Entre por la calle Tórtola o por Constitución: la Avenida del Ejercito está cortada por inundación.
- Oído, emisora, voy para allá.
- Gracias, 67.

Arrancó calculando la ruta alternativa. Fuera redoblaba la tormenta y el limpiaparabrisas apenas daba abasto para proporcionarle mínimos huecos de visibilidad. Aún faltaban un par de calles para su destino cuando vio desplomarse el descomunal rayo hasta el suelo. Asustado, detuvo el coche a la derecha, junto a un grupo de juerguistas adolescentes al que el sobrecogedor campeón de los relámpagos parecía haber quitado las ganas de marcha y se disolvía entre distintas direcciones. Mientras, sonaba la gran traca retrasada y, como si de un eco urbano se tratara, las alarmas de todos los comercios de la cercana plaza cacareaban intempestivas. “¿Qué probabilidad habrá de que un rayo fulmine a una persona?” se preguntó. Tras unos segundos en los que pareció aplacarse un poco la furia de los elementos volvió a poner el coche en marcha sonriendo ante la perspectiva de un yerno a la barbacoa.
Cuando llegó junto a la marquesina chamuscada aún humeaban los afiches publicitarios calcinados y presos entre los cristales. Su aspecto ennegrecido indicaba a las claras cuál había sido la otra punta, el destino de la brutal flecha eléctrica que había visto caer unos minutos atrás. La lluvia había apagado el fuego antes de que se corriera a la furgoneta cercana. Se acercó a la parada pero le cortó el paso una zanja llena de agua y basuras y decidió volver a esperar al coche. Tocó el claxon un par de veces y llamó de nuevo a la emisora. Nada. “¡Me voy a casa!”, se dijo. “Igual Lucía ha llamado a su madre esta noche”. A lo lejos, entre la cascada de agua, vio una figura de chica joven. Era menudita y tenía el pelo largo, como su hija Lucía.

Abrió el frigorífico sin prisas y sacó una lata de cerveza. Aún le dolía la mano de la última bofetada, la que la tiró al suelo, y estaba seguro que allí seguiría, llorando y pidiendo perdón, cuando él volviera: ¡Había pasado tantas veces! Ella terminaría entendiendo… y obedeciendo.

Por eso, quizás, cuando el portazo hizo temblar la casa tardó en reaccionar y en pensar en salir en su busca. Iría a por ella y la traería de vuelta aunque fuera por los pelos. Pero estaba lloviendo y recordó que tenía el coche en el taller - ¡La muy lerda me lo ha estropeado; si es que no sabe…!” –. La rabia le nublaba los razonamientos claros y hasta pasados unos minutos no acertó a sacar el teléfono móvil y marcar:

- ¿Puerto Taxi? Envíeme un coche a la marquesina del C-2 en la Plaza de La Noria, junto a “La Perla”. Lo más deprisa que pueda.
- Un momento, por favor, no se retire

Mientras el operador de la emisora lanzaba su reclamo por las ondas salió de la casa, bajó las escaleras, atravesó a oscuras el portal del bloque y salvó corriendo la distancia que separaba el portal de la parada de autobús, con el móvil pegado a la oreja y resbalando a cada poco en la acera.

- ¿Oiga, Noria? - recibió poco después la respuesta- Va para allá el 67.

Jadeando y aterido, se dejó caer contra el poste metálico que mostraba los itinerarios. Estaba empapado, enfadado y… con chinelas de cuero. “¡Que me parta un rayo si no le rompo la…” pensaba enfurecido mirándose los pies mojados. En ese mismo instante, arriba, muy arriba, el bisturí de una centella justiciera que buscaba el camino de la tierra rasgó el lienzo negro del cielo. Apenas un segundo después, Iván sintió como la descarga eléctrica le reventaba los ojos y el corazón. Ya era difunto cuando rodó por la zanja aneja y se hundió en su agua cenagosa, bajo un nenufario de bolsas y restos de basura. El trueno más feroz de la noche se superpuso al rumor con el que el cenagal se tragó su cadáver. Sólo las babuchas volvieron, segundos después, a la superficie y quedaron flotando bocabajo como parte del collage de la inmundicia entre mondas de naranja y cartones de leche. En los alrededores no se encendió ninguna luz, ni paró ningún coche. Siguió lloviendo y tronando como si nadie – o todo el mundo - supiera que, en realidad, la posibilidad de que un rayo fulmine a una persona solamente es de una entre tres millones. Pero, a veces, basta.

4 de septiembre de 2008

Quienes lo han leido probado dicen : (II)

Lee la sinopsis y el comentario que Fernando Cordero y Loli Pareja, del SEP Juan XXIII de Sevilla, me han enviado:




CARDITO DE PUCHERO
Historias de la educación de adultos
Juan Luis Rincón Ares.

El autor es un maestro de esta modalidad formativa con experiencia desde hace ya más de 25 años en ella en El Puerto de Santa María (Cádiz) y que ahora ha puesto por escrito sus experiencias y por extensión las de muchos compañeros jugándose sus cuartos pero diciendo lo que quiere decir.
En un principio vamos a resumir el libro por sus capítulos y luego comentaremos la impresión general.


* Resumen por capítulo del libro o sorbito a sorbito:

1. Campaña sobre campaña: Para empezar, Juan explica cómo empezamos los cursos en EPA, con las campañas de captación para buscar alumnado y convencer a la población de que asistiese a una modalidad educativa no obligatoria y cómo nos mezclábamos con los medios de la sociedad donde nos movíamos.
2. Cantarería, 23 : La búsqueda de locales para la tarea de EPA, una tarea socioeducativa que no sólo se desarrollaba en los colegios ni por los maestros.
3. El regalo del maestro: Cuenta la intimidad de los grupos. Cómo se fragua la organización o no de la compra del regalo al maestro. Regalo que no queremos o que no creemos necesario pero que para las personas de los grupos se hace imprescindible.
4. Gracias por hoy: Capítulo corto que cuenta la experiencia con una inmigrante que nos recuerda que la educación es un acto de amor por encima de burocracias, organización, títulos,…
5. Mercedes: Capítulo con nombre de mujer donde explica la experiencia de ella con sus anécdotas y “cosas”. Lo resaltable es que las cosas que se reflejan pueden ser de cualquier mujer de cualquier centro de Andalucía.
6. Os veo llegar: Capítulo dedicado a los inmigrantes en los centros y que suscribiría cualquier maestro o maestra de los que nos dedicamos a ellos.
7. Rosa, la pistola: Otro capítulo con nombre de mujer de cualquier centro de Andalucía.
8. Si tú no tienes felicidad: Alfabetización e inteligencia; titulación y cultura, teoría y realidad, incultura, economía y conceptos teóricos desbancados desde la realidad y las relaciones personales que se establecen y descubren en los centros.
9. Los profesores somos de Marte y nuestras añlumnas de Venus, por lo menos :

Distintas formas de ver la realidad. Hombres, mujeres, maestros, alumnas, teóricos y prácticos, estudiosos y actuantes. Enfrenta la realidad de las mujeres alfabetizandos con la teoría pedagógica de la Universidad. La forma amorosa de vernos las alumnas con las exigencias de progreso escolar cuando no de titulación académica.
10. Versos pupítricos: Aciertos y errores de los maestros de EPA y las cosas que nos pasan por dentro, en lo emocional, con las personas del centro, porque somos humanos. La paciencia que nos otorgan y la ira que se nos desata en muchas ocasiones.
11. Ars orandi: El diálogo en la realidad de la EPA. La horizontalidad de la relación que se establece entre educadores y educandos y la asunción de los roles y como siempre todo ello extraído de las anécdotas que le pasó al autor y que pasa en la mayoría de los centros de EPA.

El autor extrae teoría pedagógica, didáctica, psicológica, psicopedagógica, de orientación escolar,…, de las anécdotas que le han pasado. ¿O es al revés? Enfrenta las anécdotas diarias de su clase de EPA con la teoría pedagógica que durante años nos han enseñado.
Porque luego quien nos enseña de verdad son los fracasos, los errores, el amor de las personas por sus maestros y la reflexión pausada de esos errores de aplicación, de teorización o eso de tomar distancia, objetivar las cosas, como decía Freire y luego aplicar las modificaciones o mejoras que se adapten mejor a las personas.
Juan ha escrito el libro que muchos maestros de EPA hemos dicho que teníamos que escribir. Aquí recoge las anécdotas que hemos comentado tantas veces y que con el tiempo se van olvidando y como mucho dan para comentarlas con las compañeras y decir: “de esto se puede escribir un libro” o “como nos lo pasaríamos si escribiéramos un libro con estas cosas”.
El autor habla de Rosa, Mercedes,….; como cualquier maestro de EPA podríamos poner otros nombres, los sentimientos fueron los mismos, las vivencias parecidas y las conclusiones similares.
Pero, y siempre tiene que haber un pero, el autor relaciona esas vivencias, personas y sentimientos, con los grandes temas de la EPA: el diálogo, la inteligencia, el aprendizaje cooperativo-directivo,…
Esos grandes temas de formación que tanto y tanto juego teórico han dado y dan y lo mira, analiza y concluye desde la práctica, la realidad, la clase, las personas, el pueblo, la cotidianeidad y extrae conclusiones que dejan de ser teóricas desde el mismo momento que las hace desde esta posición.
Es un libro del pasado, de la experiencia de adultos en El Puerto de Santa María (Cádiz) y por extensión en todos los lugares donde ha habido educación de personas adultas desde esta posición, pero es un libro hecho desde el presente como quien saca de los más profundo de la despensa del recuerdo todo lo que tiene para poder seguir alimentándose y seguir viviendo, actuando y sintiendo en la actualidad.
Y todo ello escrito y aderezado con el más sutil y ameno lenguaje literario, salpicado de preciosas metáforas y condimentado con los profundos sentimientos del autor hacia la educación de personas adultas, haciendo de su lectura la más exquisita ensalada de palabras.

Maria Dolores Pareja Tagua
Fernando Cordero Muñoz