9 de junio de 2009
22 de mayo de 2009
Estreno de la Obra "Cardito de Puchero"
“CARDITO DE PUCHERO” de Juan Rincón: UN LUJO TEATRAL
Ramón Luque Sánchez
Juan apareció en la puerta del gótico teatro para darnos la bienvenida como por arte de magia. Posteriormente comprobé que era inevitable, estaba en todas partes, revoloteando aquí y allá, como un pajarillo que cae entre los muros de un patio y no puede salir. Los nervios. Era lógico, estaba a punto de estrenarse su “Cardito de puchero”, un libro de relatos que Paco Crespo ha adaptado al teatro y dirigido.
Me sorprendió la sobriedad del escenario: un conjunto de sillas a la izquierda y una especie de atril a la derecha que haría las veces de mesa de la maestra. Cuando el grupo de hombres y mujeres, ya de avanzada edad, entró en escena poco podía imaginar la cantidad de risas y emociones que me estaban reservadas. El autor, según me confesó, tampoco, para él también era una sorpresa. La obra estaba estructura, según explicó Crespo en el escenario, en una serie de sketches extraídos de las historias de Juan Rincón, ese “Cardito de puchero” que tantas satisfacciones le está dando.
El primero, titulado “El cumpleaños” fue delirante. Me vi reflejado a mí mismo dentro de una clase con un grupo de alumnos tratando de sorprenderme con el típico regalo de fin de curso. Al final, como la maestra de la obra, me iba cargado de bombones, o de plumas estilográficas. De todo ha habido. Genial.
El segundo, “La visita”, reflejaba con gracia e inteligencia la visita de un Consejero de nuestra Junta a un centro de adultos. Resultó una parodia de proyectos incumplidos, de verborrea política, y también, cómo no, de la inteligencia natural del pueblo. A él nunca se le engaña.
Con “La O y la A” el público interrumpió la escena para aplaudir repetidamente. Maravillosa la caracterización de la maestra. Comprobé lo que nos ha pasado a tantos docentes demasiadas veces. Cuando se acaban los recursos pedagógicos sólo nos queda gritar. La paciencia tiene un límite y el profesorado puede sentar cátedra cuando se habla del tema.
En “Lectura” se refleja esa íntima satisfacción que produce el aprender a leer, el gozo que origina el descubrimiento del mundo que late mudo detrás de ese montón de palabras que forman los libros. Alegría con mayúsculas como la de los niños pequeños.
Me emocionó “Manuela”. Algo dentro de mí tembló mientras aquella mujer, le daba un aire a María Galiana, desarrolló su largo monólogo. Me retrotrajo a mi infancia, a aquellas historias que oía en casa y que hoy parecen estar extraídas más de la fantasía que de la realidad. Manuela empezó contando su historia, el por qué de ir a esa escuela que la hace tan feliz. De ella saltó a sus compañeras, las experiencias de una generación rota por la guerra y la miseria de una posguerra que a ellas no consiguió arrebatarles la esperanza en un mañana mejor.
Todo acabó con “Historias”. El director del centro les pregunta a hombres y mujeres por qué van a la escuela. Las razones que esgrimen con soltura se transforman en ilusiones que brotan a flor de piel mientras abren un alma siempre cándida y buena. No puedo dejar de mencionar el testimonio de la chica que fue a Madrid no a ver cine y teatro, no, fue a servir. Su llanto sobre el escenario embargó a la concurrencia. Gracias a ella, a todos ellos, pudimos acudir a ese concierto del dúo Dinámico que tanto le ilusionó.
A la salida me despedí de Juan Rincón. Estaba feliz. Yo también. Poco que añadir, sólo mi enhorabuena por cómo ha sabido adentrarse en el espíritu de unos hombres y mujeres joviales y vitales que acuden a la escuela para demostrarnos que la capacidad de soñar no la destruyen las guerras ni las carencias económicas, tampoco la edad. De verdad, Juan Rincón, de verdad, enhorabuena.
PD de Juan Rincón:
La Obra "Cardito de Puchero", interpretada por el grupo de teatro del CEPER La Arboleda Perdida está a disposición de los centros que quieran que vayamos a representarla. Para eso se ha hecho. La obra tiene una hora de duración aproximada y se puede complementar con la presentación del libro.
En breve colgaremos alguna escena de en video.
25 de noviembre de 2008
A veces basta.
(Este relato no está incluido en el libro "Cardito de Puchero")
LLueve y Marta está llorando. O Marta llora y está lloviendo. No tuvo tiempo - ni intención- de coger un impermeable. En el suelo pensó: “Me voy”, y esta vez lo hizo. Se levantó, dio una bofetada a su corazón y un portazo al que habia sido su hogar y se fue. Sola.
Llueve a mares y Marta - sin paraguas tampoco porque se ha ido de su lado y esta es la marcha definitiva - se abraza y camina con rapidez, casi corre, ocupando el centro de la calle y de su vida ; no le importa que el temporal que arrecia mezcle lágrimas y sangre - sus últimas lágrimas , su última y definitiva sangre. Por fin se ha ido y - piensa entre confiada y orgullosa- eso, a veces, basta.
Cae un descomunal rayo solitario y su relámpago formidable ilumina la calle y espolea el pensamiento de Marta: “Debe haber por lo menos una posibilidad entre mil millones de que un rayo fulmine a una persona”.
Y su cara, aún dolorida, reprime una sonrisa mientras mira hacia atrás como buscando la sombra de su verdugo. Unos segundos más tarde, el padre de todos los truenos desaloja de sus oídos los insultos, esta vez sí, los últimos insultos y, de paso, rompe la madrugada desatando una torpe orquesta de alarmas.
El taxi apareció más tarde cuando ya se había apagado el estruendo y se detuvo junto a ella. Marta chorreaba tanta agua como cualquiera de los viejos álamos de la desierta avenida por la que bajaba.
- ¿La llevo a alguna parte?
- No tengo dinero… – dijo y pensó “…ni dónde ir” mientras bajaba la cabeza para acercarla a la ventanilla que se abría cachazuda.
- ¡Suba de todos modos! Menuda suerte la nuestra: usted no tiene dinero y yo no encuentro a mi cliente. Me llamaron por la emisora para que recogiera un servicio en la marquesina de dos calles más atrás pero cuando llegué la acababa de fulminar un rayo, como lo oye. No quiero temer por usted cuando vea caer otro fusilazo como el de antes.
- Gracias pero no sé… - farfulló Marta mientras, a caballo entre la calle y el umbral del coche, se sacudía inútilmente el agua de los cabellos y la ropa.
- Tome – y le alcanzó una toalla que olía confortablemente a lavanda y la acabó de convencer -. Son muchos años de taxi y mi mujer ya me prepara un neceser para estos días.
El número 67 en la puerta del coche llamó su atención. Como si el relámpago aún rebotara dentro de su cabeza iluminando su memoria recordó la única dirección que tenía de su amiga Virtudes.
- Puede llevarme a la calle de la Esperanza, 67, si no le importa.
- ¡Cerca de mi casa, vamos para allá! ¿Vive usted… vives por aquí?
- No, no; ya no, se lo aseguro…
Tomás se había quedado adormilado oyendo la nana del repiqueteo del agua en los cristales del coche. Una vez pasadas las primeras horas de la noche, las madrugadas de lluvia eran ruinosas para el taxi. Había tenido un sueño inquieto. Con su hija. No le había gustado aquel silencio tan inusual en ella durante la comida familiar del domingo. Tenía algo más que hinchazón en los ojos y no sostuvo su mirada ni una sola vez, ni quiso quedarse a solas en la cocina chachareando con él y con su madre como tantos otros fines de semanas. A veces basta una palabra – recordó arrepentido- para hacerla desbordarse y Tomás no se había atrevido a pronunciarla. Mientras tanto, el muy cabrón de su marido estuvo toda la tarde con los cuñados bebiéndose su mejor güisqui y hablando de fútbol.
Se rebulló en el asiento. Sólo la intermitente chicharra de la emisora lo sacaba de vez en cuando de su negro desasosiego:
- ¿Coche para Plaza de América? ¿Algún coche para la Plaza de América?
- 67, emisora, ¿cual es la dirección?- respondió Tomás desperezándose.
- Plaza de América. Marquesina de la línea C-2 junto a la cafetería Loja. Suba por Constancia que la Plaza de la Noria está cortada por inundación.
- Oído, emisora, voy para allá.
- Gracias, 67.
Arrancó calculando la ruta alternativa. Fuera redoblaba la tormenta y el limpiaparabrisas apenas daba abasto para proporcionarle mínimos huecos de visibilidad. Aún faltaban un par de calles para su destino cuando vio desplomarse el descomunal rayo hasta el suelo. Asustado detuvo el coche a la derecha mientras sonaba la gran traca retrasada y, como si de un eco urbano se tratara, le hicieran coro las alarmas de todos los comercios de la cercana plaza. “¿Qué probabilidad habrá de que un rayo fulmine a una persona?” se preguntó. Tras unos segundos en los que pareció aplacarse un poco la furia de los elementos volvió a poner el coche en marcha sonriendo a la perspectiva de una barbacoa “de yerno”.
Cuando llegó junto a la marquesina chamuscada aún humeaban los afiches publicitarios calcinados y presos entre los cristales. Su aspecto ahumado indicaba a las claras cuál habia sido la otra punta, el destino de la brutal flecha eléctrica que había visto caer unos minutos atrás. La lluvia había apagado el fuego antes de que se corriera a la furgoneta cercana. Se acercó a la parada pero le cortó el paso una zanja llena de agua y basuras y decidió volver a esperar al coche. Tocó el claxon un par de veces y llamó de nuevo a la emisora. Nada. “¡Me voy a casa”, se dijo. “Igual Lucía ha llamado a su madre esta noche”. A lo lejos, entre la cascada de agua, vio una figura de mujer joven. Era menudita y tenía el pelo largo, como su hija Lucía.
Abrió el frigorífico sin prisas y sacó una lata de cerveza. Aún le dolía la mano de la última bofetada, la que la tiró al suelo, y estaba seguro que allí seguiría, llorando y pidiendo perdón, cuando él volviera: ¡Había pasado tantas veces! Ella terminaría entendiendo… y obedeciendo.
Por eso, quizás, cuando el portazo hizo temblar la casa tardó en reaccionar y en pensar en salir en su busca. Iría a por ella y la traería de vuelta aunque fuera por los pelos. Pero estaba lloviendo y recordó que tenía el coche en el taller - ¡La muy lerda me lo ha estropeado, si es que no sabe…!” –. La rabia le hizo calcular rápido, sacar el teléfono móvil y marcar:
- ¿Tele Taxi? Envíeme un coche a la marquesina del C-2 en la Plaza de América, junto al “Loja”. Lo más deprisa que pueda.
- Un momento, por favor, no se retire
Mientras el operador de la emisora lanzaba su reclamo por las ondas salió de la casa, bajó las escaleras, atravesó a oscuras el portal del bloque y salvó corriendo la distancia que separaba el portal de la parada de autobús, con el móvil pegado a la oreja y resbalando a cada poco en la acera.
- ¿Oiga,- recibió poco después la respuesta- Plaza de América? Va para allá el 67.
Jadeando y aterido, se dejó caer contra el poste metálico que mostraba los itinerarios. Estaba empapado, enfadado y… con chinelas de cuero. “¡Que me parta un rayo si no le rompo la…” pensaba enfurecido mirándose los pies mojados. En ese mismo instante, arriba, muy arriba, el bisturí de una centella justiciera que buscaba audaz el camino de la tierra rasgó el lienzo negro del cielo. Apenas un segundo después, Luís sintió como la descarga eléctrica le reventaba los ojos y el corazón. Ya era difunto cuando rodó por la zanja aneja y se hundió en el agua cenagosa, bajo un nenufario de bolsas y restos de basura. El trueno más feroz de la noche se superpuso al rumor con el que el cenagal se tragó su cadáver. Sólo las babuchas volvieron, segundos después, a la superficie y quedaron flotando bocabajo como parte del collage de la inmundicia entre mondas de naranja y cartones de leche. En los alrededores no se encendió ninguna luz, ni paró ningún coche. Siguió lloviendo y tronando como si nadie – o todo el mundo - supiera que, en realidad, la posibilidad de que un rayo fulmine a una persona solamente es de una entre tres millones. Pero, a veces, basta.
Llueve a mares y Marta - sin paraguas tampoco porque se ha ido de su lado y esta es la marcha definitiva - se abraza y camina con rapidez, casi corre, ocupando el centro de la calle y de su vida ; no le importa que el temporal que arrecia mezcle lágrimas y sangre - sus últimas lágrimas , su última y definitiva sangre. Por fin se ha ido y - piensa entre confiada y orgullosa- eso, a veces, basta.
Cae un descomunal rayo solitario y su relámpago formidable ilumina la calle y espolea el pensamiento de Marta: “Debe haber por lo menos una posibilidad entre mil millones de que un rayo fulmine a una persona”.
Y su cara, aún dolorida, reprime una sonrisa mientras mira hacia atrás como buscando la sombra de su verdugo. Unos segundos más tarde, el padre de todos los truenos desaloja de sus oídos los insultos, esta vez sí, los últimos insultos y, de paso, rompe la madrugada desatando una torpe orquesta de alarmas.
El taxi apareció más tarde cuando ya se había apagado el estruendo y se detuvo junto a ella. Marta chorreaba tanta agua como cualquiera de los viejos álamos de la desierta avenida por la que bajaba.
- ¿La llevo a alguna parte?
- No tengo dinero… – dijo y pensó “…ni dónde ir” mientras bajaba la cabeza para acercarla a la ventanilla que se abría cachazuda.
- ¡Suba de todos modos! Menuda suerte la nuestra: usted no tiene dinero y yo no encuentro a mi cliente. Me llamaron por la emisora para que recogiera un servicio en la marquesina de dos calles más atrás pero cuando llegué la acababa de fulminar un rayo, como lo oye. No quiero temer por usted cuando vea caer otro fusilazo como el de antes.
- Gracias pero no sé… - farfulló Marta mientras, a caballo entre la calle y el umbral del coche, se sacudía inútilmente el agua de los cabellos y la ropa.
- Tome – y le alcanzó una toalla que olía confortablemente a lavanda y la acabó de convencer -. Son muchos años de taxi y mi mujer ya me prepara un neceser para estos días.
El número 67 en la puerta del coche llamó su atención. Como si el relámpago aún rebotara dentro de su cabeza iluminando su memoria recordó la única dirección que tenía de su amiga Virtudes.
- Puede llevarme a la calle de la Esperanza, 67, si no le importa.
- ¡Cerca de mi casa, vamos para allá! ¿Vive usted… vives por aquí?
- No, no; ya no, se lo aseguro…
Tomás se había quedado adormilado oyendo la nana del repiqueteo del agua en los cristales del coche. Una vez pasadas las primeras horas de la noche, las madrugadas de lluvia eran ruinosas para el taxi. Había tenido un sueño inquieto. Con su hija. No le había gustado aquel silencio tan inusual en ella durante la comida familiar del domingo. Tenía algo más que hinchazón en los ojos y no sostuvo su mirada ni una sola vez, ni quiso quedarse a solas en la cocina chachareando con él y con su madre como tantos otros fines de semanas. A veces basta una palabra – recordó arrepentido- para hacerla desbordarse y Tomás no se había atrevido a pronunciarla. Mientras tanto, el muy cabrón de su marido estuvo toda la tarde con los cuñados bebiéndose su mejor güisqui y hablando de fútbol.
Se rebulló en el asiento. Sólo la intermitente chicharra de la emisora lo sacaba de vez en cuando de su negro desasosiego:
- ¿Coche para Plaza de América? ¿Algún coche para la Plaza de América?
- 67, emisora, ¿cual es la dirección?- respondió Tomás desperezándose.
- Plaza de América. Marquesina de la línea C-2 junto a la cafetería Loja. Suba por Constancia que la Plaza de la Noria está cortada por inundación.
- Oído, emisora, voy para allá.
- Gracias, 67.
Arrancó calculando la ruta alternativa. Fuera redoblaba la tormenta y el limpiaparabrisas apenas daba abasto para proporcionarle mínimos huecos de visibilidad. Aún faltaban un par de calles para su destino cuando vio desplomarse el descomunal rayo hasta el suelo. Asustado detuvo el coche a la derecha mientras sonaba la gran traca retrasada y, como si de un eco urbano se tratara, le hicieran coro las alarmas de todos los comercios de la cercana plaza. “¿Qué probabilidad habrá de que un rayo fulmine a una persona?” se preguntó. Tras unos segundos en los que pareció aplacarse un poco la furia de los elementos volvió a poner el coche en marcha sonriendo a la perspectiva de una barbacoa “de yerno”.
Cuando llegó junto a la marquesina chamuscada aún humeaban los afiches publicitarios calcinados y presos entre los cristales. Su aspecto ahumado indicaba a las claras cuál habia sido la otra punta, el destino de la brutal flecha eléctrica que había visto caer unos minutos atrás. La lluvia había apagado el fuego antes de que se corriera a la furgoneta cercana. Se acercó a la parada pero le cortó el paso una zanja llena de agua y basuras y decidió volver a esperar al coche. Tocó el claxon un par de veces y llamó de nuevo a la emisora. Nada. “¡Me voy a casa”, se dijo. “Igual Lucía ha llamado a su madre esta noche”. A lo lejos, entre la cascada de agua, vio una figura de mujer joven. Era menudita y tenía el pelo largo, como su hija Lucía.
Abrió el frigorífico sin prisas y sacó una lata de cerveza. Aún le dolía la mano de la última bofetada, la que la tiró al suelo, y estaba seguro que allí seguiría, llorando y pidiendo perdón, cuando él volviera: ¡Había pasado tantas veces! Ella terminaría entendiendo… y obedeciendo.
Por eso, quizás, cuando el portazo hizo temblar la casa tardó en reaccionar y en pensar en salir en su busca. Iría a por ella y la traería de vuelta aunque fuera por los pelos. Pero estaba lloviendo y recordó que tenía el coche en el taller - ¡La muy lerda me lo ha estropeado, si es que no sabe…!” –. La rabia le hizo calcular rápido, sacar el teléfono móvil y marcar:
- ¿Tele Taxi? Envíeme un coche a la marquesina del C-2 en la Plaza de América, junto al “Loja”. Lo más deprisa que pueda.
- Un momento, por favor, no se retire
Mientras el operador de la emisora lanzaba su reclamo por las ondas salió de la casa, bajó las escaleras, atravesó a oscuras el portal del bloque y salvó corriendo la distancia que separaba el portal de la parada de autobús, con el móvil pegado a la oreja y resbalando a cada poco en la acera.
- ¿Oiga,- recibió poco después la respuesta- Plaza de América? Va para allá el 67.
Jadeando y aterido, se dejó caer contra el poste metálico que mostraba los itinerarios. Estaba empapado, enfadado y… con chinelas de cuero. “¡Que me parta un rayo si no le rompo la…” pensaba enfurecido mirándose los pies mojados. En ese mismo instante, arriba, muy arriba, el bisturí de una centella justiciera que buscaba audaz el camino de la tierra rasgó el lienzo negro del cielo. Apenas un segundo después, Luís sintió como la descarga eléctrica le reventaba los ojos y el corazón. Ya era difunto cuando rodó por la zanja aneja y se hundió en el agua cenagosa, bajo un nenufario de bolsas y restos de basura. El trueno más feroz de la noche se superpuso al rumor con el que el cenagal se tragó su cadáver. Sólo las babuchas volvieron, segundos después, a la superficie y quedaron flotando bocabajo como parte del collage de la inmundicia entre mondas de naranja y cartones de leche. En los alrededores no se encendió ninguna luz, ni paró ningún coche. Siguió lloviendo y tronando como si nadie – o todo el mundo - supiera que, en realidad, la posibilidad de que un rayo fulmine a una persona solamente es de una entre tres millones. Pero, a veces, basta.
7 de noviembre de 2008
La regla de madera
(Este relato no está incluido en el libro "Cardito de Puchero")
“Hilo blanco, zurcido de vidas que se trenzan por amistad y que corre discreto por los dobladillos de cada historia haciendo de dos sendas un solo camino a fuerza de puntadas escondidas en los rincones del corazón.”
- Carmen, gorda, ¿no puedes ir más rápida?
- ¿ Qué bulla tienes, joe? La escuela no cierra hasta por lo menos las nueve. Además ya te he dicho que yo no...
- ¿Que tú no... qué?
En el nimio trayecto que hay entre la casa de Carmen y el Centro de Adultos, Loli tiene que mudar varias veces de estrategia para conseguir que su amiga pase de una vez por el aro.
Primero camina delante de ella, como si tuviera prisa, hablando sin volver la cara, fingiendo unas dosis de confianza y seguridad en los propósitos de su acompañante que en absoluto siente. Carmen, tres metros largos por detrás, arrastra cansina los pies, se para en todos los escaparates incluso en esos de las boutiques de ropa talla 36 a los que de normal no suele hacer ni el más puñetero caso. Desde la orilla de cada acera, antes de cruzar deja pasar a todos los coches incluso los más lejanos, los que aparecen cuatro o cinco calles más arriba. Se para a saludar a todo el mundo y se detiene cansada resoplando cada cuatro pasos. Incluso su cara se ha amohinado y parece la de una de esas chiquillas díscolas que remolonean mañaneras tras su madre.
- Po eso que.... que no me voy a apuntar
- ¿Cómo que no? ¿cómo que no? ¿cuántas veces lo vamos a hablar?
- ...
- Mira, Dolores, que yo lo tengo claro: O tú te sacas el carné de conducir este año o rompemos la sociedad.
- Po la rompemos- dice Carmen por bajinis con un ligero e infantil encogimiento de hombros.
- ¡Po la rompemos!- concluye Loli con un bramido. Hace gesto de indignarse y de seguir adelante sin ella. Carmen la llama y habla de nuevo, conciliadora.
- Fuuu, gorda, es que a mí no me gusta eso de la escuela. ¿Tú crees que a mi edad...? ¡¡¡ Que se van a reír de mi to er mundo !!!
- Más se van a reír los civiles cuando te quiten el coche y el chiringuito.
- ¡Pues lleva tú el coche, te lo doy!
- Eso ya lo hemos hablao, corta el rollo...
- Que no...
A estas alturas, Loli ha renovado su ánimo y mudado la táctica. Se ha instalado en la retaguardia de Carmen y acompaña sus palabras con ligeros toques en la parte posterior de los michelines de su amiga. Ahora es Carmen la que se retuerce melindrosa y se vuelve cada dos por tres, como si tuviera cosquillas, para dar respuesta y replicar a su impaciente mentora.
- Déjame, Lola, te juro por mi mare que a mí las cosas de la escuela no se me dan bien, que yo leo poco y mal y de escribir ni te digo.
- Que te dé la vuelta gorda, sigue pa’lante.
- Po tú te tiene que apuntar conmigo – añade Carmen bajando la cara y poniendo en su voz un timbre de pueril chantaje. Recuerda que Cati, su hija, ponía esa cara cuando quería conseguir algo de ella y siente un poco de vergüenza de sí misma pero mantiene, terca, el puchero.
- Ya veremos, eso será o serón....
- -No, que va..
Cuando doblan la última esquina y se divisa ya el vetusto edificio de la escuela, Lola ha agotado todos sus embelecos y, por último, se cuelga del brazo de su amiga y prácticamente la remolca a cada paso.
- ¡Oju! Ahí está. – dice Carmen al verla y sentir como un sudor frío le cae por la cara y le humedece las manos. – Loli, de verdad, por mis niños, que me pongo mala.
- Carmen, gorda, ¿no puedes ir más rápida?
- ¿ Qué bulla tienes, joe? La escuela no cierra hasta por lo menos las nueve. Además ya te he dicho que yo no...
- ¿Que tú no... qué?
En el nimio trayecto que hay entre la casa de Carmen y el Centro de Adultos, Loli tiene que mudar varias veces de estrategia para conseguir que su amiga pase de una vez por el aro.
Primero camina delante de ella, como si tuviera prisa, hablando sin volver la cara, fingiendo unas dosis de confianza y seguridad en los propósitos de su acompañante que en absoluto siente. Carmen, tres metros largos por detrás, arrastra cansina los pies, se para en todos los escaparates incluso en esos de las boutiques de ropa talla 36 a los que de normal no suele hacer ni el más puñetero caso. Desde la orilla de cada acera, antes de cruzar deja pasar a todos los coches incluso los más lejanos, los que aparecen cuatro o cinco calles más arriba. Se para a saludar a todo el mundo y se detiene cansada resoplando cada cuatro pasos. Incluso su cara se ha amohinado y parece la de una de esas chiquillas díscolas que remolonean mañaneras tras su madre.
- Po eso que.... que no me voy a apuntar
- ¿Cómo que no? ¿cómo que no? ¿cuántas veces lo vamos a hablar?
- ...
- Mira, Dolores, que yo lo tengo claro: O tú te sacas el carné de conducir este año o rompemos la sociedad.
- Po la rompemos- dice Carmen por bajinis con un ligero e infantil encogimiento de hombros.
- ¡Po la rompemos!- concluye Loli con un bramido. Hace gesto de indignarse y de seguir adelante sin ella. Carmen la llama y habla de nuevo, conciliadora.
- Fuuu, gorda, es que a mí no me gusta eso de la escuela. ¿Tú crees que a mi edad...? ¡¡¡ Que se van a reír de mi to er mundo !!!
- Más se van a reír los civiles cuando te quiten el coche y el chiringuito.
- ¡Pues lleva tú el coche, te lo doy!
- Eso ya lo hemos hablao, corta el rollo...
- Que no...
A estas alturas, Loli ha renovado su ánimo y mudado la táctica. Se ha instalado en la retaguardia de Carmen y acompaña sus palabras con ligeros toques en la parte posterior de los michelines de su amiga. Ahora es Carmen la que se retuerce melindrosa y se vuelve cada dos por tres, como si tuviera cosquillas, para dar respuesta y replicar a su impaciente mentora.
- Déjame, Lola, te juro por mi mare que a mí las cosas de la escuela no se me dan bien, que yo leo poco y mal y de escribir ni te digo.
- Que te dé la vuelta gorda, sigue pa’lante.
- Po tú te tiene que apuntar conmigo – añade Carmen bajando la cara y poniendo en su voz un timbre de pueril chantaje. Recuerda que Cati, su hija, ponía esa cara cuando quería conseguir algo de ella y siente un poco de vergüenza de sí misma pero mantiene, terca, el puchero.
- Ya veremos, eso será o serón....
- -No, que va..
Cuando doblan la última esquina y se divisa ya el vetusto edificio de la escuela, Lola ha agotado todos sus embelecos y, por último, se cuelga del brazo de su amiga y prácticamente la remolca a cada paso.
- ¡Oju! Ahí está. – dice Carmen al verla y sentir como un sudor frío le cae por la cara y le humedece las manos. – Loli, de verdad, por mis niños, que me pongo mala.
“Hilo negro, cabo de noche y de miedos, cruel y desmedido, que pespuntea las conciencias remendando mal y tarde los viejos rotos y descosidos infantiles.”
Carmen sabe que la cosa no debe ser para tanto pero no puede evitar aquellos estremecimientos. Hace años que, como a las tres y media de la tarde o un poco antes quizás, cuando está terminando el fregado y se asoma por la ventana de la cocina, ve que algunas vecinas de la calle inician la peregrinación hacia la escuelita de la calle La Tona. Las ve asomarse muy compuestas, casi como de domingo, a la casapuerta. La mayoría prefiere esperar a las compañeras que pasan a recogerlas y es tierno, piensa Carmen, ver como, poco a poco, de puerta en puerta, se va formando un arroyo de mujeres risueñas con afluentes que suman a su paso por las callecitas, una riada de ilusiones diaria y tenaz que llega puntual llueva o apriete el calor poco antes de las cuatro en punto a la puerta del colegio siempre antes de que el maestro o la maestra abran la puerta.
Recuerda con un extraño rubor de complicidad lo que, años atrás, le había contado su vecina de enfrente. Asunción era una de las pioneras de la escuela, de esas que, durante muchos años, iniciaba el recorrido antes que nadie como si su veteranía fuera un deber moral. La primera vez que hablaron, hacía muchos años, fue un descubrimiento. Carmen llevaba apenas poco tiempo en aquella casa y casi desde el primer día veía a su vecina salir sola después de comer y coger la cuesta abajo con dirección desconocida.
- ¿Dónde va cada tarde, Asunción?- se atrevió a preguntar Carmen un día haciendo como que barría la puerta.
- Al Corte, hija, al Corte- señalando una gran regla de madera que asomaba del bolso y abriendo la mano en cuya palma sudada jugueteaban unas hebras de colores
- Ah, al Corte; pues yo también debería aprender a coser.
- Pues nada, a ver si te animas y te apuntas conmigo- añadió Asunción suspirando y perdiéndose discreta calle abajo.
La estrategia del Corte, supo después Carmen, duró más de uno y de dos años y no fue Asunción la única que la usó. En dos turnos, a las cuatro y a las siete, las conspiradoras de la regla de madera y las hilachas en la mano salían furtivas y sigilosas para llegar a la escuela, que entonces no estaba en el centro, sino en un colegio de EGB de las afueras.
Poco a poco , le había contado Asunción un día que tuvo que dejarle a Juan Antonio mientras llevaba a Cati al médico, fueron saliendo de una en una y en grupos del armario de la vergüenza y tomando las calles para sus fiestas , sus trabajos y sus reivindicaciones. Para cuando se mudaron al edificio de la calle La Tona , las reglas de madera y las hilachas de colores volvieron a sus cajones y la escuela de adultos –de adultas más bien- se hizo parte entrañable del paisaje cultural del pueblo. Ahora Asunción había dejado de ir a la escuela, ya no oía ni veía bien y las piernas tampoco le daban para muchas alegrías pero seguía hablándole maravillas de su colegio, así lo llamaba, cada vez que se encontraban y la animaba a engancharse.
“Hilo verde, “verde luna, verde rama”, fibra de esperanza trabajada con agujas que traspasan el presente y, “verde que te quiero verde”, cose con fiereza el futuro soñado a los retales de la vida cotidiana.”
Pero Carmen siempre estaba demasiado ocupada cuidando a su marido, a Cati y luego a Juan Antonio como para pensar en pizarras negras y letras escurridizas. Al fin y al cabo, ella sabía leer para su apaño, aunque escribir se le hiciera cuesta arriba porque las palabras se le rebelaban, se pegaban unas con otras incluso a veces no conseguía encontrar la letra que se escondía en el centro o al final de alguna palabra. Y de vocabulario andaba peor que una máquina de tabaco pues aparte de las revistas de dietas la verdad es que apenas leía.
Mientras estuvo con Juan, él se encargaba de leerle, de traducirle, más mal que bien, los papeles que le llegaban de la escuela o del médico y después de la separación fue su hija Cati la que se encargó de explicarle las notas de Juan Antonio o los avisos frecuentes de corte de la luz o del teléfono.
Recuerda con un extraño rubor de complicidad lo que, años atrás, le había contado su vecina de enfrente. Asunción era una de las pioneras de la escuela, de esas que, durante muchos años, iniciaba el recorrido antes que nadie como si su veteranía fuera un deber moral. La primera vez que hablaron, hacía muchos años, fue un descubrimiento. Carmen llevaba apenas poco tiempo en aquella casa y casi desde el primer día veía a su vecina salir sola después de comer y coger la cuesta abajo con dirección desconocida.
- ¿Dónde va cada tarde, Asunción?- se atrevió a preguntar Carmen un día haciendo como que barría la puerta.
- Al Corte, hija, al Corte- señalando una gran regla de madera que asomaba del bolso y abriendo la mano en cuya palma sudada jugueteaban unas hebras de colores
- Ah, al Corte; pues yo también debería aprender a coser.
- Pues nada, a ver si te animas y te apuntas conmigo- añadió Asunción suspirando y perdiéndose discreta calle abajo.
La estrategia del Corte, supo después Carmen, duró más de uno y de dos años y no fue Asunción la única que la usó. En dos turnos, a las cuatro y a las siete, las conspiradoras de la regla de madera y las hilachas en la mano salían furtivas y sigilosas para llegar a la escuela, que entonces no estaba en el centro, sino en un colegio de EGB de las afueras.
Poco a poco , le había contado Asunción un día que tuvo que dejarle a Juan Antonio mientras llevaba a Cati al médico, fueron saliendo de una en una y en grupos del armario de la vergüenza y tomando las calles para sus fiestas , sus trabajos y sus reivindicaciones. Para cuando se mudaron al edificio de la calle La Tona , las reglas de madera y las hilachas de colores volvieron a sus cajones y la escuela de adultos –de adultas más bien- se hizo parte entrañable del paisaje cultural del pueblo. Ahora Asunción había dejado de ir a la escuela, ya no oía ni veía bien y las piernas tampoco le daban para muchas alegrías pero seguía hablándole maravillas de su colegio, así lo llamaba, cada vez que se encontraban y la animaba a engancharse.
“Hilo verde, “verde luna, verde rama”, fibra de esperanza trabajada con agujas que traspasan el presente y, “verde que te quiero verde”, cose con fiereza el futuro soñado a los retales de la vida cotidiana.”
Pero Carmen siempre estaba demasiado ocupada cuidando a su marido, a Cati y luego a Juan Antonio como para pensar en pizarras negras y letras escurridizas. Al fin y al cabo, ella sabía leer para su apaño, aunque escribir se le hiciera cuesta arriba porque las palabras se le rebelaban, se pegaban unas con otras incluso a veces no conseguía encontrar la letra que se escondía en el centro o al final de alguna palabra. Y de vocabulario andaba peor que una máquina de tabaco pues aparte de las revistas de dietas la verdad es que apenas leía.
Mientras estuvo con Juan, él se encargaba de leerle, de traducirle, más mal que bien, los papeles que le llegaban de la escuela o del médico y después de la separación fue su hija Cati la que se encargó de explicarle las notas de Juan Antonio o los avisos frecuentes de corte de la luz o del teléfono.
“Hilo amarillo, fibra de oro , brillante y maldito, cuerda de atar, ferrete de marcar maldito que se funde engañoso en alianzas de amor y sexo, que borda una vida sobre otra, que tapa la vida de ella con la excusa de ser dos.”
“Con las cuentas…”, se dice a sí misma o intenta convencer a Loli, “...nadie me engaña” pero no es cierto; la verdad es que se arregla bien sumando y restando con la ayuda más o menos clandestina de las dedos de las manos y de los pies pero en cuanto la sacan de la aritmética diaria, la de los cobros , las vueltas y los “mandaos”, cuando debe hacer números de los grandes – la hipoteca , los plazos de los impuestos, los seguros.... - le duele la cabeza y calcula y paga más por intuición que por certeza temiendo siempre el error público y fatal. Cati le enseñó a defenderse con la calculadora y sin ella difícilmente hubiera podido llevar la esquelética contabilidad del puesto de camisetas – montoncito para comprar mercancía, otro para los permisos y la gasolina y para comer y lo demás, pellizquitos a un lado y a otro - hasta que se asoció con Lola y ella se hizo cargo del resto de las facturas y recibos que sobrevivían repartidos por la guantera y la trasera del coche.
Carmen aprovechó la facilidad para las cuentas y la administración que manifestaba Lola para hacer, con los datos que le proporcionaba su amiga, un balance general de su situación económica. Intuía que lo de la hipoteca de la casa tenía muy mala cara pero hacía un año que el del Banco le había vuelto a hacer los papeles y había respirado aliviada. Pero ahora llevaba otra vez muchos meses sin pagar ningún recibo. Y luego cuando hicieron el primer cálculo de rendimiento del puesto que tenían en los mercadillos, le entraron ganas de echarse a llorar. El negocio daba mal que bien para comer y pagar gastos pero no permitía sacar un duro para nada más, ni pagar el préstamo que le hizo el Lolo ni mucho menos para sacar un sueldo para las dos. Sin embargo, aquellos números que tanto miedo le daban no parecían asustar a Lola, quizás porque su amiga los entendía en toda su magnitud mientras que a Carmen se le escapaban de la cabeza y las pesetas se le salían de la calculadora de seis dígitos con la que solía trabajar. Y luego vino lo del euro y fue peor…
“Hilo de plata, recortes de luna que a la mar se roban en la noche para tejer las complicidades verdaderas, día a día, sueño a sueño, palabra a palabra.”
Según dice Lola, basta con poner un puesto el doble de grande y trabajar en un par de mercadillos más para que la situación cambie, es decir, mejore. Pero lo del carné las tiene paralizadas. Loli tiene el permiso de conducir pero como si no lo tuviera; está dispuesta a no cobrar, a seguir viviendo de la pensión de su madre y a posponer su emancipación los años que hagan falta, a trabajar sábados y domingos pero de ninguna, ninguna manera se plantea conducir ella la furgoneta ni permitir que Carmen siga todo el día en la carretera sin tener el carné. No sabe de dónde le viene ese pánico a la carretera pero los mismos sudores fríos que le producen a su amiga la escuela y sus contornos le vienen a ella cuando se imagina al volante de la furgoneta. Siente como se le aflojan el estómago y las piernas como si se fuese a cagar y mear encima y a caer un momento después desmayada sobre sus propias heces. Su paso por la autoescuela, hacía muchísimos años y obligada por su padre, fue una tortura para ella y una ruina para la economía familiar.
Carmen, al contrario, es todo pericia al volante, conduce desde que Juan la enseñó antes de tener a los niños, pero nunca pudo con “la teórica”.
Por ese insensato terror, Lola está dispuesta a acompañarla a la escuela cada día que necesite para prepararse para el examen, a matricularse con ella, a aprender de nuevo a leer y a escribir si es preciso pero de este curso no pasa.
En eso andan, perdidas cada una en sus propias órbitas mentales de miedos y esperanzas cuando atraviesan el umbral de la escuela.
No hay portero ni nadie controlando el hall pequeñito donde lo más grande es el tablón de anuncios que ocupa todo el lateral derecho.
Carmen se sorprende. Apenas puede identificar nada de aquello con sus recuerdos de la escuela, estampas rancias de tiempo y disciplina antigua, de cartelitos con caligrafía de monja, impecable, que prohibían todo lo prohibible y la imagen triste de un portero dejado y gruñón apestando siempre a tabaco malo y a aguardiente mañanero que empujaba con malas maneras a las rezagadas hacia las aulas. No, allí no hay nada de aquello. Ni siquiera silencio. En el tablón de anuncios se amontonan todo tipo de carteles como si se tratara de otra pared más de la plaza, sólo que aquí los pasquines, las fotos, los anuncios no se solapan unos a otros robándose el sitio pidiendo el voto, anunciando el circo o el último disco de Camela sino que se complementan ocupando los espacios en un minucioso y trabajado puzzle que Carmen recorre con la vista. Hay una sección de anuncios de trabajo aunque las demandas superan con mucho a las ofertas; un Bando del Ayuntamiento sobre encalado de fachadas donde alguien ha escrito con letra vacilante por la postura forzada y la inclinación traviesa : ¡ Queremo más ladriyo, SINBERGUEZAS, más viviendas disnas y meno cal!, un cartel que anuncia otra huelga general en el sector naval y hasta un anuncio de la novena a la Patrona que hace un mes que ha terminado. Hasta han colgado en el rincón más cómodo de leer una fotocopia de una dieta que , cosa extraña , le es desconocida
Dieta de los colores y las piedras
Lunes
Desayuno:-Té de frutas-2 trozos de queso descremado.
Almuerzo:- 1 filete de corvina a la plancha.-Ensalada de apio, manzana verde y 1 huevo sin yema.-Gelatina dietética de manzana mezclada con yogurt descremado.
Merienda:-Yogur descremado con 1 cucharada de germen de trigo.
Cena: - 1 berenjena blanca rellena con ricota al horno.- Manzana verde asada.
Si siente hambre entre comidas puede comer aceitunas verdes y queso descremado, beba en forma abundante té de tilo con melisa…..
Y así sigue, con una recomendación para cada día de la semana. Carmen empieza a leerla vocalizando, como probándose, haciendo inventario de sus habilidades antes de decidirse.
- Mira gorda, - comenta haciendo una pausa y señalando la fotocopia, intentando ganar la atención de su amiga - alguien sabía que veníamos y nos da la bienvenida.
Lola que ha cogido un folleto sobre el Centro de Adultos que hay sobre el banco en el que estaba sentada y lo lee con inusitada atención le hace un gesto con la mano de que se espere.
Cuatro puertas permanecen cerradas en el lateral contrario del hall donde esperan y, al fondo una escalera estrechita da la vuelta y se pierde de la vista anunciando quizás uno o dos pisos más con semejante distribución. Carmen piensa que tras las puertas cerradas deben estar las clases pues oye un bulle-bulle de conversaciones detrás de cada una de ellas. El volumen en la más cercana va subiendo y de pronto se troca en un escándalo de sillas y mesas que se mueven entre risas nerviosas y órdenes que se contradicen:
- Tú cormigo, Pepa.
- No, no, la Pepa es mi compañera, búscate tú otra.
- ¡Que no, que la Pepa es cormigo........
De repente, un radiocasete demasiado potente vomita la introducción de unas sevillanas y se escuchan las primeras palmas.
- “Que no sé leer, que no sé leer....
Ya se oyen los pasos arrastrados y los oles de la primera de las cuatro coplas. Lola y Carmen se miran extrañadas.
- Mira Lola, ¿ lo ves? , esto es una pérdida de tiempo, yo no quiero aprender a bailar.¡ Bonita iba a estar yo ....
Un hombre de unos treinta y tantos años sale raudo de la clase que estaba al lado de las bailarinas, con cara de pocos amigos y sin detenerse a mirarlas siquiera, toca impaciente la puerta de las bailaoras. Como no le responden desde dentro, abre de golpe la puerta y suelta a bocajarro con unas gotas de mal humor:
- ¿Otra vez sevillanas ? Que no me dejáis trabajar con mi gente. Ponedlas más bajito,..... por favor...
- Ya, ya, Manolo, perdona- se oye excusarse colectivamente a las de dentro.
- Manolo, no seas más gruñón y báilate una conmigo – dice alguien con más autoridad o al menos con más confianza en la voz.
- Si , lo que me faltaba, no te ...
El volumen de la música disminuye al momento y al regresar a su clase el reñidor parece de mejor humor. Su mirada se cruza con la de Lola, pues Carmen disimula haciendo como que sigue leyendo el tablón, mientras con el rabillo del ojo observa la escena que se produce unos metros más allá.
- ¿Queríais algo?
- Yo, yo soy la que habló por teléfono con... ¿usted es Don Manolo?
- Manolo, sí, Manolo, nada más. ¿Llamaste el lunes, no?... Esperad cinco minutos que acabo la clase y os atiendo ¿vale?
- Sí, sí, esperaremos fuera.
- No, de verdad, seguid sentadas ahí que estáis en vuestra casa. Ahora vengo.
Y se pierde de nuevo cerrando la puerta que, al salir, ha dejado encajada y por la que se escapa un reconfortante runrún laborioso.
- Lola, vámonos que ese tío tiene cara de mala leche, ¿has visto como les reñía a las de las sevillanas?
- Qué mala leche ni mala leche. - suspira Lola contra la puerta que se acaba de cerrar- De leche como esa me bebía yo litros y litros. ¿No has visto que está como un queso?
- Po quédate tú aquí , que yo voy a mi casa y te traigo el pan, te haces el bocadillo y te lo comes que yo no estoy pa tonterías ni pa quesitos.
- Gorda, de ahí no te mueves tú hasta que salga ese hombre, te lo juro por San Biomanán – gruñe Lola colocándose entre ella y la puerta.
La puerta de la clase donde bailan se abre y de ella ven salir una mujer que arrastra un poco la pierna derecha pero que a pesar de ello se mueve con una rapidez insospechada. Se detiene en el umbral mirando hacia dentro sofocada, con las mejillas rojas y dice:
- Esperarme que me meo, joé.
La recién salida dice “¡Buenas tardes! ” al darse cuenta de que había gente fuera y al mirarlas detenidamente, las reconoce y se dirige a Carmen casi gritándole:
- ¿Qué haces tú aquí, Marme? ¡ Que alegría de verte en mi colegio!
Es Pepi “la coja”, una amiga de la pandilla de niñas que tenían con doce o trece años con la que había mantenido el contacto de mayores. “Lo llama mi colegio, igual que la señora Asunción”, se anota Carmen en la cabeza. La Pepi se acerca, la abraza y la besa en ambas mejillas.
- ¡Ira la Pepi, Lola! Si es la Pepi... – exclama sorprendida Carmen por la aparición pero manteniendo el abrazo.
Lola le hace apenas de saludo con la cabeza: la Pepi nunca había sido “santo de su devoción”.
- ¿Qué hace aquí, Marme? ¿Te va a apuntá en mi cole?
- Eso quiere ésta que me apunte en lo del carné pero yo no sé, ya soy mú mayor y no tengo tiempo.
- Que dice de mayó , Marme, que dice... tú tienes mi misma edad y aquí estoy yo.
- Pero tú sabes leer, Pepi.
- ¿Y qué? Yo me estoy sacando el carné con la señorita Carmen.
- ¡Que estudio más raro el de ustedes.... bailando sevillanas!.
- Hija, pa tó hay tiempo. Cuando acaba la clase y terminamos de hacer el test , la Charo”la bonita”, que baila mu bien nos está enseñando pá la feria. Así lo podremos celebrá cuando nos saquemos el carné.
- Maripepi, chochi, mea ya que se nos pasa el tiempo- se oye gritar desde dentro.
- Voy, voy, esperadme. Oye, Marme, que me tengo que ir, espérame que salga y seguimos hablando.
- Tenemos que hablar con Don Manolo- tercia seria Loli.
- Habla con la señorita Antonia que es la que lleva lo del carné.
Pepi les abre la puerta invitándolas a pasar con el gesto y por el hueco ven una pequeña aula decorada de señales de tráfico artesanales, hechas a pulso con rotuladores, ceras, cartulinas y buena voluntad. En el centro de la clase , en el hueco que dejan las mesas amontonadas, cinco parejas sofocadas pasan las cuatro veces que pide la cuarta de las sevillanas, marcándolas con las palabras:
- Una, dos, tres y cuatro, vuelta y olé.
Es la Charo, otra conocida, la que da las instrucciones.
Pepi se ha perdido pasillo adelante dejándolas en el interior de la clase, apenas un par de metros separadas de las otras por la barricada de las mesas desalojadas de su sitio diario para hacer pista para las aprendizas.
- ¿Queréis bailar?- dijo la más joven de las mujeres, la que estaba desparejada por las urgencias de Pepi.
- ¡Uy, no, por Dios!- contesta Carmen horrorizada - ¿tú crees que yo con esta barriga que tengo puedo bailar sevillanas?
- Po fíjate yo- replica la más lejana que en verdad no tiene ni un gramo que envidiar a Carmen.
- No, de verdad, si es que la Pepi nos ha dicho que pasáramos hasta que viniera Don Manolo o la señorita María Antonia.
- Pues la “señorita” María Antonia soy yo, asin que ya me habéis encontrado- dice la gorda que les acaba de hablar mientras las otras se ríen de la confusión. – Venga niñas, vamos a dejarlo que hoy tengo clientas que atender.
- No, déjelo usted, esperamos a Don Manolo aquí fuera. – regatea confusa Loli.
- ¿Don Manolo? Ah, Manolín, ya, ya... Bueno, ni mijita, habláis con los dos. Y por cierto hablarme de tú que tenemos la misma edad , la misma talla y más cosas en común.. – esto último lo dice sonriendo a la vez que remarca las redondeces de sus figuras. Luego añade dirigiéndose a las sudorosas alumnas - Venga, ustedes, a dejar las mesas como estaban y hasta mañana. Acordarse de repasar las señales verticales del código que eso cae seguro en el examen.
Antonia ya las invita a salir de la clase mientras las demás se organizan ruidosamente para devolver todo a su sitio.
Carmen sigue sorprendida, con el labio inferior un poco descolgado. La clase es pequeña pero luminosa y hasta tiene cortinas en las ventanas, unos visillos blancos que le dan sensación de hogar. De todos modos , aquel tuteo casi obligatorio e inesperado, aquella maestra tan gorda y que bailaba, aquel sofoco de sevillanas tan diferente de la letanía de rosarios que recuerda, le hace sentir algo ambiguo. Por un lado se alegra de no tener que volver al ambiente opresivo y oscuro que recuerda pero por otro, duda seriamente de que consiga aprender algo más que tonterías entre aquel grupo de “frívolas” y alegres comadres.
Antonia, que aún se seca el sudor con una toallita pequeña que ha sacado del bolso, las hace pasar a otra sala más pequeña, donde hay una biblioteca desordenada, una fotocopiadora y.... Manolo, el “serio”, haciendo copias en ella. La cara de Loli cambia al encontrarlo allí.
- Sentaros ahí mismo- indica Manolo colocando sobre la mesa dos solicitudes. ¿Tenéis el carné de identidad ahí?. Es para hacer los papeles.
Carmen se siente atrapada y mira a Loli pidiendo ayuda. Eso no es lo que habían hablado ...al menos no así, tan repentino.
- Es que... mi amiga, quiere saber un poco más sobre esto, como funciona...
- ¡Anda ya, Manolo!- dice Antonia apartando las solicitudes- que siempre tienes prisa para “to-do”.
Lola cree adivinar un “reproche” en aquel “para todo” que ha lanzado a Antonio pero no quiere creerse que pueda haber algo más que una relación profesional entre aquel pedazo de tío y una mujer tan gorda como ella por muy maestra que sea.
Ni Antonia, ni Manolo son del pueblo y no conocen las historias de Carmen y su socia les refieren pero en aquella media hora de conversación relajada a Carmen se le aflojan bastante las defensas antiescolares. Hasta se atreven a preguntar que qué es eso de la Dieta de los Colores que está en el tablón de anuncio y María Antonia comparte con ellas - ya Manolo se ha retirado a hacer fotocopias - su experiencia en dietas y regímenes de hambre.
“Hilo azul, hilacha de voz y tinta que escribe en el aire los pasados y los presentes, que se modela y muta en cordón sonoro de la boca a los ojos y a los oídos, que se hace agua , añil, y se bebe en compañía cómplice.”
Hablarán mucho rato, tanto que al final serán las propias alumnas del siguiente turno las que vengan a reclamar a su tutora. Carmen se comprometerá a asistir a dos o tres clases para probar y, luego, a matricularse si ve claro el asunto. Se lo están pintando demasiado fácil y quiere recelar aunque intuye – de nuevo su maravillosa o fastidiosa capacidad de adelantarse - que la escuela la está ganando para su causa.
“Hilo morado, hebra preñada de ilusiones que une fuerte las voluntades, que borda con letra historiada las palabras olvidadas, las caras ocultas que sólo pueden mirar la Luna porque se les negó el Sol y la sal desde que la comadrona anunció su sexo.”
Lola está ganada desde el principio por aquel ambiente sugestivo y por el rostro y los gestos de aquel maestro tan jovencito y formal. Se apuntará en un grupo de teatro y en otro de informática y en todo lo que pueda encontrar para coincidir en horario con su amiga Carmen y ...con D. Manuel Ramírez.
Cuando vuelvan a la calle caminarán en silencio durante un rato sumida cada una en sus pensamientos.
Lola caminará delante y se desviará bastante del itinerario de ida. Cuando Carmen la vea parada delante de la puerta de la papelería y comprenda sus intenciones querrá protestar pero Lola sacará esa voz de sargento que guarda para las ocasiones especiales y la mandará callar ordenando:
- Calla y pasa pa’ dentro.
Carmen pasará a desgana y se quedará junto al mostrador mirando a uno y otro lado mientras Lola irá desgranando sus peticiones al dependiente:
- Queríamos dos cuadernos, dos lápices Noris del número 2, dos bolígrafos rojos, dos negros y dos azules, dos borradores, dos sacapuntas, dos estuches, ...¿la maleta pa llevarlo también te la elijo yo? – dirá esto último mirando a Carmen, pinchándola.
- Pero Lola, que yo no llevo dinero pa...
- ¡Gastos de representación a cargo de la empresa!- Lola cortará en seco la reclamación poniendo sobre el mostrador el bolsito donde suelen llevar la recaudación del día
Lola escogerá un bolso vaquero donde cabrá todo el material. Carmen se entretendrá mirando aquí y allí y al final optará por una bolsa negra de polipiel que parece un bolso de salir.
-¡Anda hija, que fúnebre!- le regañará su amiga mientras Carmen coloca su parte de material dentro del bolso.
- Y me da también una regla de madera de las grandes, de las más grandes que tenga – añadirá Carmen cuando la dependienta se disponga a hacer la cuenta.
- ¿Para qué la quieres? - interrogará su socia
“Hilacha morada, otra vez, color de miedos y de ilusiones, de auroras y ocasos que una misma cosa son cuando la vida se da la vuelta y nos coloca, de nuevo, frente a nuestros miedos, los primeros, los más ocultos y más presentes.”
- Cosas mías, Lola - responderá Carmen suspirando al fin - , cosas mías.
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