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24 de noviembre de 2014
Carta a mi amiga Pepa.
Para: Pepa <pepapinto@hotmail.com>
Asunto: Carta a
mi amiga Pepa que hace 20 años que no la
veo, por lo menos.
Archivos
Adjuntos: ´Foto de
Familia23.JPG (3,2 MB)
´CEPER
La Arboleda Perdida.PPT (4,2MB)
ola
Pepa:
Sé que te extrañará recibir esta carta mía o como se dice de verdad, este e-mail, después de tanto tiempo sin hablar ni siquiera por teléfono. ¿Tú te acuerdas por
qué dejamos de estar en contacto? Yo no. Espero que te vaya bien por Nevada,
que ya sé dónde está y cómo es porque lo
he mirado en el Google Earth. Tu cuñada Viqui, que está en la clase de
Informática conmigo, me ha dado tu dirección porque yo no sabía que tú estabas
enganchada también en esto de los
ordenadores.
Además la
señorita nos ha dicho que ahora que ya sabemos usar el correo electrónico – eso
dice ella, yo digo que no tanto – debemos usarlo de verdad para escribir una
carta a una amiga explicándole lo que hemos aprendido en el Centro de Adultos.
Y yo te he elegido a ti y si no quieres pues no me contestes, ¡ea!
Me imagino la
cara que se te habrá puesto al enterarte de que he vuelto al colegio a mis 40
años con lo que yo he sido. ¿Te acuerdas? Nos fumábamos todas las clases cuando
éramos chicas. Por cierto, el Centro de
Adultos está al lado de nuestro antiguo colegio, “La Pantera Rosa”, y
desde aquí veo la clase donde tú y yo
estábamos, las pocas veces que íbamos. Porque mira que nos escapábamos veces y
nos íbamos con los niños al pinar o a la playa a fumar cigarritos o de lo que no era tabaco.
Tú nunca querías pero yo te arrastraba. Tu padre nos
había dicho que dónde íbamos sin acabar el graduado y tú te lo creías y que
querías sacártelo... Por cierto ¿te lo sacaste? Dice tu cuñada que sí.
Yo, no, hija,
yo no. Me he dedicado como adivinó tu padre a fregar suelos y limpiar culos. ¿Tú
te casarías con el piloto, no? Yo
también me casé, con el Ivan, - ¿te
acuerdas de él?- que me hizo las
barrigas de los dos varones y se quitó de en medio cuando no habían entrado ni
en la guardería. La niña vino mucho después pero eso te lo contaré otro día no
sea que la maestra me haga leer la carta en público, que lo hace algunas veces.
Vivo en la casa
de mi madre, la de la barriada, la que tú conoces, aunque ella falta desde hace casi cinco años
años. Parece que la pobre esperó que la niña entrara en el colegio para irse al
otro barrio. Con lo que yo rajaba de ella,
ahora la echo mucho de menos y no sólo por la faena que me quitaba, que
era mucha, ni por la ayuda que teníamos con su paga de viuda. La echo de menos
de verdad, con el corazón.
Lo que más siento de no haber seguido los estudios no
es solamente no poder encontrar otro trabajo que no sea quitarle mierda a los
demás; yo he limpiado de todo: cocinas, escaleras, portales, oficinas, pisos de
esos que hay que estrenar. Una temporada entré en la bolsa de limpiadoras del
ayuntamiento pero cuando salió la plaza fija
se la dieron a la Toñi Quirós –
la más gorda de la clase, ¿te acuerdas? -
que tenía el graduado y yo me quedé en la calle otra vez.
Eso no era lo que más me dolía, no. Lo peor fue que
cuando el Kevin y el Jonatan estuvieron en cuarto curso yo ya no podía ni ayudarles
con el inglés ni con las matemáticas ni en nada. Muchas veces me creo que tengo
la culpa de que el Kevin no se haya sacado la ESO y ande todo el día por la
calle sin saber qué hacer para buscarse la vida.
El Jonatan ha salido diferente y parece que estudia
aunque sea sin mi ayuda. Yo para darle un premio le compré un ordenador de
segunda mano y le puse el Internet.
Así empezó la cosa. Yo los veía a los dos – el Kevin
también se ponía algunas veces con él
- liados con el ordenador y hablando muy raro con los amigos con unas
palabras que yo no entendía. ¡Parecían astronautas con lo del jarguar, los megabais o los cederrum! Fíjate yo, que me liaba entonces hasta para
llamar por el móvil.
Sólo me acercaba al ordenador para limpiarlo; una
vez me llevé un susto gordo, gordo,
porque al pasar el paño por el teclado se encendió la pantalla y salió
un póster de una mujer medio en pelotas. Me puse hasta colorada de pronto así que
le di un jalón al cable con los
nervios y lo apagué. Cuando llegó mi Jonatan se puso como una fiera y me dijo
que seguro que había averiado el
ordenador y no sé cuántas cosas más. Yo estaba tan asustada y tan cortada que
creo que ni le reñí al niño cochambroso.
Cuando se lo conté a la Lourdes, la rubia que era tu
vecina, me contó que ella había
aprendido en el colegio de adultos y ya sabía un poco de ordenadores y que se
metía a chatear y me dio una jartá de envidia. Y además me pasó otra
cosa: un día fui al médico para la chica
y tuve que estar más de una hora esperando: todas las mujeres que había
delante de mí me decían que habían sacado el número por Internet y yo, como una
tonta, me había llevado media mañana llamando al teléfono del centro de salud y
no me cogían y al final pues me quedé
para la última.
Yo estaba deseando dejarme de tantas casas y oficinas
y pillar un trabajito de esto en una contrata
aunque fuera de limpiadora o de cajera
en un súper o de telefonista con
mis ocho horas y mi seguro y todo lo demás,
así que iba a todas las entrevistas que me enteraba pero en todas me preguntaban si sabía
informática – “ ¿Qué pasa, que la fregona
y la escoba ya van solas, con botones?” le solté a uno – o si sabía
inglés o si tenía el graduado y yo tenía que decir que no, que no y que no.
Claro, nunca me llamaban para nada.
Pero lo que me
decidió del todo pasó a principios del curso pasado, cuando a mi Lucía
le dieron un ordenador pequeñito para ella en el colegio y nos llamaron a todas
las madres para explicarnos cómo funcionaba y para advertirnos cómo había que cuidarlo
y que todas las tareas se harían a partir de ese momento por el aparato. Había madres que preguntaban mucho de esas
cosas pero yo no sabía ni de qué estaban hablando así que sólo tenía dos
remedios: o quitar a la niña del colegio o apuntarme yo.
Y eso hice. Al
lado la otra puerta del patio de nuestro
colegio – Lucía va al mismo colegio que íbamos
nosotras- está el Centro de
Adultos y para allá que me fui al salir
de la reunión. Alguien me había dicho que allí daban clases de ordenadores pero
yo pensé que eran sólo para las mujeres mayores. Mi madre, que en gloria esté,
había estado apuntada allí para aprender a leer y a escribir y le gustaba
mucho, pero con tanta faena como yo le daba la pobrecita se tuvo que quitar a
medias, sin haber aprendido del todo.
Me apunté esa misma tarde. Me dijo una profesora que
el plazo para la matrícula había pasado pero que echara la solicitud para la
lista de espera que cuantos más horarios pusiera más posibilidades tendría de
que me llamaran cuando alguien se diera de baja. Yo estaba en el paro y puse
todos los horarios, y, ¡bendita la hora!,
me llamaron dos semanas después.
¡Que sorpresa me llevé! Yo me imaginaba que me iban a
meter en un grupo de mujeres como mi madre o todo lo contrario con gente joven
que ya sabía todo eso y que dirían al verme entrar “¿Dónde va la torpe esta?” y creía que me iba a
aburrir al segundo o tercer día de no entender nada pero que va. Me pusieron en
un grupo de los de primero donde sí, había algunas mujeres un poco mayores que
yo –una era una de las maestras que tuvimos en el cole tú y yo, que ya estaba
jubilada – pero había también muchas mujeres cómo tú y yo, alguna madre del
colegio y hasta un matrimonio, quilla. Total doce o trece. Y todos empezamos
igual porque cuando se hace la matrícula te preguntan qué es lo que sabes de ordenadores y yo, allí en medio de la clase, le
conté que nada más que sabía quitarle el
polvo al ordenador y lo que me pasó con el ordenador del Kevin y nos hartamos
todos de reír porque, poco más o menos, todo el mundo estaba como yo.
También estaba allí la Chari, la pelirroja, ¿te
acuerdas de ella? Tu vecina de arriba, sí hija. Cuando la maestra le preguntó
para qué venía a las clases, ella le dijo que lo que ella quería era “dejar
de ser tan bruta en la vida”
- Pon un ejemplo - dijo la maestra un poco sorprendida.
-
Mire usted maestra: cuando yo me acababa de casar - porque
los primeros días le llamábamos de usted a la maestra aunque ella decía que de
tú –
y estaba con la primera barriga, a mi casa vino un municipal para decirme que me había tocado una mesa
electoral y que me presentara el domingo a las ocho en el colegio y...
-
¿Y te dio vergüenza presentarte?
-
Qué vergüenza, ni vergüenza, que, toa contenta, le dije al guardia que me traía el papel que si podía ir a
recogerla mi marido con la furgoneta...
Y también tengo de compañera a la Manoli, la gorda, si
hija, la socia de la Frasquita, la niña del Quirós, el guardia. Ellas montaron un puesto de bragas y sujetadores en el mercadillo. ¿No te acuerdas? La gente dice que están
liadas pero yo no sé ni me importa. Lo cierto es que la Manoli se apuntó en
Informática para controlar a la otra que se está sacando el carné de conducir y
al principio decía que a ella no le interesaba esto pero hija, ahora le ha
cogido una afición que vaya. Hasta ha montado su página web o su blog para
anunciar su puesto en el mercadillo. Se llama “ ¡A leuro, a leuro! El puesto de Manoli y Frasquita” Búscalo en
Internet.
¿Y la maestra? Yo me esperaba a un hombre mayor que
yo, más serio que un guardia civil, estirado y calvo como Don Manuel Bastida,
el que nos daba Matemáticas, y me
encuentro a una muchacha de mi edad con las mismas carnes que tú, que me la he
tropezado yo algunas veces en el Mercadona y que siempre se está riendo. Se
llama Tere y no veas tú el arte que
tiene.
Recuerdo que cuando empezamos el curso primero – ahora
ya estamos a la mitad del segundo año
– nos faltaba mesa para mover el ratón y hacíamos concursos
de suspiros para ver quién sabía menos.
Yo alucinaba viendo a la maestra jubilada, a Ana María, que era de la quinta de Don Manuel: no
parecía una maestra, hacía las mismas preguntas que las demás y gastaba las
mismas bromas. ¡Y eso que ella había dado clases a los niños en la misma aula
donde estábamos ahora! ¡Qué fuerte!
Además desde el principio nos llevamos muy bien en el
grupo con las risas y las bromas. Bueno,
todos menos una mujer, Virtudes, que siempre se sentaba al final y que no
hablaba casi nunca con nadie nada más que con la maestra. Yo creo que o no ve
bien o no sabe leer bien porque es la que más le cuesta aprender pero, eso sí,
no falta ni un día.
Los demás nos ayudamos mucho y trabajamos un montón aunque nos riamos
mucho con los nervios.
En el segundo trimestre del año pasado estaba Tere
explicando cómo se ponía la rayita esa del acento –la tilde, decía ella que
cuando se pone fina también sabe decir las palabras adecuadas – pero por más
que lo explicaba había una compañera que no daba pie con bola. Las demás estábamos medio paradas esperando y cada vez más nerviosa por el apuro que estaba
pasando la mujer, me metí en su piel y
cuando intentaba escribir mi domicilio se me fue el santo al cielo y le
pregunté a Tere con un bocinazo que sonó
en el extraño silencio – casi nunca
estamos calladas - de la clase:
-
¡¡Tere, que se me ha olvidado cómo se le pone la
rayita de arriba a la eñe!!
Yo no sé como se me ocurrió eso pero te juro que era
verdad que no sabía y que me salió del
corazón. Todo el mundo se echó a reír y entonces me di cuenta de la burrada que
había dicho pero Tere, desde lejos, me guiñó un ojo como dándome las gracias
por aliviar la clase.
O el día que tu vecina, la Chari, no daba pie con bola y la maestra le preguntó
qué le pasaba:
-
Na, Tere, na que creo que hoy no me he tomao la pastilla – y todas otra vez revolcadas por el suelo.
Desde entonces cada vez que una mete la pata, es Tere
la que le pregunta si se ha tomado el tranquilizante.
Como esas cosas, quinientas cada día.
El primer día estábamos practicando para aprender a
encender y apagar el ordenador y, como tú ya sabrás, cuando lo vas a apagar y
ya lo has hecho todo sale un cartelito en el centro que dice algo como “Otros usuarios
han iniciado sesión. Confirme que desea apagar el equipo” y más abajo tres cartelitos- pestañas, niña, pestañas
– que ponen “Aceptar”
“Rechazar” o “Cancelar”. Tere estaba en la otra punta de la clase y ni tu
cuñada Viqui- que es mi compi, por si no te lo he dicho - ni yo sabíamos qué hacer. Como lo de Tere iba para largo, la
Viqui dio un chillido de los suyos.
-
Tere, ¿qué hago con esto? Sale un cartel muy raro que dice: “Aceptar”, “Rechazar” o “Cancelar”.
-
Dile “Aceptar” – le recomendó Tere sin volver la cabeza.
Y veo que tu cuñada se pone muy seria y empieza a
decirle hablándole, ¡te lo juro!, al
ordenador muy bajito al principio ¡“Aceptar”
“Aceptar”! y luego más alto ¡“Aceptar”
“Aceptar”!
Yo seré burra pero anda que tu cuñada. Empecé a reírme
y le dije por bajinis:
-
Niña, así no, bruta, con el ratón.
Y tu cuñada, yo no sé si lo hizo de payasa o qué,
cogió el ratón como si fuera un micrófono y siguió: ¡“Aceptar”!, ¡“Aceptar”! Todavía me duele la barriga de reírme.
Otras veces era
al revés. La mujer del matrimonio ese que te dije se fue llorando uno de
los días porque no le salían las cosas y tuvimos que llamarla porque creímos
que se iba a quitar del colegio pero no, no se quitó.
Yo, al principio creí
que nunca aprendería pero poquito a poco me di cuenta que esto de los
ordenadores es como todo. Seguro que tú te acuerdas del lenguaje secreto que
teníamos en el colegio para que no nos entendieran los niños o las demás
lagartas o los profesores. Teníamos palabras claves que sólo significaban lo
que fuera si las decíamos tú o yo
guiñando el ojo. Pues esto es igual. Los ordenadores van a su bola y sólo te
hacen caso si les das las órdenes en su propio idioma. Y aunque Tere lo explica
todo con nuestras palabras después hay que aprenderse las que usa la máquina.
Un lápiz no
es un lapicero, un archivo no es un
mueble de oficina, un programa no es
una serie o un concurso de la tele... todo es aprenderse los nombres de cada
cosa y sobre todo la lógica del ordenador.
Y hubo un momento en que me dije que si yo había
aprendido a sacar tres hijos tan diferentes para adelante, a saber lo que
querían cuando lloraba cada uno o cuando me miraban serios o cuando se quedaban
callados o bajaban la vista o... ¿cómo no iba yo a aprender lo que quería decir
este aparato?
Un ordenador – nos repetía una y otra vez la Tere – es
también como un armario grande y debemos saber dónde hemos guardado las cosas y
no mezclar la ropa de verano con la de invierno o los calzoncillos de los niños
con los jerseys de la niña porque después no podremos encontrar nada. Yo nunca he sido muy ordenada pero el ejemplo
me sirvió para comprender y, poquito a poco, aprendí a manejar las carpetas y
los archivos, a escribir cartas y a corregirles algunas faltas de ortografía, a
hacer tablas de dietas, de menús, de turnos de trabajo, de muchas cosas.
Cuando aluciné del todo fue cuando Tere nos dijo:
-¡Mañana
vamos a navegar por Internet! – y
empezaron las bromas.
- Pues yo me
tomaré una pastilla que me mareo en el Vapor – dijo tu cuñada
- ¿Nos
podemos traer la caña de pescar?
-Pues yo tengo que estar de vuelta en el muelle a la
hora de comer – me inventé yo para no
ser menos.
Cuando, al otro día,
yo vi que la Tere ponía una
palabra o una frase o un nombre en el buscador y salían páginas y más páginas con fotos y con
canciones y todo, me quedé pasmada: allí
estaban todos los mapas, la música, los cines, todo.
-
¡Busca la receta de las papas con lulas! – le dijo tu
cuñada a Tere.
Salieron 2.878 páginas con fotos que parecían que
olían a las lulas que hacía mi madre.
-
Busca ofertas de trabajo – le dije yo barriendo para mi casa.
Salieron 15.000 páginas: que si telefonista en
Canarias, que si auxiliar de Geriatría en Bilbao...
Y por más que buscábamos cosas difíciles, nada, que
Internet lo sabía todo:
-
¡Mira ver si encuentras la biografía de “Remujardo” el
que acarreaba agua en la plaza! –propuso
un poco enfadada la Virtudes, la que
casi nunca hablaba.
Y allí lo tenías, con un dibujo que parecía que te iba
a echar un piropo o una maldición de las suyas.
O cuando pasó lo del 15-M y cada día nos metíamos a a
ver los videos de las asambleas en la Puerta del Sol alucinadas de que tanta
gente mayor, joven… se hubiera puesto de acuerdo en que estaban hartas de
mangantes. ¡Que gracia me hacía que aplaudieran como si estuvieran bailando sevillanas!
Y los debates que teníamos después que algunos días se nos pasaba la mitad de
la clase sin hacer nada más. Claro que otros días también nos poníamos a buscar
fotos de los concursantes de OT y también se nos iba el santo al cielo
escuchando canciones y votando.
Tere nos enseñó a hacer visitas virtuales – por el
ordenador – y nos preguntó qué monumento queríamos visitar.
-
Yo quiero ir a Barcelona a ver la iglesia esta tan famosa- dijo rápidamente Rosario.
-
¿Cuál? – le
respondió Tere ajena a todo
-
Esa tan famosa que hizo ese hombre,
catalán él,
-
¿Qué hombre? ¿Cómo se llama el hombre o esa Iglesia?
-
Si, hija, que todavía está en obras…
-
Lo tengo en la punta de la lengua… algo de la
familia…- le apuntó tu cuñada
-
¡La Familia… La Familia Numerosa!- vomitó Rosario para que no se le anticiparan con
bastante más velocidad que acierto.
-
Si, hija, si o la Familia Adams- se
rio la Viqui.
-
Anda ya, vaya pareja – intervino la maestra- , la Sagrada Familia, de Antonio Gaudí.
-
Eso, lo que yo he dicho.
Y vuelta a las risas y a las carcajadas.
Un día, lo hablé con Tere y me puse a buscar que era eso de la Plataforma
Antidesahucios. Sé que el Jonatan, además de lo de las “fotos guarras”, va a reuniones y se mete mucho en eso con el
Facebook desde que intentaron echar de la casa a Dolores, la del tercero y
todos los vecinos nos sentamos en la escalera con los chavales que vinieron
avisados por el Internet. A mí me dan miedo esas cosas pero cuando lo hablamos
en la clase y todas decidimos enviarle correos al Banco de Santander
protestando me quedé más tranquila, se me pasó un poco “el cague”.
Y después, cuando nadie me veía metí el nombre de aquel novio futbolista que me salió con 13
años, antes de conocer al Ivan, el que se fue a la escuela del Madrid. Encontré
una foto suya jugando en el Rayo Vallecano. ¡Qué guapo que estaba el joío!
Te juro por mis niños que esa fue una de las mañanas
más grandes que yo he vivido. Era como si el mundo se hubiera hecho a la vez
más grande porque había más cosas que ver y más pequeño porque las cosas esas estaban
más a la mano, como si me hubieran dado una máquina para ir de un lado a otro
sin moverme de mi casa.
Como tonta estaba yo.
En mi casa en cuanto el Jonatan salía de casa, me sentaba al ordenador,
dejando el fregado o la plancha para cuando los niños volvían, y me ponía a
pasear con el Internet. Un día me iba al Museo del Prado, aunque no me gustara la pintura, otro día me daba una
vuelta por el Coto de Doñana que nunca he ido con lo cerca que está y lo bonito
que es, o ayer mismo, que me fui a ver cómo era el sitio ese donde tú
vivías con tu americano – qué feo, por cierto, qué cosa más sosa de pueblo el
tuyo - o me ponía a buscar trabajo
enviando el currículo que nos hicimos con el procesador de texto a principios
del curso.
Con el ordenador de la niña todavía no me atrevo mucho porque viene con un sistema
operativo que es gratis, el Guadalinus o Guadalinex, que es un poquito diferente y me da un
poquito de respeto pero le he podido
enseñar cómo se usa el procesador de texto, cómo se abre una carpeta o cómo se
busca con el Google. Además Tere nos ha prometido enseñarnos
cuando aprenda ella. Los ojos que pone mi niña cuando le explico esas cosas y
se da cuenta de que su madre no es una ignorante, eso no tiene precio, compensa
todos los sacrificios que he hecho para ir a clase estos dos años.
Me quedan muchas cosas que quiero aprender – el
Guadalines ese, hacerme un blog, a
retocar fotos, a instalar programas, etc... – pero la semana pasada fui al SAE
y le enseñé mi certificado del año pasado al tío malage de las fichas y le dije
que pusiera en la mía “Conocimientos
de Informática a nivel de Usuario” como me había dicho Tere. ¡Me puse más contenta! Ya
yo me imagino en las entrevistas
diciéndole que sé manejar un ordenador porque también me doy
cuenta de que lo que no sepa lo puedo aprender a poco que me ponga a ello. Yo
creo que de la crisis esta sólo vamos a salir bien las más espabiladas, que
llorando o viendo el fútbol no se arregla nada.
Eso lo he aprendido
con las compañeras y con Tere. No te lo vas a creer pero algunas veces,
la maestra reconocía delante de la clase
que no sabía algo de lo que le preguntábamos,
a lo mejor cómo crear un color nuevo para ponerlo en un relleno, y
nosotros nos poníamos a bichear por las tripas del ordenador y si dábamos con
el truco, Tere se ponía más contenta que
nosotras, nos pedía que se lo explicáramos a ella y a los demás y hasta nos
aplaudían.
Niña, no me reconozco. Con lo lacia que siempre
era yo para los estudios ahora, con
cuarenta años, tengo ganas de seguir aprendiendo.
Se me ha ocurrido - ¡fíjate!- que el año que viene
cuando mi Lucía empiece la ESO, me voy a
matricular yo también para estudiar lo mismo que ella pero yo aquí, en mi
Centro de Adultos. ¿A que estaría bien? Las dos por la tarde, estudiando lo
mismo y haciendo ejercicios y pasándonos los apuntes.
Aquí hay un montón de personas como nosotras
que estudia Inglés o cómo montar un negocio y mucha gente joven y más mayor, sacándose
el graduado de la ESO y casi todo el
trabajo hay que hacerlo en casa y enviarlo por el ordenador. ¡Eso lo tengo yo
chupado!
No sé qué me está pasando pero ahora con mis 40 años,
mi paro, mis escaleras, mis kilos y lo demás, parece que voy por la calle con
cabeza más derecha, que me veo hasta más
alta y más guapa porque me quiero mucho más
y es que esto del colegio me está
cambiando la vida.
¡Hija, qué
rollo te he soltado! A lo mejor me mandas a la mierda y no me contestas pero me
da igual: esto que tengo por dentro tenía que sacarlo por algún lado. A lo peor
con esto de la crisis no encuentro ningún trabajo diferente, ni me saco la ESO
ni nada pero lo bien que me siento y lo que está cambiando mi vida, eso no me
lo va a quitar ni la crisis ni el paro ni nadie.
Tu amiga Toñi.
PD: Te envío dos archivos adjuntos, uno con una foto mía y de mis niños y el
otro, con una presentación de
diapositivas que ha hecho una compañera de otro curso para que conozcas mi
colegio. Yo quiero hacer una parecida de
mi experiencia aquí en el colegio pero todavía no sé. Todavía.
21 de noviembre de 2014
Cardit@ de Pucher@. Cuando cambiamos el punto y la coma por el punto.com.
El próximo dia 17 de Diciembre a las 20 horas en la Fundación Rafael Alberti de El Puerto de Santa Maria presentaré "Cardit@ de Pucher@. Cuando cambiamos el punto y la coma por el punto.com" Estáis todos invitados en invitadas a la presentación.
A manera de presentación os cuelgo el prólogo coral en el que participan algunas de las personas que me han acompañado en este viaje. En futuras entradas os iré desvelando el contenido del libro para quienes no podáis reprimir la curiosidad de leerlo antes de que caiga en vuestras manos.
A manera de introducción y prólogo.
A manera de introducción y prólogo.
Hace
siete años que publiqué “Cardito de Puchero. Historias de la Educación de Adultos” y al volver la vista
atrás encuentro que la singladura del libro
y la mía como autor ha sido larga y fructífera. Tres ediciones, más de
2.000 ejemplares vendidos casi uno a uno, ajenos totalmente a los circuitos de
distribución editorial. Hasta la primavera pasada fueron casi medio centenar de actos de presentación
en lugares tan lejanos como Gijón, Barcelona,
Valladolid o tan cercanos como Sanlúcar, Chiclana, Cádiz, Arcos, Almería, Sevilla, Córdoba… con la complicidad siempre
de los Centros de Educación de Personas Adultas de cada localidad, de los
compañeros y compañeros que adoptaron mi “Cardito” con el cariño que daba la
cercanía de la experiencia y la lucha común.
En cada acto, encontré un público entregado,
compuesto por esas mismas mujeres y hombres de las que hablaban los capítulos
de mi primera entrega: decenas de “Mercedes” tenaces y cascarrabias, de “Rosas”
fascinadas por la experiencia de la educación y la cultura, de “Pacas” curiosas
y cómicas. Tanta identidad hubo que en muchas ocasiones cuando adornaba mis
exposiciones con fotos de mis alumnas, las mujeres que asistían al acto ya
fueran de Barbate, Rota o Málaga no dudaban en buscarse entre las de la
pantalla. Y al levantar la vista de la lectura de alguna anécdota, yo mismo
podía observar como las personas se identificaban con el campanilleo impaciente
de los lápices, con las lágrimas y las risas de frustración o de éxito y encontrarme
con el cabeceo afirmativo de mis compañeras y compañeros de trabajo repartidos por toda
Andalucía cuando describía en mis
relatos la precariedad con la que empezábamos o la pelea continua por hacer de
aquel esfuerzo primigenio y heroico una realidad educativa consolidada.
Y luego el acto bendito de firmar con cariño un
libro a cada persona que se acercaba deseosa de contar algo parecido a lo que
yo le había narrado o algún episodio nuevo que podía haber formado una “adenda”
de ese libro y, lo mejor de todo, recibir dos besos casi por cada libro entregado.
Mientras tanto, por teléfono y por mail, me
iban llegando pedidos pequeños de uno o dos ejemplares desde los sitios más
escondidos, que yo llevaba con ilusión al correo sin que nadie me dejara sin pagar un solo ejemplar de estos que la
confianza - “…envíame una transferencia
cuando lo recibas…” - enviaba a Moncada, a Peal dela Jara, a Montilla , a
El Bollo, a Canovelles, con el ruego encarecido que me comentaran su parecer
tras leerlo. Y, muy de vez en cuando,
recibir un correo amable de una alumna
de Huelva o de Lebrija agradeciéndome haber escrito ese libro.
Por eso he querido empezar agradeciendo tanto cariño como ha habido alrededor de ese primer “Cardito” que ahora
recuerdo. Agradecer al colectivo de Indocentes de Cádiz sus apoyos en aquellos
primeros días que vieron nacer al colectivo y a mi libro a la vez; a Paco Crespo y al grupo de teatro de mi
centro por la adaptación que hicieron de mi obra en cuyas representaciones me
apoye en Sevilla, Jimena, Barbate y algún
lugar más; a Rosario Gómez Grilo por
venirse conmigo a la 2 , la televisión
pública a hablar de Educación de Adultos y presentar mi libro y su monólogo
magistral; a Paco Velázquez por la
representación de que mi texto “La O y la A” hicieron los pequeños de la
escuela infantil de Paterna y la adaptación del mismo texto que hizo Gema
Alonso, en asturiano puro, en el
CEPA de Gijón.
Y cuando ya empezaban a menudear los
encargos, algo en mi interior me decía que era hora de volver a hacer memoria,
de volver a poner al fuego la olla y cocer una segunda parte de esta historia
colectiva en forma de relato.
Y se me ocurrió que, como hilo a seguir, que
en 1996, cuando finalizan los relatos de mi primer “Cardito” empezábamos otra
nueva alfabetización en nuestros centros, esa en la que cambiábamos como dice
el subtítulo de esta segunda entrega “el punto y la coma por el punto.com”. La generalización de la informática en los
hogares y en la sociedad andaluza que se
produce a lo largo de los noventa, se
cuela de rondón en nuestros centros y muchas personas se empiezan a acercar a nuestras
aulas con la misma necesidad acuciante de entender el nuevo lenguaje del mundo
virtual que tenían aquellas personas que en los ochenta aún no sabían leer ni
escribir. Los cajeros automáticos, los teléfonos,
la cita del médico, la búsqueda de trabajo, la gestióntributaria, las
comunicaciones familiares, todo empezaba a estar cada vez más
automatizado. Las personas que no
dominaban ese lenguaje sentían de nuevo en muchas ocasiones pues ya habían sido
demandantes de alfabetización instrumental, el peso de la exclusión social.
Aquellas personas analfabetas
instrumentales o funcionales de la
década de los 80 se encarnaban ahora en novísimas e ingentes legiones de personas analfabetas
virtuales y los centros debimos afrontar este nuevo reto.
Así, tras de diez años de aprender y enseñar Informática en nuestros centros, es mucho el
caudal de aventuras, descubrimientos y anécdotas que nos han ido enriqueciendo. Eso es lo que he querido contar en esta nueva
entrega: hasta qué punto hemos cambiado
con la entrada del nuevo siglo y la puesta en marcha de las nuevas
tecnologías.
Además, igual que pasaba en el primer “Cardito”
en esta nueva entrega se asoman a los relatos los acontecimientos de finales
del siglo XX y principios del XXI, la LOGSE en su esplendor y decadencia, la telefonía móvil, el boom de los
realitys, la fibromialgia, la
reivindicación de la memoria histórica robada, la globalización de la economía, el
despilfarro como forma de vida, el
ladrillo como panacea y, casi al final, la crisis, los desahucios, el 15-M, el
paro, los recortes, la indignación. El paisaje de estos relatos se corresponde
con las dos últimas décadas y hacen un somero repaso de lo ocurrido. Por tanto,
al hilo de los relatos, quienes conozcan la historia de Educación Permanente en
nuestra comunidad podrán ir recordando los cambios que han transformado aquella
experiencia novedosa que recibió el premio de la Unesco en el año 85,
en una modalidad educativa reglamentada, encorsetada, cuya modernidad
depende más del espíritu emprendedor de su comunidad educativa que de los
medios humanos y materiales que a su disposición se ponen.
En la introducciónde “Cardito de Puchero.
Historias de la Educación de Adultos” escribía
yo:
“Andalucía es tierra de pucheros: puchero es
la olla y puchero es el guiso. Y el “cardito de puchero” de los pucheros de
esta tierra calienta y alimenta pero, sobre todo, reconforta.
Nadie lo
hace igual que nadie. Un pizca más de sal, un hueso de no sé qué, gallina
vieja, pollo o pavo, cada cual pone dentro lo que tiene en la despensa , en la
cabeza y en el corazón. Y el resultado siempre es diferente y siempre es igual.
Eso quise
hacer yo: un puchero literario donde se cocinaran los recuerdos de mis
veinticinco años de docencia con mujeres – y algún hombre - adultas en El Puerto de Santa María.
Y así salió.
A veces salado, a veces soso, a veces tierno y
otras, correoso y duro como las mismas palabras primerizas y dolorosas
que se escapaban de aquellos lápices y manos novatas y que, más que palabras,
eran risas o lágrimas o, cuando menos, gritos
necesarios.
Pruébenlo
calentito que aquí están conjuradas muchas almas que ya no están aunque desde
que se escribió, muchas otras han venido a aprender y a enseñarnos, que también
aquí se hace y mucho. Otro día les
contaré cuando….”
Hoy retomo ese “cuando…” que les prometía hace siete años. Andalucía,
en el siglo XXI, sigue siendo para mí tierra de pucheros. Aunque hoy, para
edificar este nueva alfabetización
tecnológica necesaria ya no metamos en
la olla educativa algunos de los viejos
ingredientes: los repicantes lápices Norit del número 2, las astrosas
pizarras de nuestros prehistóricos locales, los cuadernos Rubio o de dos rayas, las gomas Milán, los viejos
manuales de El Roure y sus palabras generadoras, etc; aunque ahora cocinemos con
fuego de bytes y las recetas se sigan al golpe de clic del ratón, con el ritmo de las barras inclinadas y el eco
de las arrobas recién rescatadas. En muchos centros aún seguimos intentando que
el “Cardito” que se elabora en estos nuevos grupos de “Iniciación a las TICs” también cure la autoestima lesionada por la
visión de tanto menú virtual inaccesible,
también reconforte de la angustia que produce vivir en una sociedad
digital que merma hasta lo indecible la
autonomía personal mientras promete niveles universales de confort.
Igual que hace treinta años no nos pareció
pedagógicamente correcto ni socialmente justo enseñar a leer ya escribir de
cualquier manera, a quienes hemos puesto el alma en este guiso,tampoco nos ha
bastado con enseñar de manera fría la
diferencia entre el “soljuar” y el “jarguar” o la ruta más eficaz para archivar
una foto digital. Hemos mantenido en el empeño metodológico de seguir formándonos y formar como personas
libres, solidarias con el grupo y con el mundo, con cabeza y pensamiento propio
ya fuera con un lápiz en la mano o con
un teclado de ordenador bajo los dedos. Juzguen ustedes si hemos conseguido
algo.
En este “Cardit@
de Pucher@. Cuando cambiamos el punto y la coma por el punto.com” les
presento ocho relatos muy diferentes. El primero, “Carta a mi amiga Pepa”, tiene forma de correo electrónico y
recopila motivaciones, historias, casos y cosas que han ocurrido en nuestras
aulas. Los seisque lo continúan, como en la primera entrega, son episodios de la vida cotidiana de mis grupos
de estos años sin más fabulación que la necesaria para articular la necesaria tensión narrativa. Es decir,
puede que no le ocurriera todo a la misma persona ni al mismo grupo o en el
mismo periodo pero no hay inventos, no hay ficción, aunque quizás en alguna
ocasión en mi recuerdo se haya magnificado la dosis cómica o dramática de los
acontecimientos. Al hilo de los recuerdos, reflexiono sobre el discurrir de la
Educación Permanente y, a veces, hasta me atrevo a generalizar estrategias metodológicas
o propuestas didácticas. Perdónenme si en ocasiones les aburro. Como en la entrega anterior he cambiado el
nombre de los personajes para no hacerlos objetos de bromas y sólo he dejado
como reconocibles los de mis compañeras maestras y maestros que sé que me
perdonarán el desliz o los de las personas como Pepe Valiente o Luis Rincón, mi
padre, que protagonizan un relato pero
ya no están a nuestro lado y a los que he querido homenajear desde ese capítulo.
El octavo relato, “La
dieta feliz”, sólo es tangencial a
la alfabetización informática, es un regalo y
he querido homenajear con él a las mujeres que me han enseñado que ser
mujer es algo más que mirarse en los
espejos, que la dignidad es algo más que
una palabra hermosa y que la amistad es mucho más que un grupo de WhatsApp.
En la tercera edición de “Cardito de Puchero. Historias de
la Educación de Adultos” tuve el inmenso placer de ser prologado por
mi amigo Manolo Collado, que desde su atalaya madrileña, donde hoy a sus ochenta años es un miembro más
de las asambleas del 15-M, formuló toda su artillería didáctica alrededor de mi
modesto manuscrito.
Para prologar la primera edición de esta
nueva entrega hice un llamamiento a esas amigas y amigos que tanto han querido al primer “Cardito de Puchero” y les pedí que
mandarán sus líneas de bautizo para este prologo coral. Su generosidad afectiva, la camaradería de años, ha
convertido en ocasiones lo que yo quería que fuera como el agua primigenia de
mi criatura, el libro, en una glosa de mi persona. Pero no quiero restarles una
línea.
Espero, si vienen futuras ediciones, ir sumando opiniones amigas a este prólogo
que ya me ha subido los colores.
Aquí están las que llegaron hasta el momento
en que tuve que mandar a imprenta el manuscrito:
Cuando leí
"Cardito de puchero" tuve varias sensaciones: me vi,
reconocí y me reconocí, me reí, me emocioné. Allí estamos retratadas
tantas personas que conozco, situaciones vividas, reflexiones
compartidas... Lo curioso del caso es que yo he trabajado siempre y sigo
trabajando, desde hace más de 30 años, en una escuela de adultos a más de 1000
km de El Puerto. Considero que uno de los valores de la lectura es que puedas
sentirte reflejada en las páginas que vas pasando y esa sensación la viví
leyendo el libro.
En el caso de las alfabetizaciones y la
educación básica de adultos, las personas que aprenden a leer y
escribir y sus mundos son invisibles, desconocidos, infravalorados,
ninguneados. El espejo mediático, literario o institucional no suele mostrar
imágenes nítidas de este sector de la población. Y entre estas personas,
lógicamente hay gran diversidad; conviven la determinación, las estrategias
inteligentes, la motivación y la voluntad, también la baja
autoestima y las esperanzas frustradas junto a los progresos
fulgurantes. Que un maestro tome la responsabilidad de dar a
conocer y de dar una voz digna a estas alumnas y alumnos junto al profesorado
que trabaja en esa etapa educativa tiene mucho valor.
Por todo eso me emocioné: por el reflejo, por
el respeto, por el cariño que percibí en las diferentes historias que Juan nos
presentó. ¡Ah! Y por el sentido del humor.
Ahora, unos 10 años después,
"Cardito.com" me ha devuelto recuerdos, sonrisas, ilusiones y
me ha refrescado la convicción de que es necesario, justo e importante dar voz
a quien no ha tenido ni tiene aún acceso fácil a la palabra escrita. ¡Gracias!
(Mercé Redón.
Maestra en Educación Permanente.
Trinitat Vella. Barcelona)
Uno de los placeres más exquisitos es poder
deleitarnos con las vivencias de otros, aprender con la mirada de ellos y
mejorar, con sus éxitos y fracasos al hacerlos nuestros; pero sobre todo,
comprender que hay personas anónimas que merecen todas las medallas ganadas al
tiempo en la batalla de la vida.
Ya era hora de que alguien dedicara (y con
este ya van dos) libros a esos que yo considero “HÉROES Y HEROÍNAS”, porque
ellos se lo merecen todo.
Son verdaderos supervivientes, pasando por
momentos y situaciones que les han forjado y les han convertido en lo que son:
SABIOS.
A veces creo que el privilegio lo tenemos
nosotros al enseñar a este tipo de gente, y que son ellos los que nos dan mil y
una clases magistrales diariamente.
Por eso este libro tiene mucho mérito,
porque habla de PERSONAS, y sus
personajes son contundentes como la
comida de un restaurante de la guía Michelin. Además, Juan relata como nadie
esas historias que ocurren en cada una de las aulas de adultos que pueblan este, nuestro país. Sus
protagonistas tienen cabida en El
Puerto, en Gijón o en Villarobledo (Albacete), Santa María del Páramo
(León)...Esa es también la riqueza de este libro: saber extraer el fondo de la
identidad de nuestros alumnos.
Yo, desde luego, encontré mi verdadera
vocación trabajando con personas adultas. Creo que Juan también, por el cariño
con el que habla de sus alumnos, la delicadeza con la cuenta las anécdotas. Y,
desde luego, está más que claro su grado de implicación con la educación
pública y no lo digo solo por el uniforme de la camiseta verde.
Este libro es reflejo de su trabajo en el
aula y de su afán de lograr que la
educación sea cada día más digna para todos los colectivos y, sobre todo, para
los que más lo necesitan ahora, los más desvalidos, los analfabetos digitales.
Cuando hablamos de educación, creo que
tenemos que referirnos a este concepto
de educación integral y en estos
textos, en el día a día de este autor,
vemos que eso es una ley suprema.
En esta época en la que necesitamos tanto los valores, más de uno necesitaría leer algún
librito de estos temas y menos programaciones, a ver si se enteraba de lo que
es “enseñar”.
Por eso y
por mucho más me parece un libro de cabecera como el que ahora está en
tus manos. Por eso y porque solamente saben enseñar quienes muestran lo que han
vivido abriendo, de par en par, las puertas de su corazón.
Entra.
Está
esperándote.
(Gema Alonso.
Maestra en Educación Permanente.
CEPA Gijón)
"Cuántos días
baldíos
haciéndome pasar por el
que soy.
Máscara sin memoria,
líbrame
de parecerme a aquel
que me suplanta.
Uno sólo será mi
semejante".
José Manuel Caballero
Bonald, Somos el tiempo que nos queda
Sinestesias. Ese olor a cocido hirviendo,
ese caldo que no es cardo, y que tanto reconforta, nutre y alimenta, empapa las
páginas de estos volúmenes que tan entrañablemente, el maestro Juan Rincón, se
encarga de poner entre nuestras manos.
Tenemos sobre el mantel otro cuenco, sobre
la mesa otro tazón calentito para sanarnos el alma. Historias cuajadas de
palabras y viceversa que transmiten estos pequeños grandes alumnos de los
centros de educación permanente, de los siempre centros de adultos; del colegio
al que retornan o al que nunca acudieron nuestros ahora mayores y que pone a
nuestro alcance este humilde y taquígrafo indocente.
Podríamos elogiar su labor, porque lo
merece, pero estoy segura de que Juan coincide con mi pensamiento y
recomendación de hoy: Son los relatos recogidos y contenidos en esta nueva
entrega de cardito, los que merecen la pena, el protagonismo y nuestra
atención. Porque tras su lectura, nuestra alma amanecerá más
reconfortada.
Un abrazo
(Blanca Flores.
Escritora.
Inspectora de Educación)
“Se me pasan las dos horas volando”
A veces no eres consciente de la labor que
desarrollas y lo que inspiras en l@s demás, a mí precisamente no se me pasan
las dos horas de informática “volando”,
si no que cuando éstas terminan, me siento cansada; a veces exhausta de ayudar
y resolver las dudas informáticas. Pero
esa frase, me hace reflexionar y comprender que para el alumnado, que hace dos
o tres semanas no sabía encender un ordenador, y que ahora juega con programas,
escribe y comienzan a descifrar el
lenguaje informático, les fascina, les ocupa y hasta les absorbe en la tarea.
Es la
gran satisfacción que me llevo a casa después de un día de trabajo, les estoy
enseñando un nuevo mundo, les he roto su rutina y pienso con optimismo que
posiblemente, el mundo informático, les dé una visión más actual, mas global y
objetiva del mundo, en definitiva, sea una herramienta que con prudencia en su
uso, quizás los haga más libre a tod@s.
(Tere Morató .
Maestra en Educación Permanente.
CEPER La Arboleda Perdida.
El Puerto de Santa María)
Hay personas que saben decirnos lo que
pensamos y sentimos en un trozo de papel...intuyen en cada momento lo que
necesitamos escuchar....y así es Juan Rincón. Siempre en las trincheras
luchando por causas demasiado justas...creyendo que hay que cambiar el
mundo...y que una manera de hacerlo es desde la Educación de Personas
Adultas.Su feudo de lucha...de dejarse la piel.Compañero, luchador, camarada,
amigo del alma, de todas las almas a las que tiende su mano, o sostiene con su
puño. ..gracias Juan, gracias a la vida por tenerte cerquita, ahí, en el pueblo
de Alberti.
(Pepa Zambrano.
Maestra en Educación Permanente.
SEPERAlgarin.
El Gastor. )
Hace años,
comentando la primera entrega de ”Cardito”, unas alumnas del CEPER Juan XXII
nos hicieron un comentario que, leído hoy, suena premonitorio de esta segunda
entrega. Decían:
- Este
Cardito de puchero está muy bien. Nos hemos reído un poco y nos hemos visto
identificadas mucho
- Sin
embargo, ahora hay unas alumnas que vienen
al centro y no se pueden ver en el libro.
- ¿Sí?
¿Quiénes son?
- Las que
vienen a los ordenadores.
- Es verdad.
Seguro que a ellas no les pasan las cosas que nos pasan a nosotras con los
cuadernos.
- Seguro,
pero les pasará otras cosas.
- Como no
sea que les dé calambre, no sé qué les va a pasar.
(Loli Pareja
y Fernando Cordero.
CEPER Juan
XXII.
Sevilla. )
DIOSA INFORMATICA
Diosa Informática ,
la muy maniática,
me tiene atada
de forma trágica
a estos delirios,
a esta temática:
windows, teclados,
programas y
sofwares,
el disco duro y sus… memorias,
cedés , ratones,
cliques y vueltas,
cables y teclas,
cifras y letras
sobre la mesa
bailando espámicas.
Veo a sus
discípulos
Y sus discípulas
bajando, dicen,
hasta películas.
Todos enredados
entre electrónica.
Entusiasmados
con el oráculo,
poniendo emails
como espectáculos.
Diosa Informática
tiene sus templos
en los rincones de
sus cerebros.
Los habitáculos se
hacen pequeños,
La red conecta
todos los pueblos.
Pero los gastos se
hacen espléndidos
y los ahorros se
van al cuerno.
Diosa Informática
recluta acólitos
por todo el mundo,
a fuerza de vómitos
de informaciones,
de virtuales mundo
fantásticos,
telas de araña
de algún lunático.
Las conexiones
acogen llantos,
venden espíritus,
Compran espanto.
Diosa Informática
pasea pletórica
por el Olimpo de
nuestra Historia,
aplasta dioses,
vende a los siglos
y a sus discípulos
inyecta engaños
,alucinógenos de
luz y plástico.
(Marisol Gómez Fernández.
Maestra de Educación Permanente
en CEPER María Zambrano.
San Fernando (Cádiz)
Leer este “Cardit@ de Pucher@. Cuando cambiamos el punto y la coma por
el punto.com”” es zambullirse en la ternura esencial de las gentes sabias
del pueblo. Zambullirme en ese poso de saber natural que se destila
directamente desde la calle y la universidad de la vida, en tantas anécdotas de
mujeres y hombres que acuden al centro de adultos o de educación permanente
enjugando su experiencia con la avidez de un niño y los deseos eternos de una
inocencia cargada de memoria y testimonios rotundos.
Leer este libro es, nuevamente, ahora y después, y como en otros libros
que lo preceden en este serial de “Cardito de puchero”, la provocación de
una sonrisa en los labios que va abriéndose poco a poco conforme se pasan las
líneas y párrafos, y las páginas y capítulos y va ensanchándose; creciendo y
creciendo hasta atraparnos en un estado de posesión mitad interés por algo que
se antoja vivido, mitad comprobación de unas anécdotas que me parecen ya
vividas o soñadas por mi mismo. Unas historias reales que a poco que hayamos estado
en estos centros y estas aulas las reconocemos a la legua y les ponemos otros
muchos nombres y apellidos.
Leer este libro es, nuevamente, revivir la vida íntima de las
escuelas de adultos. Una vida cotidiana impregnada de verdad existencial y
corazón verdadero. Un goteo de miradas de la vida. Un baile de sensaciones de
personalidades únicas, siempre optimistas, todas, sin excepción, tan
singularísimas como su gigantesca carga de humanidad.
Leer este libro es un gozo exquisito que hace grande el privilegio de
trabajar y sentir minuto a minuto, durante años y décadas, el palpitar de estos
centros, particularmente aquí, en el día a día de la Arboleda Perdida de El Puerto de
Santa María y la actividad de este vocacional maestro llamado, con amor filial
y paterno, Juanito, el maestro Juan Rincón, convertido para suerte de todos
nosotros, y de los que nos sucedan, en cronista entusiasta de unas relatos tan
apasionantes como mágicos; ahora en los albores del mundo de los ordenadores y
sus códigos de metálica y abrumadora presencia.
Un abrazo.
(Cándido
Gutiérrez Nieto.
Maestro de
Educación Permanente
en el CEPER
La Arboleda Perdida de El Puerto de Santa María. Asesor del CEP de Cádiz)
La vida profesional de Juan ha discurrido unida a la educación de adultos
en El Puerto de Santa María hasta tal punto que no se comprende el uno sin la
otra o viceversa. Como un matrimonio
bien avenido que lleva conviviendo treinta años y los que queden.
Todo un referente, para los compañeros y en concreto para mi
Pero además, Juan, el profesor de
adultos, lleva escondida muy dentro otra pasión: la escritura. Al principio no
lo demostraba , la dejaba entrever a los demás poco a poco ya que era "el
que se le daba redactar bien los textos,
escribir las letras de carnaval, hablar en público ..." Pero a lo largo de
los años se ha mostrado como lo que es, un magnífico escritor, reconocido con
premios en muchos certámenes literarios. Su trabajo con los alumnos en este
campo que ha alumbrado recientemente un
libro, así lo demuestra.
Entonces, ¿quién mejor que él para
ser el cronista oficial de nuestro CEPER La Arboleda Perdida en su larga
existencia? Cardito de Puchero I ya recogía la historia de los ilusionantes primeros años de la educación de
adultos en nuestra ciudad. Un muestrario de anécdotas, de personajes, de
situaciones que constituyen un testimonio de aquellos momentos. Como todo buen
libro, además de dejar un buen gusto en el paladar, también dejó una sensación
de vacío, de querer más.
Esperábamos una segunda parte, una
continuación, porque ¡ocurren
tantas cosas todos los días en nuestro diario quehacer que se van perdiendo en
la cotidianeidad del día a día....!
Dicen que toda espera tiene su fin
y ahora aparece otro nuevo “Cardit@ de Pucher@. Cuando cambiamos el punto y
la coma por el punto.com”, dedicado a la implantación en el Centro de los
Planes de "Tecnología de la Comunicación" o sea Informática. Fue toda
una revolución en el centro el poder impartir estos planes, y así se refleja en
el libro.
Con su lectura volveremos a
disfrutar de su contenido como lo hicimos con el anterior, y cuando se termine,
volveremos a sentir la insatisfacción de querer seguir leyendo más. Y entonces,
como ocurre con el puchero que nos hacen nuestras madres, pediremos otro vaso
de cardito, y otro más. Yo en concreto creo que ya estará "hirviendo
"el siguiente, te animo a que lo termines de cocinar y te doy la
enhorabuena por este.
Tu "dire" Carmen Maqueda
(Carmen Maqueda Moresco.
Maestra en Educación Permanente.
Directora del CEPER La Arboleda Perdida de El
Puerto de Santa María)
Agradezco a Juan, compañero y amigo, que se haya acordado de mí para
participar en el prólogo colectivo de esta su segunda parte de Cardito de
puchero.
En el primer “Cardito de Puchero”, el cual fui saboreando, cucharada a
cucharada, yo me sentía protagonista pues fueron historias que vivimos juntos,
alumnas y alumnos y anécdotas que
compartimos en lo que fue la incipiente historia del Centro de Adultos.
En este “Cardit@ de Pucher@. Cuando cambiamos el punto y la coma por
el punto.com”se observa la evolución del Centro: hay nuevos objetivos,
nuevos alumnos y nuevas historias pero cuando las leo me parece seguir estando
en La Arboleda Perdida invadiéndome una especie de melancolía.
Juan siempre ha sido el narrador del grupo de profesores que
conformábamos el Centro de Adultos. Nadie mejor que él ni con más gracia para
contar las innumerables anécdotas. Al mismo tiempo, también era el que tenía
una visión más clara de lo que tenía que ser la educación de adultos. Y es esto
precisamente lo que podemos observar en sus historias: gracia, pedagogía y, lo
más importante, sensibilidad. Tres cualidades de las que no debemos olvidarnos
los que nuestra vocación nos ha llevado por las sendas de las aulas.
Te quiero, Juan
(Manuela Lobatón. Profesora en el IES
Valdelgrana y, antes , maestra en Educación Permanente en el CEPER La Arboleda
Perdida de El Puerto de Santa María)
Nada más que contar que no venga a
continuación en el cuerpo del libro.
Como decía más arriba “Pruébenlo
calentito….” Y perdonen la
arrogancia de creer, a veces, que mi
opinión es la más versada ya sea en pedagogía o en algunas de las “artes”
afines, o que mi recuerdo el más fiel. Nada más lejos de
mi intención.
Y como decía, también más arriba… “…otro día les contaré cuando…”. Si la
salud y el tiempo lo permiten, habrá tercera parte. Nunca hubo un buen puchero
que no acabara con “La Pringá”.
23 de noviembre de 2010
Las niñas y los niños de la Escuela Infantil El Llano, interpretan "La O y la A", una escena de Cardito de Puchero
Una de las mejores historias que me ha concedido la publicación de mi libro "Cardito de Puchero" ha sido la puesta en escena de la escena de "La O y la A" por parte de las niñas y los niños de la Escuela Infantil El Llano de Paterna. Ocurrió en Mayo de 2011 y nunca agradeceré suficiente a Mari Paz, a Paco Velazquez, al resto del profesorado de la escuela y sobre todo a sus protagonistas, ese luminoso regalo.
11 de octubre de 2010
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