24 de noviembre de 2014

El papelito de Carmen



A
fuerza de citarlo,  algunas personas  van a creer que he escrito esta segunda parte de “Cardito de Puchero”  para hacer publicidad de la primera. Seguro que    quien haya leído esas primeras historias advertirá rápidamente  que existen algunos paralelismos entre las dos entregas.
¡Natural! No sé si se habrán dado cuenta de que el autor es el mismo aunque haya venido a escribirlo casi diez  años más tarde  aunque la acción de los relatos en esta parte postrera  se inicie donde acababa  la otra.
Si el eje central del primer libro era la alfabetización que se dio en llamar instrumental o más tarde funcional y que abarcó la actividad de los centros entre 1983 y la mitad de la década de los noventa, éste “Cardit@ de Pucher@” pretende hacer reflexión y crónica de una segunda alfabetización, la virtual o digital,  por la  que  están pasando aun   tantas personas como desfilaron por la primera y que no es, en absoluto,  menos importante a la hora de seguir fomentando la personalidad autónoma, crítica  y  solidaria de las andaluzas y los andaluces. Este segundo asalto comenzó allá  por el año 95 ó 96 y aún perdura.

Dados esos paralelismos que ya habrán   ido notando,  alguien me preguntará: ¿Encontraremos  en esta segunda entrega a la tenaz Mercedes  y el  combate de la  subjetiva “A” versus la académica “O” que tanto nos hizo sonreír, reír y emocionarnos?

Si las tres características que destaqué de Mercedes eran por un lado su gran humanidad, por otro  sus ganas de aprender y en tercer lugar el deterioro físico grave de las capacidades que permitirían ese aprendizaje -la memoria inmediata y la capacidad de abstracción- tendré que contestar que en los grupos de Informática que vinieron tras ella  han habido Mercedes por decenas.

Cuando superamos la prehistoria digital, cuando  la Informática pasó de ser un taller para alumnos a ser un plan  con matrícula y horarios propios,  durante algunos cursos, una parte de la matrícula estaba formada por personas mayores con  niveles académicos superiores que necesitaban entrar en ese mundo tan nuevo.  La mayoría pretendía llegar a usar el correo y la mensajería simplemente. Que su nivel de formación académica no garantizaba, en absoluto, el progreso en la adquisición de las destrezas fue uno de nuestros primeros aprendizajes.

También  había  otro grupo de personas  que con la destreza lectoescritora justa, rechazaban matricularse en planes más académicos, más instrumentales cuyas materias de lengua o cálculo daban por asimiladas, pero que  pasaban el curso completo sin ser capaces de recordar la secuencia que les llevaba a apagar o encender el ordenador;  si el azar  o mi voluntad de probar, las cambiaba de aparato  no eran capaces siquiera de descruzar los brazos por iniciativa propia.  Asistían a las sesiones teóricas como ausentes pues hacía tiempo que se habían perdido en el nuevo vocabulario y de no ser por la compañía solidaria de una hija, un marido  o una amiga habrían abandonado al principio las clases.
Las sesiones eran un continuo preguntar ¿Qué tengo que hacer?, ¿Dónde tengo que darle?, ¿Qué le pasa a mi ordenador que no está igual que los demás? Sus comentarios oscilaban entre la desvalorización personal “¡Qué torpe soy! ¡Soy la más inútil de la clase!” o la desestimación colectiva, “¡Qué paciencia tiene este profesor con las viejas!” dando por supuesto que sólo las más jóvenes podría aprender aquel galimatías de “archivos, solguares y jaguares”.
Pero si difícil era para este tipo de personas, más colosal aún era el esfuerzo de las personas que llegaban con serias dificultades lectoescritoras.
Me refiero a personas que aun silabeaban a leer los menús de herramientas y que tenían graves  dificultades para la lectura comprensiva de frases simples como:


¿Desea guardar este archivo?
Pulse aceptar o rechazar

De este tipo de personas era Carmen. Pequeñita, escueta, miope, carilarga, seca, rígida de cuerpo y algo retenida de lengua.  A Carmen se le podían atribuir los valores y algunos déficits  de mi añorada Mercedes, aunque aún no tuviera, como ella, mermadas  aún ciertas capacidades básicas. Sin embargo, superar el valladar de la soledad de Carmen fue tarea más ardua que vencer las quejas de Mercedes.  A diferencia de ella, Carmen algo  leía y escribía  cuando llegó a las clases de informática pero con poca fluidez y si además a eso le sumábamos su escasa potencia visual,  el problema  se agravaba.

Una vez hace mucho tiempo, leí un artículo sobre  una mujer francesa que contaba su experiencia como analfabeta  en París.  Ella decía que conocía las palabras claves por su aspecto, por su rostro: palabras largas altas, cortas que subían y bajaban y que viéndoles el rostro sabían identificar las estaciones del Metro, los nombres de algunas calles etc... Durante el tiempo en que trabajé con Carmen tuve muy presente sus palabras. Cuadro de texto  8.1 y 8.2

Carmen también tenía una especial habilidad e intuición para seguir las secuencias sin tener que leer las palabras porque la mayoría de las veces necesitaba silabearlas y perdía el tiempo.
Como Chloé Villou,  la obrera  francesa de la que hablo,  o  como todas las personas, que no dominan la lectura, Carmen tenía una facilidad pasmosa para el lenguaje icónico y cuando los veía bien seguía mucho mejor los símbolos que las palabras o las órdenes.  Memorizaba su situación, su aspecto, sus alrededores, etc.
Se colocaba en los últimos pupitres durante las clases teóricas y sus apuntes eran casi jeroglíficos aunque, si os digo la verdad raramente pude verlos pues se las apañaba para tener siempre cerrada la libreta cuando me acercaba a su pupitre o a su puesto de ordenador.
Muy raramente me preguntaba algo a mí o a sus compañeras.  Mis  explicaciones solían empezar por “buscar donde dice “tal” o “cual” o “eso está en los apuntes de ayer” y Carmen que  no utilizaba ese sistema ni siquiera abría la libreta.
Se perdía con frecuencia y, cuando le pasaba esto, lo cerraba todo y volvía a empezar desde el principio sin pedir ayuda.  Por lo general, siempre se encontraba en un punto diferente al del resto del grupo.
Cuando me incorporé a su  grupo, Carmen repetía el primer nivel y esperaba con ansiedad las clases finales.  Pasaba con cierta impaciencia por todos los bloques a la espera de que empezáramos a trabajar con el correo electrónico y con el Messenger.
-¿Cuándo vamos a hacer lo del correo?- me preguntaba cada vez que acabábamos un bloque
-Al final, Carmen, al final.
-Yo ya tengo correo, me lo hice el curso pasado pero no sé cómo....
Se aburría soberanamente durante las clases que dedicábamos al procesador de textos.  Apenas escribía su nombre con una ortografía inexistente y una sintaxis  jeroglífica.
Había aprendido a guardar archivos pero su sistema intuitivo y no lector, le jugaba malas pasadas y terminaba archivando textos en el escritorio y en cualquier parte del ordenador que tuviera la misma apariencia que su carpeta personal.

-¿Cuándo vamos a hacer lo del mesengué?

Me volvía a preguntar al acabar la clase y en algunas ocasiones agitaba en la mano un papelito doblado en cuatro partes.
Las personas que tienen dificultad para leer y escribir, como Chloé Villou, como Carmen, desarrollan muchas herramientas para vivir y para ocultar su carencia.  A mí me costó bastante averiguar que Carmen leía con mucha dificultad y escribía aun peor.  Suelo hacer ese diagnóstico en los primeros días leyendo textos de motivación pero mi incorporación tardía – estuve de baja por enfermedad  -  me hizo desconocer ese importante dato y Carmen disimulaba bastante bien.
La prueba de fuego vino precisamente cuando empezamos a crear y usar los correos.
En el ejercicio, cada persona debía rellenar su propio cuestionario de solicitud aunque en la mayoría de los campos sólo se trataba de elegir  entre una serie de opciones de  un desplegable.  Era  un proceso un poco complicado, farragoso que, afortunadamente sólo había que hacer en una sesión.
Cuando alguna persona más capaz termina siempre la coloco al lado de otra menos hábil para que la ayude a terminar pero con Carmen no hubo manera. Se resistía a cualquier apoyo que no fuera el mío quizás para no revelar sus lagunas.  Por ello, tras una serie de intentos medidos por fracasos,  decidí conservar su cuenta antigua, la del curso anterior, rescatando el nombre de usuario y la contraseña de una críptica hoja de apuntes antiguos.
Pero para poder usar el correo y el Messenger era también  necesario elaborar una agenda de contactos con los compañeros y otras direcciones.
Carmen, más concentrada y participativa en estas clases, se esforzaba muchísimo pero la escritura de cualquier dirección de correo electrónica por muy sencilla que fuera siempre tenía demasiadas letras, puntos, arrobas, guiones, sílabas absurdas y bastaba el mínimo error para que el servidor cruel le devolviera el mensaje que tan trabajosamente había elaborado. De nuevo tropezábamos con la O y la A. O eso me parecía a mí.

La cruz, la auténtica cruz de nuestro trabajo cooperativo...

-¿Porqué no funciona esto, Juan? – me decía en una petición de socorro que se repetía hasta el infinito.
-Repásalo,  Carmen – le volvía a recomendar yo tras leer en el monitor y confirmar una vez más los errores en la escritura.

…era la palabra “Hotmail”.  A pesar de mis mil advertencias,  Carmen parecía incapaz de escribir estas siete letras correctamente y por orden. Escribía “Otmail”, “Ormail, “Jormail”, “Hormait”, “Hotmain”, “Hotmil”, “Hotmali” y mil diversas versiones más.  Hicimos de todo. Lo copió cien veces en la libreta, lo dibujamos con letras enormes  en un cartel y lo pegamos en la pared. Pero…

 -  …es que yo le digo la A… 

…Carmen se olvidaba del cartel y seguía: “Olmait”, “Homali”, “hormal”, y cuando por fin lo conseguíamos y la palabra “hotmail” aparecía con todas y cada una de sus letras,  Carmen escribía “con” en vez de “com”  o descolocaba los puntos o...
Pero muy de vez en  cuando todo salía bien  y  celebrábamos cada correo que llegaba a su objetivo como si de una fiesta se tratara.  Entonces, se le iluminaba la cara y lo comunicaba con cierta retranca a toda la clase que, a pesar del tonillo desafiante,  aplaudía enfurecida el tanto conseguido por esta ariete de gafas de culo de botella y gesto crónico de enfado.
Fue entonces cuando conocí el secreto de su papelito arrugado y doblado ¿Lo habéis imaginado? Seguro. Si habéis dado alguna clase en uno de estos maravillosos grupos lo habréis intuido.  Era la dirección mail de su hija.  En ese papelito veía ella la posibilidad de sorprender a su familia lejana,  de recibir y mandar fotos de sus nietos que residían en Argentina hacía dos años.
Me lo contó. En la última visita, hacía ya - ¡ay! -   más de dos años,    su hija  le había dejado configurado el correo y el Messenger y le había dado una explicación tan somera que se había evaporado en cuanto el avión despegó hacia el Oeste. Ella no sabía usarlo y miraba la bandeja de entrada con coraje y melancolía.  Quería sorprenderlos a todos.
Quedaban pocos días y pensé que Carmen debía salir de allí con sus objetivos cumplidos, porque además no podía – quizás tampoco hubiera servido de nada - hacer un tercer año con nosotros. Quizás por eso la puse a manejar el Messenger antes que al resto de la clase. El objetivo era que pudiera ponerlo en marcha  en su casa y darse ese atracón de autoestima. Pero- ¡ay! y ¡reay! -   la página de entrada de la mensajería rechazaba una y otra vez los “osmail.con”, honmailcom”, “hormait.con”, etc… de Carmen sin tener con ella la mínima solidaridad virtual.
Mientras las compañeras aprendían a realizar conversaciones múltiples, a recibir y enviar archivos,   Carmen insistía contra la puerta de entrada con sus aldabonazos de voluntad y recibía a cambio  intolerantes sanciones por faltas de ortografía. Podría hacerlo yo o cualquier otra compañera en su lugar pero yo me temía que si la sustituíamos en esa pesadilla  mecanográfica, en cuanto acabaran las clases, se evaporaría de nuevo el contacto.
Faltaban pocas sesiones cuando,  por fin, con  mi ayuda, la de las compañeras y hasta la del arcángel que lleva lo del correo electrónico – San Gabriel Live Messenger -   lo consiguió:   vio,   por fin,  el icono de estado  de su hija  y se le iluminó la cara.  Pero eran las 11 de la mañana aquí y apenas amanecía  en Buenos Aires y el icono estaba gris porque su hija debía estar aún  en el mejor de los sueños. 

No pudo hablar con ella, no estaba disponible.  Durante el resto de las pocas clases que nos quedaban,  mientras fingía hacer otras tareas vigilaba  el color de la imagen esperando que  un ataque de insomnio filial la  hiciera accesible para darle la sorpresa.
No lo consiguió en clase pero me  la imaginaba después una vez acabado el trimestre  y el curso haciendo guardia desvelada a la espera de que el icono gris desconectado se tornara verde para poder sorprender a su familia. Porque según Carmen, tenía que ser así, por sorpresa, sin avisar, sin conveniar citas por teléfono porque de otra manera la sorpresa no sería tan maravillosa.

Recuerdo que pensé que aguantar todo un trimestre de explicaciones ininteligibles, de rutas imposibles y de maestro fisgón, era demasiada faena,  un  trabajo  enorme  el que se había echado encima  sólo para provocar una sorpresa, una sonrisa familiar. Pero mi memoria volvió quince años atrás  y recordé la cara de Mercedes cuando agotados por el baile de las vocales recibía mi felicitación por “lo bien que has copiado esta línea”, o la transfiguración del rostro  de  Milagros, mi vecina,  al leer y después  escribir por primera vez el nombre de sus hija Noelia y Lourdes y el amor con el que miró la hoja que se llevó a casa como si transportara un tesoro o, por fin,  cómo brillaron  sus ojos, al día siguiente,   al contarnos   la escena de cuando lo mostró a la hora de la cena; o el afán con el que Paca buscaba también insomne  las letras que iba aprendiendo cada día  en su biblia gigante comprada a plazos y cómo señalaba con el dedo a su familia las palabras que “los santos le revelaban” para provocar el asombro y,  de paso,  la conversión  de su prole; o, andando el tiempo,  las cartas de amor de Inés – a su marido, no penséis mal -  o los poemas reivindicativos de  Manolo o …

Gran motor es el amor,  pregona la lírica.  Hoy que parece que sólo el dinero mueve el mundo, hoy que con tantísima frecuencia vestimos de verde nuestros cuerpos y nuestros centros para protestar contra quienes quieren hacer mercaderías de nuestros sueños y  nuestras aulas,  propongo que la historia del papelito de Carmen suba un tanto  al marcador del eterno encuentro entre la usura y la poesía, entre el mercado y la escuela.


LA PREHISTORIA DIGITAL





El aula que nos  prestaban disponía de quince puestos de ordenador, organizados en cinco filas horizontales de cinco aparatos cada una. Mi grupo, en cambio,  oscilaba entre quince y veinte mujeres. Al menos esas eran las que figuraban en la lista. Normalmente el esfuerzo  de subir una planta y la escasa motivación por la formación digital de una parte de ellas, lograba que la asistencia que por lo general  era sólida se debilitara de manera anómala cuando  la sesión informática era anunciada el día anterior. Cuando las pillaba por sorpresa y decidía dedicar  a ese fin la segunda hora  de la sesión, las deserciones se producían  en el corto trayecto entre un aula y otra, por la escalera o  desde los baños. Digamos que casi se me esfumaban a través de las paredes.  En los años a que nos referimos – segunda mitad de los noventa -  no se había generalizado aún  el uso de los móviles  y nadie se podía acoger a la excusa del mensaje de última hora o la pitada expiatoria, como ocurre ahora muy de vez en cuando alguien quiere “fumarse” una actividad  o una parte de la sesión.

A mí se me ocurrían  varias formas de minorar la espantada: la más segura  era colocarse  cual mastín docente   al final de la fila migratoria y pastorear  el camino cuidando sobre todo los accesos a la escalera y a los  servicios. Yo insistía, rogaba, suplicaba  para que  dejaran los chaquetones o los bolsos en el aula original.  De esa forma  se aseguraba el  viaje  para  arriba y su regreso.

Aun así, la mayoría de las veces solía dejarme  convencer por las excusas de algunas con el objetivo de reducir hasta quedarme  con un grupo selecto, interesado en cuanto a su calidad y operativo en cuanto a su cantidad.

-                  Juan, que yo  no me acordaba de que hoy era jueves y tengo que acompañar a mi hija al tocólogo  que lo tiene a las doce y media en el ambulatorio de ahí de ….
-                  Pero  si hoy es lunes… - me atrevía a replicar yo como si fuera la primera vez que la oía argumentar ausencias por  las revisiones de esa   hija eternamente embarazada.
-                  Eso, el lunes , lo que yo le dije a ella… -  y con una retahíla ya ininteligible pues iba dirigida a la vez a su hija, a sus compañeras y a mí , cogía el bolso, descolgaba el  abrigo y se iba rápida, con una agilidad inusual, sin volver la cara siquiera.

O

-                  Juanito, hijo,  que me tengo que ir , que me encargó mi vecina que le comprara en la Plaza  - así llamamos en mi pueblo al Mercado de Abastos situado, hay que aclarar,  a una respetable  distancia de nuestro centro - medio kilo de boquerones medianos  pa’ ponerlos en vinagre que a ella le salen mu’ ricos porque le echa …
-                  ¿Y vas a ir ahora hasta la plaza si ya son  más de las  doce?  – repliqué yo cortando a la brava la receta.
-                  No…  pero yo se lo compro en una pescadería que hay cerca de mi casa,   que lo que pasa es  que cierra a la una …
-                  Pero si además hoy es lunes y  no hay pescado ni en la plaza ni …
-                  Eso es lo que le ha dicho yo a ella… - y se iba con la misma prisa, el mismo abrigo en bandolera y la  voz con  la misma ristra de jeringonzas perdiéndose en el  eco  en  la escalera.

O

-                  Juan , yo me voy a ir -  y hay que observar que  ya Milagros no me pedía permiso, no: me comunicaba una decisión de hecho -  porque tengo que plancharle la camisa blanca a mi marido que entra esta tarde en el bar que tiene el turno hasta la noche y …
-                  Pero si el bar donde trabaja tu marido descansa los lunes  – y esta vez la atrevida que replicaba era Chari, la delegada – que lo sé porque  que yo he pasado al venir  y estaba…
-                  ¿A que sí? Po eso es lo que le he dicho yo… - yotra que se iba  imitando en  balbuceos, urgencias  y porte  de equipaje a las anteriores

O, en fin, las más descaradas, como la de Pepa, octogenaria y bromista donde las hubiera.

-                  Juan y  si te digo que me ha venido la regla y que me encuentro mal y que me quiero  ir a mi casa, ¿qué?
-                  Si, Pepita, hija, vete para tu casa pero por el camino a ver si encuentras a un periodista que te haga una foto y un reportaje  - le autorizaba yo entre risas - porque lo tuyo no es una excusa, es un milagro.
-                  Pues yo,  – decía Charo,  su compañera de bloque, de edad y vida se levantaba solidariamente -   yo  la acompaño no le vaya a esta niña a dar una fatiga por el camino.

Y así, entre excusas de verdad, mentiras pequeñas y bromas,  casi siempre terminaba quedando con un grupo como he dicho antes operativo en cuanto a su tamaño e  interesado  en la tarea o, al menos, no enemigo beligerante de la informática.

En alguna ocasión tuve que sentar a dos personas en el mismo ordenador y en otras ocasiones me fue imposible sentar a cinco mujeres de su “talla humana” en una  fila de cinco  puestos previstos. Las dimensiones de los puestos buscando sin duda rentabilizar el espacio había sido calculado para un perfil físico muy diferente al de  algunas de mis alumnas   y la quinta silla terminaba vacía en un rincón o exilada en el pasillo.  Yo debía estar atento salpicar las tallas  para  hacer posible los cinco puestos por fila pero  cuando – vigilando las deserciones -  era el último en llegar al aula, mis alumnas ya se habían colocado siguiendo criterios de afinidad y una vez sentadas, la estrechez de los pasillos entre filas  convertía  en imposible la tarea de ordenar de manera más “eficaz” su disposición.   Sería  más fácil tirar el tabique y sacarlas por el lado de la pared de madera.

Una vez sentadas, llegaba la primera pregunta, que en realidad sería la misma que, disfrazada de mil formas,  se repetiría a lo largo de toda la sesión:

-                  Y ahora… ¿qué hacemos, Juan? – preguntaban varias   a la vez escudriñando  el aula con el movimiento nervioso de los cuellos de las gallinas o como quien entra a la sala de espera de un dentista
-                  Por lo pronto, por lo pronto… ¡quitamos  los bolsos de encima de los teclados!

Allí estaban. No preguntéis cómo pero de la misma  manera que todas llevaban el abrigo puesto, todos los bolsos estaban allí, sobre los teclados, y todas los tenían agarrados de alguna manera. Con las dos manos, colgados del brazo, cruzados sobre el pecho. Daba igual lo que yo les hubiera dicho, mis ruegos, mis recomendaciones, mis amenazas…  Podría hundirse el mundo, barrer la costa de Cádiz el más imprevisto  maremoto acompañado del más fulminante tsunami que cuando los helicópteros de la televisión o de la Cruz Roja buscaran supervivientes en los tejados, encontrarían a mis alumnas en la azotea del centro agitando  el bolso para llamar la atención. Si una deflagración apocalíptica o  el más brutal cataclismo  segaran de repente  la vida de la Humanidad toda, en la sala del juicio final  mis alumnas serían fácilmente reconocibles porque ellas habrían cogido el bolso antes de entrar a la audiencia  postrera.

-                   Y… ¿dónde los ponemos, Juanito? -   volvieron a quejarse mientras volvían a mover nerviosamente  el cuello explorando escondrijos cercanos. En las mesas de trabajo no había sitio y los respaldos de las silla estaban casi pegados a la fila posterior - ¿Dónde los ponemos?
-                  En el suelo mismo, ¿no?
-                  ¿En el suelo voy a poner yo el bolso? – lanzó Dolores torciendo el morro – En el suelo no,  ‘uanito,  no… que “Bolso en el suelo….
-                  …. se escapa el dinero” – remató el resto de la clase como si de un coro de tragedia griega se tratara, como si llevaran años ensayando a la espera del debut en  aquel momento.

Y lo que pudiera parecer una divertida y frágil superstición se convirtió,  también de repente,   en una  losa de pedernal que volvía infranqueable el acceso al comienzo de la sesión.  Alguna quiso convencerme  de que le dejara  poner el bolso en equilibrio sobre el monitor, sobre sus rejillas de ventilación pero  las más se obstinaban en  mantenerlo junto al chaquetón que ya se había quitado y tenía sobre la falda.  Era imposible. Dados los volúmenes del regazo, el abrigo y el bolso, las asas de este último  quedaban casi  a la altura de la nariz de mis discípulas  y caían sobre el teclado, impidiendo la escritura y  el  movimiento del ratón.

Al final negociamos una solución intermedia.  Las prendas nos  las dejaríamos  puestas o sobre las rodillas porque allí hacía  un frío  de los de  congelar pescado pero los bolsos irían  conmigo todos a un sitio donde  ellas podrían verlos y tenerlos bajo control: la  reducida mesa del profesor.  Poco a poco, - “¡El mío ponlo arriba que a lo mejor me tengo que ir antes de que acabe la clase!” “¡Dale la vuelta al mío que se no cierra bien y a ver si se cae todo…!”  - terminé rodeando mi equipo con  una montaña de bolsos que me recordó – sería la proximidad de las fechas -  el portal de Belén  con un salvapantallas móvil  de Windows 95 a modo de Sagrada Familia, un teclado negro a modo de musgo  y un ratón de bola haciendo las veces de buey. Durante el tiempo que duró la sesión ninguna perdió de vista su ubicación. Yo creo que miraban más al “ropero” que a mí.

Ya sentadas y “desembolsadas”, volvimos a intentarlo.

-                  Y ahora… ¿qué hacemos, Juan? – se oyó de nuevo la voz colectiva, esta vez acrónica,  como si fuera una  jaculatoria grupal
-                  Como veréis un equipo informático tiene varias partes  - y  poniendo las manos sobre uno de los equipos de la fila delantera para no tener que desenterrar el mío creando  alarmas innecesarias, continué -  Vamos a encender el ordenador pulsando…
-                  Uy, no, que a mí me da miedo. ¿Y si le doy donde no es y le hago algo?- advirtió Loli lanzando la mitad de la frase hacia mí y el resto hacia su compañera.
-                  ¿Entonces para qué has subido? - replicó Manoli desde la fila de atrás.
-                  Yo qué sé, a  lo mejor se encendían solos al vernos a entrar.  Enciéndelo tú, anda,  Juan.
-                  ¿Todos?- dije yo, intentando poner un poco de sorna en la voz.
-                  El mío, por lo menos, que soy la más torpe de todas – volvió a contestar la interpelada  sin captar ni un poquito  la ironía.
-                  Qué dices,  si la más torpe soy yo que no sé  ni dónde está el equipo  ese que dice Juan – ahora era Carmen la que se inscribía en  el torneo de desméritos que acababa de inaugurar su compañera
-                  Hija, no sea  más bruta, el equipo informático, es  que el ordenador  es como si fuera  un equipo de fútbol; quiere decir Juan, que tiene… muchos jugadores… ¿no, Juan, no es eso? – volvió a la carga Manoli que era de las muy, muy interesadas.
-                  Eso es, no preocuparos que esto es muy sencillo y …
-                  Claro, sencillo para ti que ya lo sabes pero... – contraatacó Loli sin apenas descruzar los brazos.
-                  … vamos a localizar el botón más gordo que es como el interruptor del  ordenador y veréis que se enciende un piloto  que …
-                  Yo creo que el mío ya estaba encendido porque la bombilla  esa del piloto ya estaba verde – me informó Paquita
-                  No diga eso que tú ya le has tocado en el botón antes de que … - el interés de Manoli la estaba volviendo un poco insoportable para sus compañeras
-                   ¿Tú le has pulsado en el botón?- quise averiguar yo.
-                  No,  Juan, yo…
-                  No le hagas caso, Juan, que esta antes de sentarse ya había dado en todos los botones que vio. – y ahora la del chivatazo fue Clara que estaba a su lado.
-                  Habrá sido sin querer.
-                  Sin querer…queriendo.  Que tú… “eres como la gente de Jerez… - recitó Manoli recuperando el protagonismo y dejando una invitación en el aire .
-                  ….. que si no toca no ve” -  cantó el coro recuperando  la sincronía de minutos antes.
-                  Bueno, vamos a pulsar el interruptor
-                  ¿Lo qué?
-                  Vamos a darle al botón gordo, por favor.
-                  ¿Qué hago yo,  le doy otra vez? Yo no toco en ningún lao más pa que no digan.
-                  No,  no le des.
-                  Juan,  no nos líes ¿le damos o no le damos?
-                  Todas, menos Milagros, pulsamos en el botón de encendido.
-                  Y yo ¿por qué no le puedo dar al botón gordo ese, Juan? -  se interrogaba sinceramente otra Milagros, la del fondo.
-                  Tú sí, Milagros Galán; tú no, Mila López – intenté aclarar yo señalando con el dedo ora una, ora la otra.
-                  Juan, de verdad, que en el mío no se enciende ahora  nada.
-                  Claro, Chari, chichi,  cómo se va a encender si le has dado en el botón del mío y me lo has apagado.
-                  Enciende el tuyo otra vez, Juana  y señálale a Charo cuál es su torre a ver si va a apagar también el de la compañera del otro lado.
-                  Juan, que el mío no tiene interruptor de esos grandes.
-                  Míralo  aquí, toto triste, esto es- acudió en su auxilio  su vecina de mesa.
-                  Ahhh,  yo que sé,   como ha dicho un interruptor yo estaba buscando uno como el de la pared o como…
-                  Venga, por favor, vamos a concentrarnos y a callarnos un poquito…
-                  ¡Que “pacencia”, Juan, que “pacencia” tienes con estas viejas! ¡Anda vamos  a dejarnos de botones y vámonos a tomar café! Juan, Juan… ¿dónde está Juan?


Yo no me había desmayado, ni estaba llorando escondido que bien podría ser: me había desplazado en una nube con motor de suspiros hasta el final de clase, buscando una perspectiva global de los monitores desde la espalda del grupo. Desde allí   pude comprobar  tres cosas: la primera es que había todavía tres o cuatro alumnas con el bolso sobre las piernas; la segunda era que  a una gran parte les resultaba divertido apretarse una a otra en todos los botones de  la Unidad Central y en tercer y principal lugar, que  la gran mayoría de  los monitores estaban apagados  con lo cual era imposible saber su estado.

-                  Antes de seguir vamos a encender los monitores
-                  ¿Yo? – añadió la Milagros precipitada – yo no toco en ningún lado que luego me dicen …
-                  ¿El monitor… lo qué es, Juan?
-                  La televisión chica esta, hija. La tele mía  de mi casa es más grande de treinta y tres “purgadas”,  que me la pusieron mis niños por los Reyes que la compraron…
-                  ¿Cuánto te costó? La mía…

Cuando por fin tuvimos  encendidos los monitores y  podíamos ver bailar  los logotipos de Windows 95 rebotando contra las esquinas de la pantalla,  alguien cuyo salvapantallas llevaba además  la fecha y la hora  gritó tirando de la alarma del vagón imaginario que ocupábamos y deteniendo su atropellada  marcha:

-                  ¿Esta hora que pone aquí es la hora que es?
-                  Uy,  es verdad, si son ya  casi las una -  contestaron varias levantándose  y provocando con sus comentarios un nuevo campeonato  de prisas y  urgencias.

Era algo así como  las trece menos  veintisiete pero…

-                  Esperad un momento que vamos a apagarlos.
-                  Sí, hombre, con lo que tardamos en cualquier tontería – dijo Loli que llevaba un mosqueo del siete desde la primera parte de la clase.
-                  Déjalos encendidos  y en la próxima clase nos enseñas a apagarlos porque hoy no nos da tiempo.

Y me pareció una buena propuesta, al menos en lo de  que no intentaran apagarlo,  porque seguro que alguna  tiraba del cable o le echaba el fular por encima para salir corriendo.