Mostrando entradas con la etiqueta alfabetizacion. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta alfabetizacion. Mostrar todas las entradas

12 de octubre de 2007

Si tú no tienes felicidad......



Por si con la lectura los relatos y casos que preceden y siguen, alguien llega a la conclusión de que el avance lento de muchas de las mujeres que se acercan la Educación de Personas Adultas es un problema de inteligencia ,me apresuraré con el capítulo que sigue a romper una lanza pedagógica, didáctica, investigativa y literaria contra tal desvarío.

El debate sobre esta cuestión - tontas o listas, inteligentes o torpes, etc.- ocupa muchos de los ratos de diálogos grupales en las clases, las tutorías individuales, los seminarios formativos para el profesorado e incluso, de las ocasionales charlas con los curiosos que quieren saber sobre lo nuestro, la Educación de Personas Adultas.

Dentro de las clases, la mayoría de las mujeres piensa que, efectivamente, ese avance lento que decimos nosotros, ese estancamiento como lo calificaría un observador menos entusiasta y entrenado, ese retroceso puro y duro que describen ellas ,es simplemente un problema de torpeza de mentalidad cerrada y cerril, de incapacidad para memorizar tanta tabla de multiplicar, tantísima filigrana algorítmica, tanta arbitraria regla ortográfica o tanto extraño nombre geográfico.

El bajo autoconcepto y la autoestima vitalmente deteriorada son los responsables de que cada una de ellas se considere, por lo general, como la más torpe, incapaz, lenta y bruta de todo el grupo. Es la suya una autoimagen antigua adquirida quizás en la infancia y cultivada a lo largo de medio siglo de repeticiones diarias que terminan por interiorizar la propia inutilidad, haciendo nacer en su interior un personal credo donde cohabitan de manera injusta la minusvaloración de las tareas que han realizado cotidianamente y la sobrevaloración de aquellas funciones que han quedado fuera de su ámbito.

En ese contexto se produce, afirmo, una incapacidad para ver los propios logros y los límites personales son siempre mejor percibidos que los avances creadores. Devolver objetividad a esa propia e ingrata mirada al interior de cada persona y recalibrar la retina de cada mujer para hacerla capaz de apreciar sus propios méritos es una de la tareas que nos corresponden como educadores de adultos

Si damos por cierto que “No hay peor sordo que el que no quiere oír” aceptaremos también como auténtica la afirmación de que no hay persona con menos posibilidades de aprender que aquella que no cree en su capacidad de hacerlo. Esta negativa creencia es muy difícil de vencer y está fuertemente cimentada en años de desprecio de las propias habilidades.

Antes de seguir para adelante tendría que esforzarme por definir que considero como inteligencia pues de otra manera daría palos de ciego al intentar aprehender cuanto hay de esa capacidad en mis alumnas.

Durante muchos años se consideró como inteligencia el nivel de destreza con la que una persona era capaz de responder a un test de medición del Cociente Intelectual. Desde esta perspectiva, Perogrullo dixit, la definición de persona inteligente sería “aquella capaz de dar un número adecuado de respuestas acertadas a un test de Inteligencia”. El resultado se medía en unas escalas que iban desde el 0 al 200 entendiéndose que los resultados por debajo de 90 eran atribuibles a personas escasamente desarrolladas intelectualmente y que las que se acercaban al doscientos eran poco menos que genios.

Pero esta teoría era y es a mi juicio gravemente defectuosa y a los hechos me remito a continuación.

Hace apenas un curso un colega, maestro aspirante a doctor en Pedagogía, nos pidió colaboración para desarrollar una tesis con la que finalizaría sus estudios universitarios. Esta se llamaba “Problemas del aprendizaje de la lectoescritura en los neolectores adultos”. El objeto de estudio era sumamente atractivo para nosotros y tras pedirle opinión a nuestras alumnas dimos luz verde para que aplicara a nuestros grupos cuantos tests y escalas de medición juzgara oportunos.

El proceso de aplicación de dichas pruebas fue cuando menos divertido y revelador en cuanto a la hipótesis formulada al principio respecto a la inteligencia y respecto a los instrumentos para medirla.

José María, así llamaré al experimentador, procuraba cumplir cuantos protocolos aconsejaba el método científico para dar credibilidad al resultado De esta manera procuraba ser extenso y flexible en las explicaciones, en las instrucciones necesarias para llevar a buen fin cada ejercicio, dedicando a ello cuanto tiempo – y solía ser mucho - necesitara el grupo pero, de la misma manera era muy rígido en cuanto a los períodos y condiciones de aplicación.

Por ejemplo, si el test de Weschler debía de ser aplicado en grupos de cuatro personas y con cinco minutos de tiempo máximo, él aplicaba el modelo a rajatabla pues de otra manera, afirmaba, los resultados no serían objetivos ni homologables. El aspecto afectivo emotivo quedaba aparcado para que los esquemas del método científico pudieran obrar su aséptico resultado. Durante el tiempo de aplicación de la prueba no se podrían dar pistas ni ayudas .Ignoraba, nuestro casi doctor que en estas ayudas nuestras alumnas buscan normalmente más solidaridad afectiva que información cognoscitiva. Sin ese báculo emotivo, sin la sonrisa cómplice del maestro los resultados eran desastrosos.

Veamos lo que ocurrió durante la aplicación de la prueba de “homófonos”. Según nos explicaba José María, se trataba de unir una serie de palabras ortográficamente incorrectas pero que sonaban fonéticamente igual que las correctas con el dibujo representativo del concepto correspondiente. Por ejemplo se trataba de unir KHANDADO con el dibujo de la cerradura metálica o KAMEYHO con la caricatura estilista del mismo animal.

El impreso de la prueba mostraba diez dibujos de diferentes suerte en cuanto los grados de realismo y, a su alrededor, esparcidas por los márgenes del papel, unas 15 palabras entre homófonas y otras sin ninguna ligazón con los anteriores gráficos. Las participantes dispondrían de tres minutos, tres, para la tarea.

La explicación de la prueba, con ejemplos prácticos en la pizarra duró algo así como una hora, teniendo oculto, como mandaban los cánones, el test auténtico. Nuestro investigador dibujaba en la pizarra con poca pericia, todo hay que decirlo, animales esquemáticos y escribía alrededor varias palabras entre ellas alguna homófona. Luego jugaba con mis alumnas a encontrar el resultado correcto. Por un momento, entre risas y comentarios jocosos, desde el discreto aparte en el que me había sumido para que la dirección del experimento fuera correcta, pensé que daría algún resultado positivo.

Cuando sonó la hora de la verdad empezaron los auténticos problemas. José María, preocupado por garantizar la limpieza del proceso, pidió a mis alumnas que se colocaran en mesas separadas, una detrás de otra y les pidió que sólo dejaran encima el lápiz y una goma de borrar. El ambiente tan cálido y divertido que había existido hasta ese momento, se esfumó ante aquellas inesperadas instrucciones; la presión y los nervios, antagonistas de la complicidad cotidiana, se adueñaron de las participantes

- Pero dijo Pilar, abanderada de la kábila contra cualquier tipo de pruebas, tocando a rebato a sus aliadas - ¿es qué vamos a hacer un examen?

- ¿Podemos sacar las tablas de multiplicar? – rogó Ana, reconociendo su eterno y público déficit, al escuchar entre lejanas campanas, la palabra “examen”.

- ¿En hoja de rayas o de cuadros? – terció Regla con la eterna y diaria cuestión con la que saludaba cada propuesta , refiriéndose a la costumbre adquirida muchos cursos atrás de realizar en hoja rayada los ejercicios de lectoescritura y sobre papel cuadriculado los trabajos de cálculo. Daba igual que ya conociera de antemano la respuesta. Ella, sonriendo inasequible al desaliento, prefería preguntar un millón de veces antes de tener que borrar en una ocasión. Su pregunta, antesala de cualquier dictado o cuenta de dividir que realizáramos era otro de los ritos con los que hay que cumplir para iniciar un nuevo día de aprendizaje.

- ¿Qué hay que hacer?- se sobresaltó Lola, la mayor en edad de la clase, despertando de una de las innumerables cabezadas con las que había festejado la larga disertación de José María sobre la importancia de la prueba que iban a realizar respecto al resultado final de la investigación. No es que sus palabras hubieran resultado especialmente indigestibles; Lola, y lo digo por experiencia, era capaz de dormirse, y se dormía, en medio de un dictado sobre los musulmanes, en un coloquio sobre la menopausia e incluso en el tiempo que yo tardaba en llevarme una de dieciocho y sumarla en la siguiente hilera de la cuenta.

La bola de preguntas, juicios y comentarios de todo signo fue creciendo, amenazando con devorar el experimento, ante el gesto atónito de José María que no sabía como hacer amainar aquel diluvio de preguntas nerviosas.

Acudí en su ayuda, cual casco azul de la pedagogía para salvaguardar los intereses del proceso investigador y usando la ancestral técnica docente de elevar mi voz un par de tonos sobre el descontrolado guirigay colectivo a la vez que golpeaba con la palma de la mano la pizarra, aseveré:

- No, no se trata de ningún examen. Simplemente vamos a realizar la prueba que él os ha explicado hace apenas cinco minutos. Necesita que la hagáis según sus normas para poder compararlas con las que ha realizado a otras alumnas. Debe estar seguro de que todo el mundo la hace a la vez y que nadie copia de nadie

- Pues, yo - añadió Pilar, abandonando sus iniciales posiciones insumisas, mientras se recolocaba a una distancia cómoda de su compañera, midiendo su agudeza visual hasta el pupitre cercano nunca me copio, porque copiarse no sirve de nada....

- ¡Mejor que nos ponga un cero a cada una y así acabamos antes!- sentenció Ana, experta en la evaluación negativa de los avances personales, entre risas nerviosas.

- ¿Qué hay que hacer? – continuaba preguntando Lola , totalmente desorientada al haber pasado en brazos de Morfeo todo el período previo de instrucciones , mirando hacia todo el mundo en busca de una ayuda que nadie estaba , a ciencia cierta, en condiciones de prestarle.

El ruido de las mesas y las sillas en el acto de recolocación, apagó por un momento la cacofonía de quejas y lamentos que ponía la sintonía a nuestro laboratorio escolar y la clase recuperó por unos momentos la normalidad que José María añoraba.

Recuperado el control, el infortunado aprendiz de pedagogo volvió a resumir el contenido, los objetivos y los pasos a dar durante el proceso. Todas las miradas le seguían mientras gesticulaba sobre el esquema que había dibujado sobre el encerado para acompañar sus palabras. Pudo acabar sin que nadie abriera la boca y tomando un bloque de impresos que tenía en la esquina derecha de la que, en otros momentos, fue mi mesa, empezó a repartirlas entre las atentas participantes.

- Este papel que estoy colocando boca abajo en vuestras mesas, es la hoja donde vais a hacer el ejercicio atacó de nuevo el aprendiz de científico - . No le deis la vuelta hasta que yo os lo diga porque a partir de ese momento tendréis para realizarlo sólo tres minutos incluyendo el tiempo de poner el nombre.

- ¿Tres minutos? ....– sonó un aullido a coro- ... ¿sólo tres minutos?

- Veremos, je, je, si me da tiempo a poner aunque sea nada más que el nombre - intervino Macarena que tenía a gala ser la más lenta en cualquier operación. Otras presumían de ser buenas en el dictado, de saberse las tablas o el abecedario y ella, sin ningún empacho, se tenía por la más cachazuda del grupo, no por que ella quisiera que bien que se esforzaba por apresurarse, sino por que la lotería genética le otorgó ese bien, el detenimiento, que en otros aspectos de su vida le había sido muy beneficioso pero en su trayectoria escolar le tenía todas las sesiones en un continuo “correcorre”.

- ¡Un cero, lo que yo digo, un cero para todas! –terció Ana “animando” a la clase con ese “espíritu positivo” que siempre le acompañaba al abordar tareas nuevas.

- ¿Qué hay que hacer? - insistió Lola subiendo el tono de voz, por tercera vez, volviendo de una nueva visita a los “Campos Oníricos”, una breve siesta que le dio tiempo a descabezar en los anteriores momentos de calma.

Tras una mirada suplicante de mi colega invitado, me coloqué cerca de Lola procurando evitar que se durmiera de nuevo y haciendo de ocasional intérprete de sus instrucciones. No era muy científico pero era del todo indispensable.

- ¿Estáis preparadas? preguntó José María, mientras yo observaba que el desánimo, un gusano que se alimentaba de las siestas de Lola y de la ira de Pilar entre otros detritus, había empezado a hacer mella, agujeros , fallas infinitas en él.

- Preparadas... ¿para qué? – contestaron al unísono varias por decir algo, haciendo subir y mucho el termómetro de la desesperación del experimentador.

- Pues...... – empezó a decir con la frente perlada por el sudor que produce la exposición prolongada a la incomprensión más pertinaz.

- Si, - intervine yo, para, a continuación, mirando de reojo a las bromistas, añadir- están preparadas.

- Entonces, dad la vuelta al papel, escribid el nombre y empezad: Tenéis tres minutos a partir de.... ¡ahora!- exclamó a la vez que accionaba dramáticamente el pulsador del cronómetro.

Yo ya me lo esperaba. Tras un minuto de silencio y dudas, después de mirar a diestra y siniestra, Macarena preguntó:

- El nombre, ¿lo pongo arriba o abajo?

- Arriba, arriba - instruyó José María provocando involuntariamente que muchas dejaran de buscar las soluciones para dedicarse a borrar el trabajo ya realizado, la colocación del nombre y los apellidos en el margen superior.

- ¡Vaya – intervino Regla, como pidiendo el libro de reclamaciones – pues ya lo había puesto yo abajo, como arriba no hay sitio!

- ¡Déjalo abajo entonces! – concedió el interpelado.

- ¿Abajo? ¿No ha dicho usted, hace un momento, que lo pongamos arriba? – se quejó de nuevo, Macarena iniciando el decimoctavo borrado.

- Está bien, está bien - se rindió José María - que cada una lo ponga donde quiera pero que lo escriba ya....por favor.

- Si, pero.... ¿yo qué hago? – dijo la tortuguita Macarena -. Tengo borrada la fecha, ¿borro también el nombre?

-Ah, pero... ¿la fecha también había que ponerla? – se sorprendió Pilar- ¿Arriba o abajo?

- ¿Qué hay que hacer con el nombre? – preguntó Lola que llevaba tres minutos mirando ensimismada los dibujos sin hacer nada.

Los primeros diez minutos se fueron entre sudores fríos de José María procurando deshacer el entuerto de los nombres y las fechas y el que siguió con los apellidos (“¿uno o dos?”) Haciendo de tripas corazón, decidió conceder otros tres minutos para la prueba en sí.

- ¡Uff, vaya unos dibujos más raros!, – empezó a radiar Pilar, en voz alta- no se sabe ni lo que son. Este de arriba... ¿es un caballo?

- ¿Dónde hay un caballo? Yo no veo ningún caballo. Veo un camello, una cosa que parece una fregona, un candado pero caballo, no veo ninguno. ¿Dónde está el caballo que dice Pilar, Juan? – se apresuró a contestar Remedios.

- Aquí, chiquilla, aquí arriba - se levantó la cuestionada para señalar a la otra el “establo” del equino.

Las demás se contagiaron rápidamente y, en pocos segundos, todas andaban a la caza del caballo, señalándose unas a otras el lugar donde creían verlo. José María tenía la mirada opaca, como perdida en galaxias de aplicaciones científicas inmaculadas.

- Venga, vamos – volví de nuevo a la carga directiva ante la momentánea ausencia mental del auténtico coordinador – vamos a dejar los caballos y a seguir con el ejercicio que queda poco tiempo.

- ¿Dónde hay que poner los nombres de las cosas del papel, arriba o abajo?- intervino, de repente, Macarena curándose en salud.

- No hay que escribir ningún nombre en ninguna parte, - gimió, más que otra cosa José María volviendo del limbo en que se había sumergido para descansar- sólo tenéis que unir el dibujo con la palabra que suene como su nombre.

- ¿Y si no sé lo que es? – insistió Pilar que parecía continuar atrapada entre las patas del caballo de marras.

- ¡Pues te pasas a otro y nos dejas trabajar a las demás!- concluyó Manoli a la que, por cierto, nadie había consultado dando a su reconvención cierto aire de bronca. Ya estaba harta de oír hablar de caballos, camellos y cerraduras que ella no conseguía encontrar en ninguna parte

- Pero aquí pone VURRO con la V baja y yo sé que se escribe con la B alta. por que en el libro que leímos ayer - intervino Chari, la delegada, y sin que nadie le dijera nada sacó de su cartera el libro de lectura colectiva , busco la página correspondiente y se la enseñó a José María - viene con la B alta . ¿Lo veis? ¿Que hago, la tacho?

- Que no, que no, lo vuelvo a repetir, – su voz, al principio autoritaria y firme, era ya un sollozo de cansancio – hay que unir los dibujos y las palabras, no hay que tachar ni escribir nada en el papel.

- ¿Qué no hay que escribir nada? – se enfureció Macarena , apuntando con el lápiz airado hacia nuestro torturado huésped - ¿ No dijo usted que escribiéramos el nombre , los apellidos y la fecha debajo?

- “De-ba-jo”, no, - intervino Pilar enseñándole su prueba y aprovechando para dar una visual a la de la compañera - “el muchacho” , quiero decir, José Mi...., dijo “a-rri-ba”, lo que pasa es que tu no te enteras. Pero como aquí parece que puede preguntar todo el mundo menos yo.

Mientras la clase se enfrascaba en un nuevo rifirafe sobre quién preguntaba mas ó menos y se perdía en un abismo de dimes y diretes que la hacían más parecida a la sala de espera de un ambulatorio que al frío laboratorio pedagógico que José María había deseado crear, Lola, cansada de reclamar instrucciones ,ponía manos a la obra y escribía con su mejor letra el nombre debajo de cada dibujo e incluso había empezado a colorear alguno de ellos antes de que yo pudiera advertirla.

Veinte minutos después, cuando se acordó y volvió a consultar el cronómetro para dar por terminada la prueba, el paisaje era desolador.

José María había gastado casi todo el tiempo en intentar solventar la duda de Chari sobre si el dibujo que supuestamente representaba al KHAMEYO tenía efectivamente una o dos jorobas y si esto era además correcto zoológicamente hablando.

Macarena, en su isla, andaba todavía borrando su segundo apellido para rectificar y colocarlo arriba tal y como había escuchado en las últimas instrucciones.

Pilar se paseaba impunemente por la clase comparando su prueba con las de sus compañeras con el pretexto de ver si habían dibujado las rayas de la misma manera que ella.

Ana se reía continuamente a la vez que murmuraba para si misma mirando hacia el papel: “¡ Que cero, madre mía , que cero!”

Regla y Remedios, totalmente desentendidas del test, hablaban animadamente de las gafas de la primera., “....que me sirven para la pizarra pero no para el cuaderno, pero como me he dejado las del cerca en casa pues tengo que...”.

La cara de José María, al recoger las pruebas entre un aguacero de protestas (“¿Pero, ya han pasado los tres minutos? ¡Espera, espera un momento!”) era un épico poema a la frustración. La realidad, tan tozuda ella, había lanzado una tonelada de estiércol pragmático contra su limpia conciencia del científico experimentador. Recogió sus bártulos y con un gesto de cansancio infinito, abandonó el aula mientras mis alumnas comentaban divertidas entre si la prueba. Los nervios y el mal rollo abandonaron la clase junto a la abultada cartera y al debilitado ánimo del visitante.

Le perdimos de vista una semana y cuando volvió, afortunadamente, ya había recompuesto su ánimo investigador. La distancia, las reflexiones personales y una entrevista con el director de su tesis le habían fortalecido el espíritu pero no habían conseguido modificar su estrategia. En la misma línea, su jefe de tesis le había propuesto ahora pasar a mis alumnas un cuestionario de inteligencia puro y duro para descartar que los problemas que se pudieran detectar en la lectoescritura no se debieran simplemente a un coeficiente intelectual excesivamente bajo, es decir a una inteligencia escasamente desarrollada ,tal como la describíamos al principio.

Quizás no era yo la persona adecuada para cuestionar a un casi licenciado en
Ciencias de la Educación, la definición de inteligencia ni los instrumentos que la puedan medir pero tras analizar el tipo de pruebas que pretendía aplicar no pude evitar expresar mis reparos.

Se trataba de una batería de ejercicios basados en series cuyo criterio de ordenación era fundamentalmente alfabético. Había que predecir, que acertar, cual era la letra que continuaba la serie lógica. Pero, me cuestionaba yo, ¿cómo se podía pretender medir cualquier capacidad de una serie de personas cuya característica es, precisamente que ignoran el abecedario y su orden, con una prueba basada precisamente en el uso de dicha escala? Sería, a mi juicio, como intentar medir la resistencia física de un oso a través de una carrera......en bicicleta o medir la agilidad de un mono haciéndole subir un árbol....virtual a través de un juego de ordenador. ¿Quién de nosotros ser capaz de completar cualquier serie lógica basada en el alfabeto cirílico o chino? José María entendió mis objeciones pero no contaba con instrumentos más adecuados. En fin, si el resultado de la primera prueba descrita resultó un fracaso absoluto, esta segunda hubo de ser ignorada completamente por sus aplicadores.

Al final, la tesis resultó de gran interés en cuanto a los aspectos descriptivos y a las hipótesis de solución formuladas pero un desastre en cuanto a los instrumentos de medida. Habían intentado aprehender algo tan delicado como el concepto de inteligencia con un elemento tan burdo como un test; se habían conjurado pescar la Luna con una red y tras alborotar un poco el fondo del charco, quedó, de nuevo la plateada imagen sola en su superficie y en las manos de los conspiradores, una malla vacía y mojada.

A nivel personal y volviendo a la definición que nos ocupaba al principio del capítulo, cuando yo intento definir lo que es la inteligencia me acerco mucho más al concepto de “inteligencia emocional” y entiendo como tal esa capacidad de interpretar y dar respuestas a los problemas cotidianos incluyendo en este lote habilidades como el autocontrol, el entusiasmo, la perseverancia y la capacidad de automotivarse. Estas cualidades aprendidas permiten sacar el máximo rendimiento al potencial que le haya a cada persona correspondido en el sorteo de los genes.

Desde estas posiciones, yo concluyo que debe calificar de inteligente a la persona capaz de utilizar con éxito sus capacidades para afrontar los retos de la vida. El éxito vendría definido por la capacidad de acercarse al polo feliz y alejarse del extremo infeliz de la polaridad. En este sentido, también serian actitudes inteligentes las que permiten aprender de los fracasos y aprehender instrumentos nuevos cuando estos se hacen necesarios. Mi particular visión de la inteligencia está basada más en la experiencia docente que en la investigación científica. Por ello me atrevo a afirmar que es difícil no tropezar a nuestro alrededor con mujeres de una tremenda inteligencia, personas que han enfrentado la vida con valor sacando de ella los mejores resultados posibles. Solo me atrevería a calificarlas de “tontas” por amilananarse ante la sencilla tarea de memorizar letras y números después de haber sido capaces de generar tanta felicidad a su alrededor.

Si con la misma facilidad con la que hoy se otorgan masters y diplomaturas en mil materias etéreas , se premiaran el arte de la administración doméstica, la ciencia de la cocina económica , la psicosociología del perdón y del amor y los profundos conocimientos sobre reparación del alma humana, las cocinas de nuestras milagros, cármenes, etc... hace tiempo que estarían profusamente decoradas con los certificados de todo su maravilloso e interminable curriculum vital.

¿Qué título otorgaríamos, por ejemplo, al talento matemático de Angela? ¡Juzguen ustedes!

Angela regentó desde que se casó un puesto, una parada en el Mercado de Abastos del Puerto. Mientras su marido cambiaba con la tierra el sudor y las horas por los tomates y las lechugas, ella se encargaba de comerciar con las hortalizas sin tener la más mínima noción de matemáticas escritas. Nunca, hasta que llegó al Centro de Educación de Personas Adultas hizo una cuenta en un papel y su conocimiento de las cifras sólo llegaba hasta saber que un duro era más que una peseta y que quince pesetas eran más que dos duros.

Partiendo de ese cero casi absoluto en cálculo, Angela, cocinando necesidad, perspicacia e intuición, llegó a diseñar para su práctica mercantil un sistema propio, eficaz y rápido, una calculadora infalible y artesanal. Alguna vez me lo explicó pero creo que nunca llegue a entenderlo del todo, cuadriculada mi mente por el sistema de contabilidad que había aprendido desde pequeño. En resumidas cuentas, Angela llevaba siempre un amplio mandil de tendera de un blanco matutino que la jornada iba tiñendo con el arco iris de los productos de la tierra. A ambos lados del delantal llevaba un par de enormes bolsillos comunicados para, en los escasos momentos de ocio, proteger las manos del frío que subía por la cercana escalera desde la planta baja donde se conservaban las carnes y los pescados.

En el túnel textil ocupado por sus manos alojó Angela su primitiva calculadora y ajustaba los pedidos a medida que sus clientas lo iban demandando. En la parte izquierda del bolsillo llevaba diez garbanzos y en la parte derecha, diez judías blancas. A medida que recitaba las cantidades, los garbanzos y las judías iban cambiando de bolsillo. Al final el resultado dependía de la cantidad y la posición en la que se encontraba unos y otros. El total a pagar o a devolver aparecía en su boca tan mágicamente como los dígitos aparecen en la pantalla de las modernas máquinas japonesas de bolsillo.

Claro que a fuerza de utilizar ese mecanismo, la mayoría de la veces, las legumbres ya no se movían, pasaron a hacerse virtuales y a moverse y alojarse sólo en los surcos de su cerebro, entre las neuronas de Angela y, aunque nunca renunció a llevar en su bolsillo las dos decenas de mágicas semillas, rara era la oportunidad en la que necesitaba acudir físicamente a ellas.

La necesidad hizo que Angela inventara, sin conocer la historia de la matemática china, un particular ábaco que perfeccionó, andando el tiempo, hasta el punto de hacerlo convertidor de duros a pesetas y viceversa. Por eso, aunque Antonia no fuera capaz de memorizar la tabla del siete o de recordar cuando hay que “poner cero al cociente y bajar la cifra siguiente” en mi universo particular de genios hace tiempo que le fue otorgada la licenciatura en ciencias exactas y un lugar preferente en la orla de la promoción imaginaria de “Matemáticos de la Vida Ordinaria”.

Y si me he referido a Angela como bandera de la "reinvención cotidiana” de las Matemáticas, cuando analizo el sencillo redescubrimiento de la escritura no puedo olvidar lo que me contaron, entre otras, Lucia y Micaela.

Micaela aprendió a leer con nosotros cuando ya contaba más de 50 años. Por razones que yo no recuerdo pasó mucho tiempo separada de su marido o del que todavía era su novio. La mayor angustia para ella, en esa situación, era recibir cartas de él y tener que recurrir a una vecina o a una amiga para que se la leyera. En esos casos procuraba memorizar cada palabra para evitar molestar más de lo preciso y, en la intimidad, solía recordar cada término, cada frase de su amigo y saborearla apretando el papel callado. Sin embargo era mucho más trabajoso contestarle. Si encontrar a alguien que supiera leer era difícil, hallar a una persona que supiera escribir y estuviera dispuesto a ello era una tarea casi imposible. Además, y eso era lo principal, siempre había deseos que no se atrevía a expresar por miedo a la censura de la amanuense, sobre todo aquellos anhelos que se referían a la “necesidad física” de la persona amada. Por eso, Micaela, con la complicidad tesonera del cariño, desarrolló todo un código de dibujos esquemáticos en los que aprendió a expresar sus más íntimas apetencias. Tras terminar la parte letrada de la carta antes de cerrarla ya en la intimidad se dibujaba a si misma y a su novio. La posición que ocupaban, el estar más o menos cerca, de frente o de espaldas, la disposición de las líneas que representaban el cuerpo o sus partes más significativas, todo era un sensual lenguaje icónico a través del cual se expresaba el amor, mensajes de botella en una clave secreta que solo compartían los amantes.

Los jeroglíficos de Micaela, menos conocidos y estudiados que los de aquellas colosales y milenarias pirámides de piedra, no fueron por ello menos útiles y valiosos.

De Lucia diré que apenas sabía leer y en absoluto escribía cuando atravesó por primera vez los dinteles del aula. Silabeaba con dificultad cuando conseguía ver lo que estaba escrito a través de unas gruesas gafas de concha, de esas que llamamos “de culo de botella”. La miopía galopante que sufría la amenazaba constantemente con provocarle desprendimiento de retina y fue la causa, meses más tarde, de que los médicos le aconsejaran no seguir viniendo a clase. Antes de abandonarnos también me contó algo que me impresionó.

Su marido era fontanero y el teléfono de recoger avisos lo tenían en la casa familiar. A la espera de la invención del contestador, ella debía permanecer casi todo el día en la casa a la espera de los avisos urgentes de los que debía tomar nota. ¡Una secretaria, no se lo pierdan, que no sabía escribir!

Lucía no tenía aspecto de ser especialmente inteligente. Su pequeña estatura, sus enormes anteojos y una escasa capacidad de relación con las demás compañeras, le habían creado entre éstas, una cierta fama de torpe y de acaparadora. En cuanto conseguía escribir una sola palabra con sus enormes letrazas venía corriendo a enseñármela interrumpiendo cualquier explicación que estuviera dando a otra compañera. Una vez que me había mostrado su cuaderno, no volvía a su sitio sino que me seguía a lo largo de la clase en mis viajes entre un pupitre y otro, provocando risas y comentarios crueles de las demás. Tenía enormes carencias afectivas, demasiadas existencias de soledad en el almacén de sus recuerdos y se “enamoraba” con facilidad de quien le ofrecía un minuto de atención, cariño y seguridad.

Quizás por eso, por esa relación tan especial que estableció conmigo, un día me descubrió su secreto, la estrategia con la que cubría su déficit de escritura y, a la vez, cumplía con su función en el negocio familiar.

En sus ratos de guardia perenne ante el teléfono había desarrollado todo un código de señales que indicaban desde el nombre de los clientes, los domicilios y las averías más usuales. La clave , que al principio era significativa, es decir, que unía los nombres con un dibujo más o menos realista que los representaba , terminó por ser totalmente abstracta y arbitraria , sólo tenía significado para ella. Estaba compuesta por más de 30 señales diferentes y, combinándolas podía recrear mensajes complejos.

Creo que su marido nunca apreció esta creación de Lucía. Para él, su libreta sólo era una colección de garabatos ininteligibles. Ella, por su parte, nunca le dio otro valor a su código que el de ser una accidental muleta de una “pobre analfabeta”. Alguna vez pensé en hacer público el conjunto completo de signos pero, como dije antes, las presiones del oculista llegaron antes y pudieron más. Un día, Lucía desapareció del centro sin dar explicaciones y no volví a saber de ella.

Al igual que Angela, Lucia y Micaela, he conocido y doy gracias por ello a decenas de mujeres que según mi definición reventarían por las costuras cualquier tipología de inteligencias:

Paca, que fue de joven emigrante perpetua, conocedora de cuatro idiomas sin haber tenido oportunidad de aprender a leer y a escribir en ninguno de ellos.

Francisca, con una ortografía superdeficiente y sin saber las tablas de multiplicar pero capaz de componer en una sola noche hasta 17 cuartetas, poemas de la madrugada insomne, destinados a felicitar con humor las pascuas a todas sus compañeras.

Remedios, incapaz de memorizar el abecedario pero totalmente eficaz recordando mil letras de chistes, rumbas y carnaval con las que llena su recuperado tiempo de ocio y nuestras frecuentes meriendas de cumpleaños.

Cati, alumna menuda hasta en la voz ,compañera incombustible, con nosotros desde el primer curso, siempre en el mismo nivel inicial, capaz de venir cada día con una sonrisa nueva , con sus 60 años ya colmados dispuesta a ilusionarse aprendiendo a bailar por sevillanas y a cantar como si fuera la niña que por su estatura parece.

Como decía una canción del verano en una perla de sabiduría popular de ésas que repetimos sin pararnos a pensar: “Si tú no tienes felicidad, de sabio no tienes ná”.

Y , sépanlo y escríbanlo ,señores doctores , para que conste en sus gruesos libros de teorías serias y científicas, esa capacidad para superar las limitaciones de la vida diaria , las propias y las impuestas, fluye por las venas de mis alumnas cada día , haciéndome profesar a mí y a los que con ellas convivimos con la mente abierta , la creencia de que no hay mayor inteligencia que la que nos permite vivir con ilusión y alegría.

El regalo del maestro



Pepi se ha levantado la primera y con una seña de ojos y manos que ella cree imperceptible para mí, comunica al resto de la clase que no se levanten todavía , que tiene algo que debe comunicarles. Es toda una orden, una sugerencia dicha sin palabras que las nuevas no llegan a captar. No importa pues las compañeras más cercanas, ya veteranas de la conspiración, compinchadas por muchos años de escuela, frenaran disimuladamente su impulso por irse o su necesidad de preguntar. Calculan que saldré de clase un rato antes de empezar el segundo turno, para tomar un poco de aire o para traer del armario de la clase contigua los materiales necesarios. Esperaran esa breve pausa para conspirar en voz baja o para citarse en la puerta de la calle si el tiempo apremia. Colaboro fingiéndome ignorante y abandono el aula siguiendo los pasos del ritual.

En el grupo más tardío, Loli, la más decidida y experimentada, recorre cada uno de los pupitres dejando breves cuchicheos y secretas consignas que interrumpe cuando entro en clase o la diviso desde mi atalaya. Risas y miradas cómplices introducen la tarde en esta segunda función del teatro del disimulo convenido.

Tanto en uno como en otro grupo circulan listas con cruces y hay dineros que pasan clandestinamente de mano en mano, en silencio o con un lacónico “¡Luego hablamos!”.

Un evento “inesperado y sorpresivo”, a pesar que se repite año atrás año, se avecina según esos indicios inequívocos: mis alumnos andan preparando el regalo del maestro por Navidad o fin de curso.

Desde el principio de trabajar en Educación de Personas Adultas, este asunto de los regalos me mosqueaba un poco. Me recordaba a la antigua costumbre de “alimentar al maestro”, aquel uso rural de mantener al famélico enseñante a base de pagarle con viandas, a falta de unos dineros que el Ministerio mandaba tarde, poco y mal. Me olía un poco también a soborno, a compra de voluntades sobre todo en aquellos regalos individuales que llegaban cuando no estabas con todo el grupo, pretendiendo quizás dosis especiales de atención pedagógica.

Quizás exagere y no exista nada más incierto. Los regalos de nuestras alumnas puede que sólo sean un voluntarioso intento por equilibrar la balanza del afecto y la paciencia que , según ellas, los educadores volcamos en nuestra tarea diaria..

Una vez más ha sido inútil la repetida explicación de que la mejor forma de agradecer nuestro esfuerzo profesional es el interés y la ilusión que la infinita mayoría de las mujeres que asisten a nuestras clases vuelcan sobre nuestras propuestas de trabajo. Además del interés tiene que haber, según la mayoría, regalos materiales.

Sin embargo, pienso que esta costumbre de los regalos se ha institucionalizado demasiado y , muchas veces, es imposible distinguir cuando obedecen a un uso establecido y cuando a la necesidad sincera de expresar algún sentimiento positivo. De hecho, en la mayoría de la ocasiones, el regalo persiste incluso en los grupos en los que el profesor o la profesora es considerado, desde el punto de vista estudiantil, como un petardo. A veces incluso se establece una absurda y competitiva carrera entre algunos grupos para ver quien homenajea más y mejor a su tutor.

En contadas ocasiones ocurre que el regalo es oportuno y te demuestra ese cariño del grupo. A través de él, ves como, durante un tiempo, han tenido que moverse colectivamente e investigar lo que te gusta o aquello que necesitas.

A ese nivel recuerdo que durante muchos de los años iniciales, mis alumnas de la Casa de la Cultura , de Crevillet, el barrio donde yo vivía y trabajaba, me regalaban camisas y pantalones, dado mi carácter de “adán” desastrado en el tema de la vestimenta. No dudaban en preguntar en gestiones clandestinas con mis vecinas o mi madre , cuales eran mis tallas para acertar en la elección. Su gusto, como el de todas las madres, era dudoso pero su intención me parecía tierna . En otra oportunidad durante mi época viajera me regalaron una enorme bolsa amarilla que me acompañó, con sus cartas y sus recuerdos, a lo largo de mis aventuras por toda la geografía de la Tierra de Campos castellano- leonesa.

La primera vez que recibí una placa de mis alumnas me emocioné. Hubiera preferido que sus nombres estuvieran escritos con su propia caligrafía torpe y recién estrenada pero valiente y fresca. Sin embargo, ellas eligieron la reglamentaria letra del grabador y, para colmo, en el texto no aparecían todos los nombres de quienes componían el grupo sino solamente los de la gente que había pagado comanditariamente . Y es qué está claro que uno de los problemas de los regalos es ése, el económico. La gente que suele tener la iniciativa y la idea del regalo suele ser la que tiene medios económicos y la que establece la cantidad de dinero a poner en el escote. Normalmente tienden a pasarse en los precios. En la otra parte, la gente parada o con problemas económicos se siente cortada por no poder o no querer participar en la cuestación.

El año de aquella placa con ocho nombre en un grupo de quince, pasé la enorme vergüenza de recibir en el salón de mi casa, con mi madre de testigo obligado, a una de las alumnas excluidas que venía a darme un rosario de amargas quejas contra el resto del grupo y a regalarme, para demostrar su buena voluntad,...un par de zapatillas de paño.

Pero, a pesar de los pesares, ya he dicho que aquella primera placa fue además de accidentada muy especial, en lo positivo y en lo negativo, para mí. A partir de aquí se me hizo muy cuesta arriba seguir recibiendo más homenajes de orfebrería.

Como lo bautizó un amigo, entre el Carnaval y mis tareas pedagógicas, el protocolo dorado amenazaba con convertir mi salón en una “Tacita de Placas”, así que un día me negué a colgar ninguna más. Me daba cierto repeluzno que las paredes de mi casa parecieran un lateral del patio del camposanto municipal, repleto de nichos con epitafios repetidos:

“De tus alumnas del curso 94-95”

“Tus alumnos del curso 91-92, que no te olvidaran”

“La AA. VV. de Los Frailes por su colaboración en el Carnaval de 1993”

“Fuiste el mejor maestro para nosotras. Tus alumnas de la Casa de la Cultura”.

Solo faltarían entre tanta efusión literaria una corona de flores mustias, un jarrón con claveles de plástico y, sobre la puerta de mi casa, la leyenda que tantos años me inquietó y que figura en el arco de entrada del cementerio municipal: “Hodie me, cras tibi” (Hoy por mi , mañana por ti).

Más acierto tuvieron mis grupos del IES TEJADA el año que me regalaron un magnifico jamón de muchas jotas, justo en una época en la que Ester y yo íbamos de vegetarianos rabiosos por la nutrición y por la vida. En aquella ocasión, pese a su despiste, alabé su gesto: no me cabía duda de que en casa de mis padres y en Navidades sabrían dar una correcta utilidad a aquella generosa porción de “tocino de guarro de la pata de atrás y de la parte del culo”. Así que, durante unos años, la costumbre del jamón y de la botella de whisky, oportunamente alentada por mí, se instauró desterrando placas y solo se perdió hace poco cuando el alumno ,experto en “ tocino de guarro...” se dio , para mi infortunio, de baja en el Centro.

Pero, en general, he de decir sin que nadie se moleste, que cuando se salen del ramo de flores, los grupos grandes suelen ser escasamente acertados a la hora de elegir regalos para sus maestros. Me da la impresión de que manejan cantidades de dinero demasiado grandes y que luego pasan verdaderos apuros para ponerse de acuerdo en algún regalo de ese precio que además sea significativo o gustoso.

Una compañera veterana, harta de intentar sistemas para solucionar el problema y de recibir estatuillas de cristal más adecuadas a la decoración de las primeras películas de Almodóvar que de la vivienda de una familia normal o cuadros que se llevan a bocados con la decoración de todas las habitaciones, decidió un año hacer un propuesta original y atrevida a las alumnas:

- Quiero un abanico, no quiero otra cosa. Yo lo elijo, lo aparto – anunció decidida ante el atónito grupo en cuanto advirtió los primeros indicios de “regalitis”– y vosotras lo recogéis, lo envolvéis y me lo entregáis el día que queráis .Yo prometo poner cara de sorpresa. Así aseguramos que a mi me gusta y que vosotras quedáis satisfechas.

Dicho y hecho, el grupo, con pocas reticencias, aceptó la sorprendente pero pragmática propuesta.

Yo, aparte de motivar la continuidad de la idea del jamón, sobre todo al año siguiente en que abandonamos el sistema de nutrición naturista, nunca supe qué hacer con ese tema. Algunos cursos incluso llegué incluso a prohibir el regalo a mi clase dados los quebraderos de cabeza que me generaba pero, cuando llegaban las Navidades, mi prohibición era sistemáticamente ignorada en cuanto mis alumnas observaban los movimientos de recolectas de fondos de los alumnos de otros compañeros.

- ¿Por qué van ellas a hacer regalos y nosotras, no? – reclamaban todas creyendo la justicia de su lado.

Uno de los años que yo había reprimido el tema de los regalos se formó un follón mayúsculo cuando un grupo siguió mi norma y el otro la ignoró, apareciendo ante mí en la fiesta de fin de curso con un enorme ramo de flores que hizo enrojecer de vergüenza e ira al grupo de las sumisas. El grito lanzado por aquel coro de orgullos heridos se oyó hasta en la CEJA y poco faltó para que fueran a plantear en tema al inspector de Educación de Adultos. ¡A ellas, en materia de agradecimientos, felicitaciones y homenajes, no les ganaba nadie!

Con el paso del tiempo y el doloroso aprendizaje de la experiencia fui “conociendo” algunas cosas sobre el asunto y mi filosofía fue cristalizando en una serie de normas que a principios de curso leía a mis grupos como si se tratase del Estatuto de Autonomía o de la Constitución. Las alumnas recién incorporadas, al oírme hablar de homenajes, óbolos y tributos, me miraban con caras de haber visto un OVNI. “Pero, ¿ qué habla éste de regalos, quién piensa regalarle nada si llevamos dos días de clase?”. La veteranas asentían comentando el tema pero ellas y yo sabíamos que, llegado el momento, les costaría mucho a todas recordar y respetar los términos del acuerdo que acabamos de expresar.

La primera norma especificaba que no habría, en ningún caso, regalos individuales. El recuerdo del caso de “las zapatillas de paño” y de algún otro obsequio particular recibido me hacia erizar la piel al imaginar la perspectiva de veinte o más mujeres airadas compitiendo por hacerte regalos de madre a cual mejor, según un criterio estético con el que yo no solía coincidir en absoluto.

Puede parecer excesiva tanta precaución ante las muestras de cariño pero aseguro que hay que tener un cuidado especial con ellas cuando no son colectivas sino muy individuales.

Una vez en la clase hablábamos del “menudo”, una forma especial y nutritiva que tenemos de preparar los callos con garbanzos en algunas zonas de Andalucía. Cada una de las tertulianas comentaba lo que le ponía, donde compraba los ingredientes, el tiempo de cocción e incluso la aceptación que tenía entre sus familiares. Yo me limitaba a asentir y a declararme cofrade de la hermandad de los “rebañaores de la olla” pues hasta ahí llegaba mi relación culinaria con dicho plato. Milagros, una alumna de toda la vida, tras jactarse con ese tono humilde y seguro que a veces adoptaba, de lo bien que hacía tal guiso y, como quién no quiere la cosa, se comprometió a traerme un poco la próxima vez que lo preparara. Una semana más tarde, cuando ya no recordaba su promesa, apareció con una fiambrera y en su interior una generosa ración de “menudo” que yo alabé, parece ser que, demasiado.

Durante la semana siguiente, ya que la caja de Pandora de los guisos se había abierta, desfilaron por la clase todo tipo de tuperwares con platos a cual más exquisito en un improvisado certamen de cocina escolar en el que todas se sentían con derecho y deber de participar y que tenía por juez el estómago agradecido de su profesor.

Intenté reconvertir aquel interminable desfile culinario en una muestra gastronómica colectiva donde cada cual, incluido yo, aportara una receta virtual o real que los demás elaboraríamos, degustaríamos o imaginaríamos pero aquel proyecto naufragó entre pucheros. Cuando la última aportación culinaria pasó por mis manos – más bien por mi cuchara y mis tripas - , Milagros amenazó con iniciar otra ronda, una segunda edición de la olimpiada del colesterol, con su exquisito “Rabo de Toro”. Yo vi llegado el momento de intervenir y cortar por lo sano muy a pesar del glotón goloso que soy, poniendo serio, negándome a que una sola "delicatessen" más apareciera por la clase en un respetable plazo.

Un fenómeno similar a éste, ocurre en las comidas de las excursiones y de los días de campo. Creo que nos ocurre con más frecuencia a los maestros que a nuestras colegas femeninas pero no me atrevería a decir que es un fenómeno sexual. Creo que nuestras alumnas, al igual que nuestras madres, nos consideran eternamente desnutridos y de ahí su interés por atraerte hacia su mesa. Si el ingenuo maestro se atreve a atravesar el límite superior de una fiambrera para aceptar la invitación a un filetito empanado o un trozo de tortilla, se verá obligado a repetir ese gesto una docena o más de veces en cada uno de los recipientes que el resto de sus alumnas plantaran inmisericordes ante sus narices, cortando cualquier intento de retirada. De lo contrario, si el anoréxico imaginario es capaz de rehusar cualquiera de los enésimos ofrecimientos que seguirán al malhadado picoteo inicial, deberá afrontar un rosario de invectivas, indirectas y malas caras.

- ¿Por qué no comes de mi fiambrera? ¿acaso te caigo mal?, ¿tengo yo menos derecho que las demás? - parecerá que dicen más de una decena de rostros airados.

Así continuará el día entre invitaciones y reclamaciones hasta que el profesor , aun a riesgo de desequilibrar definitivamente su balanza nutricional, baje las orejas y acepte comer una docena de tacos de tortilla, , un número indeterminado pero elevado de rodajas de choped y chorizo, equis porciones de queso y carne mechada y regarlo con quince vasos de vino de distinta y generosa graduación , con vasos y vasos de cervezas y refrescos de distintas temperaturas , rematados con un amplio surtido de bizcochos “milsabores”.

Quizás estas penitencias alimenticias tan exageradamente descritas vayan con el sueldo y tengan por objeto escarmentar a los ingenuos que no se doten de un reglamento como el que yo les continúo planteando.

En su segundo punto, la normativa de regalos, planteaba a mis pequeñas comunidades docentes la limitación del número de regalos a uno por curso. Según la dinámica adquirida había grupos que acostumbraban a regalar por Navidad, por el día del Maestro, por el cumpleaños o el santo, y, en último lugar, por el fin de curso. No es fantasioso sugerir que algunas, compulsivas afectas de la orden de Santa Obsequia, patrona del papel de envolver, se quedaban con las ganas de regalar también el día de los Enamorados o el día de la Madre.

Así pues, en los casos más extremos, era imperativo poner límites en el número de regalos y yo comentaba muy serio al grupo que se limitaran a hacer, como máximo, uno en el curso. Casi todos los grupos escogían las Navidades por ser esa época más propicia para manifestar la afectividad a través del cruce de obsequios, pero la mayoría sentía la tentación de reincidir cuando llegaba el fin de curso y había que ponerse muy serio para que esto no ocurriera.

Que no fuera un regalo caro, que fuera un simple detalle, era la tercera de las normas propuestas, aún más ignorada que las demás. A mis discípulas les parecía indigno recoger menos de quinientas pesetas por cabeza. En algunas ocasiones, dado el alto número de alumnos participantes, el total recaudado ascendía a quince o veinte mil pesetas con las que luego no sabían que hacer. Por culpa del exceso de liquidez financiera, el regalo del maestro se convertía en una cesta de Navidad de éstas que rifan en las peñas y tenía un contenido parecido al de aquéllas, de lo más variopinto:

1 Caja de selección de variedades de mazapan.

1 Chorizo Cular de la Sierra de Béjar

2 CD de “Villancicos Flamencos”.

1 Gitanilla de Bronce.

1 Centro de Mesa de flores secas.

4 Ceniceros a juego con la caja de mazapanes.

2 Botellas de Cava Semidulce.

Y es que quince mil pesetas, administradas por treinta master en economía doméstica, artistas del fin de mes apurado y del presupuesto crónicamente deficitario, dan de sí una barbaridad.

La última de las normas era más bien una invitación a que, por favor, se pusieran de acuerdo los dos grupos que yo tutorizaba , a la hora de elegir , comprar los regalos y, sobre todo, en el momento de entregarlos. Quería yo evitar tener celebrar dos meriendas en la misma tarde y duplicar, por tanto, el número de ceremonias.

Quizás fuera esta última recomendación la que, en la práctica, les resultara más difícil de organizar y por tanto de asumir en su totalidad. Desde hace años mis grupos se distinguen además de por el horario, por tener niveles instrumentales, edades y gustos, en general, muy diferentes.

Durante un par de años la cooperación funcionó bien quizás por que la relación entre las delegadas a tal efecto era buena. Una vez incluso salieron ambos grupos juntos , en masa, con la lista de la compra y creo que ese año acertaron al regalarme un pequeño reloj con cadenita porque habían observado la alergia que me provoca llevar relojes de pulsera. También fue buena la colaboración en la época añorada del jamón y el whisky.

El curso pasado cambiaron las encargadas de ponerse de acuerdo y hubo más dificultades de las previstas para determinar el importe del escote y el regalo a elegir. Por pequeños detalles observados ya venía yo intuyendo que, ese curso se separaban las intenciones. Los regalos se suelen entregar en una merienda que hacemos el último día lectivo del año, aproximadamente allá por el 22 ó 23 de diciembre. Cada profesor une a sus grupos alrededor de una mesa que se puebla de bizcochos, pestiños y otras delicias navideñas. Cuando acaba el rito por clases nos unimos todos los grupos del Centro para cantar y bailar.

Así pues tras la obligatoria degustación de seis o más tipos de pestiños y la primera copa de anís colectiva, tomó la palabra Pepi, la delegada del primer grupo:

- Juan, nosotras sabemos que te gusta que nos pongamos de acuerdo con el otro grupo para hacerte el regalo de Navidad. Otros años - añadió, nerviosa como un conductor novel pero superando su característico azoramiento- lo hicimos de esa manera pero en esta ocasión, no hemos conseguido ponernos de acuerdo.

Hubo un cruce de miradas de reproche entre unas y otras pero todas sabían que no era momento de contar, ni justificar el porqué de la desavenencia. Probablemente, pensaba yo, no conseguirían ponerse de acuerdo ni siquiera en por qué no se habían puesto de acuerdo.

- Así que… - continuó Pepi, atajando para salir del atolladero en el que voluntariamente se metía cada año – éste es el regalo del primer grupo.

De no sé donde aparecieron tres paquetes delante de mí, sobre la mesa, envueltos en el clásico papel azul con rayas rojas.

-Gracias, gracias, yo.....- dije, cortando la frase. En otras ocasiones suelo añadir muchas tonterías para animar el cotarro pero dado lo tenso del ambiente prefería no hacer bromas para no poner más leña en el fuego de la discordia.

Tomé el más grande de los tres y empecé a desgarrar el papel adhesivo que sujetaba su envoltorio. Las dimensiones, el peso y el ruido que hacía al agitarlo suavemente, unido a quince años de experiencia en regalos escolares navideños, ya me adelantaban su contenido muy socorrido en aquellas fechas.

- ¡Una caja de bombones! – exclamé no sin cierta dosis de teatralidad.

Era eso, una “gran” caja de bombones, tamaño familiar de esas que se regalan cuando alguien tiene sextillizos o cuando se prepara una fiesta para mil personas. Pensé, visto lo visto, en mi familia, en la Nochebuena familiar, esperando el jamón de Pascua que yo llevaba unos años aportando y recibiendo de mí, en cambio, esa enorme “bombonada”. Bueno, me dije, habremos perdido los entremeses pero hemos ganado un postre apetitoso.

Volví de mis pensamientos cínicos para abrir el segundo regalo que me ofrecían. Tras desgarrar el papel blaugrana me encontré con una selección de tres marcas de vinos de la tierra, manzanillas para más detalles. “¡Que bien, – pensé – éstas también caerán en la cena familiar del día veinticuatro!”.

El tercer paquete, más pequeño que los demás, contenía un CD de Luz Casal y al lo, volví los ojos un momento hacia los cuarteles del segundo grupo cuyo nivel de enojo parecía haber subido muchos enteros durante la entrega de los regalos del primero.

Cuando Loli, la portavoz de la otra clase se acercó con los dos regalos correspondientes, tuve una primera y negativa intuición. También ella quiso articular unas palabras de disculpa pero se lió mucho y me dijo que abriera ya los regalos:

- Pero antes, ¡ te juro – añadió precipitadamente , interrumpiendo mi labor sin que yo supiera a ciencia cierta de donde venía tanta turbación- que yo no sabía nada de nada!.

Cuando me entregó los paquetes pude adivinar la cualidad y la magnitud de los acontecimientos que se avecinaban. Eran, como ya he dicho, dos paquetes envueltos en un papel que sólo se distinguía del anterior en que en éste las bandas eran azules sobre fondo rojo. Su aspecto, tamaño, tacto y sonido me generaban una impresión conocida.

El primero resultó ser otra enorme caja de bombones del mismo tamaño y marca que la primera y el segundo obsequio, completando la paradoja, se trataba de otro estuche con la misma selección de vinos que había recibido momentos antes. Estuve tentado de hacer una broma y preguntar donde estaba el segundo disco de Luz pero juzgué que el horno de la convivencia no estaba en ese momento para bollos provocativos.

La casualidad, que no entiende de hornos ni de provocaciones, les había devuelto la pelota, enfrentándolas de nuevo con la cuestión de que “lo que no se intenta con ganas nunca se logra” y nos demostraba que habían tenido el acuerdo en su mente todo el tiempo pero no quisieron o no supieron plasmarlo.

Todas intentaban con comentarios directos o sibilinos mensajes, excusarse ante mí pero yo, alucinado con la paradoja, no culpaba a nadie ni aceptaba incriminaciones. Sólo intentaba extraer la lección que el destino me había puesto en las narices. No suceden cosas así de sorprendentes para que se pierdan en la simplonería ni para que las tapemos con excusas personales sino para darnos la posibilidad de aprender, crecer y hacernos mejores.

Unas palmas y unos villancicos bastaron para deshacer la tensión que flotaba en el aire como contaminación de los corazones. Ese año, apenas un par días después, en mi cena familiar de Nochebuena no faltaron ni el vino ni el chocolate aunque el suministro de jamón saliera de nuestro peculio.

Y yo, guardian reciclador de anécdotas escolares, conservé esta historia como se guarda el papel de regalo para usarlo en próximas ocasiones. En el fondo espero, que todos y todas aprendiéramos algo sobre el consenso necesario para la convivencia y la vida, en esa perla, en esa moraleja del azar, el mejor regalo de Navidad que nos dejó la suerte en forma de coincidencia perpleja.